
Blanca Gladis Caldas Méndez nació el 18 de enero de 1950 en el barrio Las Cruces de Bogotá, un entorno humilde donde la disciplina y el esfuerzo eran leyes no escritas.
Desde niña destacó por una belleza poco común y una voz que detenía conversaciones.
Aunque ella soñaba con una vida lejos de los escenarios, incluso con ser gerente de banco, su madre tenía otros planes.
Fue ella quien la empujó a concursos, castings y estudios musicales, protegiéndola con celo absoluto, como si intuyera que la fama podía ser tan peligrosa como seductora.
El camino no fue fácil.
Reprobó exámenes, perdió concursos y trabajó desde los 15 años como secretaria en El Espectador para ayudar en casa.
Allí, cantando en los pasillos, volvió a cruzarse con su destino.
El productor Guillermo Ginestroza la rescató del anonimato y la llevó a El Club del Clan, donde nació “Claudia de Colombia”, un nombre diseñado para convertirla en símbolo nacional.
La estrategia funcionó.
Rápidamente se volvió el rostro más luminoso de la nueva ola colombiana.
Los años setenta la vieron ascender sin freno.
Firmó con CBS Records, encadenó éxitos, llenó teatros y rompió fronteras.
Fue la primera mujer colombiana en cantar en el Madison Square Garden, compartiendo escenario con gigantes de la música latina.
Pero mientras el público la adoraba, la presión crecía.
Cada gesto era analizado, cada silencio interpretado, cada negativa convertida en rumor.
Uno de los episodios más perturbadores fue el persistente y falso romance con el vallenatero Noel Petro, “el burro mocho”.
Durante años, él afirmó haber sido su amante, dedicándole canciones y alimentando una narrativa que la prensa explotó sin pudor.
Claudia siempre lo negó.
Aseguró que jamás tuvo relación con él y que su insistencia rozó el acoso.
Fotomontajes, entrevistas inventadas y titulares sensacionalistas convirtieron una mentira en una sombra que la persiguió durante décadas.
Su vida sentimental real tampoco escapó al escrutinio.
Su matrimonio con Rodrigo Restrepo fue breve.
Más tarde, su boda con Dumas Torrijos, hijo del líder panameño Omar Torrijos, la colocó en el centro de la política continental.
La unión fue corta, pero de ella nació su único hijo.
Tras el divorcio, Claudia decidió no volver a casarse, reforzando su imagen de mujer distante, orgullosa y autosuficiente.
En 1980 dio el salto al cine con Tiempo para amar, una película que fue éxito rotundo y que la enfrentó por primera vez con Amparo Grisales.
Años después, la tensión entre ambas sería pública.
Grisales llegó a admitir que Claudia le hizo la vida miserable, una frase que alimentó la leyenda de diva implacable que la acompañó desde entonces.
Pero ningún episodio marcó tanto su carácter como el escándalo de los Monjes en Venezuela.
Un comentario improvisado en un concierto, en plena disputa territorial, fue interpretado como una ofensa nacional.
La prensa la crucificó, sus canciones fueron vetadas y su imagen quedó dañada.
Aunque el propio presidente Carlos Andrés Pérez la tranquilizó en privado, el daño público fue irreversible.
Desde entonces, Claudia se volvió más cauta, más silenciosa, más sola.
A pesar de todo, siguió adelante.

Participó en proyectos históricos como Cantaré Cantarás junto a leyendas continentales, estuvo a punto de grabar con Juan Gabriel y fue considerada para protagonizar Evita.
Cantó con la Filarmónica de Bogotá, rompió protocolos diplomáticos y recibió condecoraciones que sellaron su lugar en la cultura colombiana.
La fama, sin embargo, tuvo un costo alto.
Acoso mediático, mentiras constantes, problemas de salud y una profunda desconfianza hacia la prensa.
Claudia levantó muros, se aisló y aprendió a sobrevivir en silencio.
Incluso en la vejez, su carácter firme no se apagó: durante la pandemia enfrentó públicamente a una empresa de telecomunicaciones y alzó la voz contra las injusticias, demostrando que la diva seguía intacta.
Hoy, al mirar atrás, Claudia de Colombia no se presenta como víctima ni como santa.
Se muestra como lo que siempre fue: una mujer disciplinada, talentosa, orgullosa y profundamente marcada por un sistema que adoraba sus canciones, pero no siempre respetó a la persona detrás del micrófono.
Su confesión tardía no busca aplausos, busca comprensión.
Y quizá, por primera vez, descanso.