
Cristina Romo Hernández nació el 13 de septiembre de 1941 en Guanajuato, mucho antes de que el país la conociera como Cristina Pacheco.
Desde joven eligió un camino que no prometía fama inmediata: las letras.
Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México, una decisión que marcaría su vida entera.
Aprendió que las palabras no sirven solo para decir, sino para comprender, y que escuchar es una forma profunda de respeto.
Su carrera transitó por revistas, periódicos, radio y televisión, en una época en la que el periodismo aún se entendía como un servicio público y no como un espectáculo.
Su hogar definitivo fue Canal 11, donde con los años se volvió una institución moral y cultural.
Allí desarrolló un estilo sobrio, contenido, profundamente humano, que contrastaba con el ruido mediático creciente.
En 1978 nació Aquí nos tocó vivir, el programa que definiría su legado.
Mientras otros buscaban celebridades, ella salió a caminar la ciudad.
Panaderos, vendedores ambulantes, migrantes, niños, ancianos, trabajadores anónimos.
Voces que nunca ocupaban titulares encontraron en Cristina un espacio digno.
Ella entendió algo esencial: la ciudad no se explica desde arriba, se escucha desde abajo.
Acompañada por José Priani, recorrió la Ciudad de México durante décadas, documentando tragedias, reconstrucciones, enfermedades, soledades y esperanzas.
Cada episodio se convirtió en una cápsula de memoria colectiva.
En 2010, ese archivo vivo fue reconocido por la UNESCO como Memoria del Mundo de México, un reconocimiento inusual para un programa de televisión, pero profundamente merecido.
En paralelo, desarrolló Conversando con Cristina Pacheco, un espacio de entrevistas de largo aliento donde escritores, artistas, políticos y hasta luchadores se sentaban frente a ella sin jerarquías.
Para Cristina no había temas menores ni personas pequeñas.

Todo dependía de la historia y de la verdad con la que se contara.
Su vida personal estuvo íntimamente ligada a otra figura central de la cultura mexicana: José Emilio Pacheco.
Más que una pareja, fueron una complicidad intelectual y humana.
Se acompañaron durante décadas, criando a sus hijas Laura Emilia y Cecilia, y construyendo una vida discreta, profundamente ligada a los libros y a la ciudad.
Cuando José Emilio murió en 2014, Cristina no ocultó el dolor.
Lo transformó en palabras.
En El viajero eterno escribió una despedida marcada por la poesía y el anhelo, recordando un colibrí que volvía a la ventana como símbolo de permanencia.
El tiempo nunca le pesó.
Decía que no le dolía envejecer porque había dedicado su vida a un sueño que sabía inacabable: tomarle el pulso a una ciudad inmensa y contradictoria.
Por eso, la jubilación jamás estuvo en sus planes.
Hasta que el cuerpo impuso un límite que ella nunca quiso.
El 1 de diciembre, durante una emisión de Conversando, anunció su retiro.
No habló de diagnósticos ni de tratamientos.
Solo dijo que enfrentaba algo serio, algo difícil, y que necesitaba detenerse.
Agradeció.
Recordó.
Y se despidió con una frase que rompió su ritual habitual: “Siempre estaremos juntos”.
Para muchos, fue evidente que no habría regreso.
La verdad se conoció después, de manera tan discreta como ella habría querido.
Según su hija Laura Emilia, el diagnóstico llegó menos de un mes antes de su muerte.
Cáncer.

Agresivo.
Fulminante.
No fue el cansancio ni el deseo de retirarse lo que la apartó de la televisión, fue la enfermedad.
Cristina decía que sentarse en esa silla la hacía olvidar todo.
Era su refugio, su fortaleza.
Pidió no morir en un hospital.
Quería su casa, su cama, sus objetos, su familia.
Así ocurrió.
Rodeada de los suyos, lejos del espectáculo, coherente hasta el final.
Incluso en sus últimos días, la familia enfrentó dificultades para conseguir medicamentos y cuidados especializados, una realidad que hizo eco de las injusticias que Cristina documentó toda su vida.
Su muerte, a los 82 años, fue anunciada por sus hijas con un mensaje breve y definitivo.
El impacto fue inmediato.
Escritores, periodistas, políticos y televidentes reaccionaron no con frases vacías, sino con recuerdos personales.
Porque Cristina no fue solo una periodista: fue alguien que escuchó de verdad.
Su legado no está solo en premios, aunque los tuvo.
Está en la manera en que enseñó que el periodismo puede ser un acto de empatía, que preguntar no es invadir, que escuchar es una forma de justicia.
Con su partida, se cerró una etapa del periodismo mexicano marcada por el rigor, la preparación y la humanidad.
Cristina Pacheco se fue como vivió: en silencio, con dignidad, dejando que hablaran las historias.
Y en ese eco, seguirá estando presente.