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El dolor que te infligieron no sorprendió a Dios.
Aunque a ti te tomó desprevenido, a él no.
A veces, Dios permite que algo se rompa porque lo que estaba construido no podía sostener el propósito que venía.
Cuando todo estaba en calma, creíste que tenías el control.
Personas, relaciones, seguridades se convirtieron en cimientos.
Pero eran frágiles.
Y cuando cayeron, te quedaste entre escombros.
Ahí es donde comienza la obra que nadie ve.
Dios trabaja mejor en los pedazos que en las apariencias.
El quebrantamiento no fue el final, fue el inicio.
Como José, arrojado a un pozo por sus propios hermanos, vendido, olvidado y acusado falsamente.
Nada de eso parecía propósito, pero cada herida lo empujó hacia él.
Antes del palacio, tuvo que conocer la traición.
Dios también permitió que se fueran.
Personas que prometieron quedarse, que parecían imprescindibles, desaparecieron sin explicación.
Y dolió porque habías puesto tu identidad en su presencia.
Pero su partida no fue rechazo, fue protección.
A veces Dios quita apoyos humanos para que descubras que él es suficiente.
Como con Gedeón, que pasó de miles a solo trescientos, no porque faltara fuerza, sino porque Dios no comparte la gloria.
Cuando se fueron, te quedaste solo.
Pero en esa soledad aprendiste a escuchar una voz que siempre estuvo ahí.
Dejaste de rogar aprobación.
Dejaste de perseguir lo que ya no podía acompañarte.
Y sin darte cuenta, comenzaste a caminar más firme.
Luego vino la mentira.
Te difamaron, torcieron tu historia, te pintaron como villano.
Y lo más doloroso fue que confiaste.
Dios permitió que la mentira saliera a la luz para exponer una verdad mayor.
No solo quiénes eran ellos, sino quién eras tú.
La traición arrancó la venda.
Como Judas con Jesús, sentado a la mesa, compartiendo pan.
Jesús no se sorprendió.
La traición no detuvo la misión, la empujó.
También hubo humillación.
No fue solo dolor, fue público.
Te avergonzaron.
Y ahí murió algo dentro de ti: el orgullo silencioso.
Ese que no siempre se ve como arrogancia, sino como necesidad de ser validado.
Dios permitió que tu imagen se rompiera para salvar tu alma.
Pedro tuvo que negar a Jesús tres veces antes de predicar con poder.
La caída no lo canceló, lo preparó.
La herida despertó algo más profundo.
No solo tocó el presente, activó dolores antiguos.
Abandonos no sanados, rechazos normalizados, vacíos escondidos.
Dios permitió que doliera así porque quería ir a la raíz.
Antes de promoverte, te sana.
Antes de usar tu voz, limpia tus heridas.

El dolor fue el bisturí.
Incluso el odio tuvo un propósito.
No vino de extraños, vino de quienes conocían tu corazón.
Pero el odio no siempre señala fracaso.
A veces confirma llamado.
Jesús lo dijo: si el mundo te odia, recuerda que a él lo odió primero.
La luz incomoda.
La verdad confronta.
El rechazo fue el espejo que te mostró que ya no pertenecías a ciertos lugares.
Y finalmente, la traición más profunda.
Esa que vino de alguien a quien abriste la vida.
Dios la permitió para mostrarte su fidelidad.
Los humanos fallan.
Dios no.
Ellos se fueron.
Él se quedó.
Cuando todos soltaron, él sostuvo las piezas.
Aprendiste la diferencia entre relación y fuente.
Las personas son vasos.
Dios es la fuente.
Nada de esto fue en vano.
No estás roto.
Estás siendo edificado.
Cada herida fue un cincel.
Cada traición, un punto de giro.
No saliste intacto, saliste transformado.
Más sabio.
Más fuerte.
Más consciente de que Dios nunca desperdicia el dolor.
Hoy sigues de pie.
No porque evitaste el sufrimiento, sino porque lo atravesaste con Dios.
Lo que parecía tu final fue el comienzo de algo que aún se está formando.
De las cenizas, belleza.
De las cicatrices, autoridad.
De la herida, propósito.