
La noticia cayó como un golpe seco para sus seguidores: Alberto Vázquez fue ingresado de emergencia en un hospital de Torreón, Coahuila.
Los primeros reportes hablaban de terapia intensiva, de un estado delicado, de una posible despedida anticipada.
La incertidumbre se propagó rápidamente, alimentada por años de rumores sobre su salud.
Más tarde, su familia aclaró que se trató de un procedimiento programado: un cateterismo en la pierna.
Estaba delicado, sí, pero estable.
Aun así, el susto fue real, porque el cuerpo de Alberto ya no es el de aquel ídolo incansable.
Desde hace años, el cantante padece EPOC, una enfermedad pulmonar obstructiva crónica que le dificulta respirar y que ha condicionado cada aspecto de su vida.
A esto se suman los problemas cardiovasculares que finalmente lo obligaron a tomar una decisión irreversible: abandonar los escenarios para siempre.
Su último concierto ocurrió en 2022.
No hubo grandes giras de despedida ni un adiós estruendoso.
Simplemente, el telón comenzó a bajar.
Su hijo, Arturo Vázquez, fue quien confirmó lo inevitable.
Aunque su padre aún conserva la voz y puede grabar en estudio, el esfuerzo físico de un concierto —subir escaleras, moverse, enfrentarse a miles de personas— representa un riesgo mortal.

Así terminó una carrera de más de cinco décadas que incluyó más de 100 discos y más de 36 películas.
Pero la historia de Alberto Vázquez no puede entenderse solo desde la enfermedad.
Su vida fue un exceso constante.
En la cúspide de su fama, vivió rodeado de lujos, autos espectaculares, mansiones elegantes y un detalle que parece sacado de una película surrealista: un león como mascota.
Virgilio, así se llamaba el animal, caminaba libremente por la casa.
Para Arturo, su infancia estuvo marcada por ese contraste absurdo entre el miedo y la normalidad.
Así era su padre: extravagante, impredecible, magnético.
En el amor, Alberto también vivió intensamente.
Sus romances con figuras como Isela Vega, Angélica María y Rosa María Vázquez alimentaron durante décadas la fascinación del público.
Con Isela Vega tuvo a su hijo Arturo, en una relación rota por reproches, silencios y heridas que tardaron años en cerrar.
El propio Alberto reconoció haber perdido la oportunidad de vivir la infancia de su hijo, atrapado entre conflictos y decisiones que dejaron cicatrices profundas.
Con el tiempo, padre e hijo lograron reconstruir su vínculo.
No fue inmediato ni sencillo, pero hoy existe respeto, colaboración artística y una cercanía que desmiente los rumores de distanciamiento absoluto.
Juntos incluso han grabado música, demostrando que el lazo artístico sobrevivió a los errores del pasado.
En sus últimos años, Alberto volvió a estar en el centro de la polémica al casarse con Elizabeth Ranea, una mujer 43 años menor que él, tras más de 16 años de relación.

Las críticas fueron feroces.
Él respondió con una mezcla de cansancio y dignidad, defendiendo su derecho a amar y a ser feliz, incluso en la vejez.
Juntos tuvieron un hijo, Juan Alberto, y formaron una familia que hoy lo acompaña en su proceso de recuperación.
Actualmente, Alberto Vázquez vive alejado del ruido mediático, enfocado en su salud y en la tranquilidad de su rancho, donde continúa su recuperación tras la reciente hospitalización.
Ya no hay escenarios, ni multitudes, ni giras interminables.
Solo queda el hombre detrás del mito, enfrentando el peso del tiempo con la misma voz que alguna vez hizo suspirar a todo un país.
Su historia es incómoda porque refleja una verdad universal: ni la fama, ni el dinero, ni el talento detienen al reloj.
Alberto Vázquez fue un gigante del rock mexicano, pero hoy es también un hombre frágil que lucha por respirar, por caminar sin dolor, por vivir un día más rodeado de los suyos.
Y quizá ahí, en esa vulnerabilidad, se encuentra su rostro más honesto.