
En los primeros años de la carrera espacial, Venus parecía una apuesta lógica.
A diferencia de Marte, cuya superficie podía observarse desde la Tierra, Venus se ocultaba tras una cortina impenetrable de nubes.
Ese misterio alimentó teorías audaces.
Algunos imaginaban selvas tropicales, océanos humeantes, criaturas adaptadas al calor.
Incluso en 1960, la posibilidad de vida en Venus no parecía descabellada.
Pero había voces de advertencia.
Carl Sagan ya defendía que esas nubes no ocultaban un paraíso, sino un planeta víctima de un efecto invernadero descontrolado.
Un mundo donde el calor no escapó jamás.
Para comprobarlo, alguien tenía que ir.
Y en plena Guerra Fría, la Unión Soviética no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad.
Tras éxitos históricos como el Sputnik, Yuri Gagarin y la primera sonda lunar, Venus era el siguiente trofeo.
Así nació el programa Venera.
Las primeras sondas, Venera 1 y 2, fueron lanzadas a comienzos de los años 60.
Guiadas por cálculos primitivos y computadoras rudimentarias, ambas lograron acercarse a menos de 100.
000 kilómetros del planeta… antes de morir en silencio.
Fallos totales de sistema.
Ningún dato útil.
Pero el mensaje era claro: Venus no se entregaría fácilmente.
Mientras los soviéticos rediseñaban sus sondas, la NASA logró un golpe decisivo con la Mariner 2 en 1962.
Durante 42 minutos de observación, confirmó los peores temores.
Venus era abrasador.

Temperaturas superiores a los 450 °C.
Una atmósfera densa, sofocante, con nubes que se extendían hasta 80 kilómetros de altura.
No había selvas.
No había océanos.
Solo un horno planetario.
Estados Unidos perdió el interés.
Venus fue declarado un infierno inútil.
El foco se movió hacia la Luna y Marte.
Pero para los soviéticos, Venus se convirtió en una obsesión.
Entre 1966 y 1967 lanzaron Venera 3 y 4.
Más grandes, más pesadas, más ambiciosas.
Venera 3 se convirtió en el primer objeto humano en impactar otro planeta, estrellándose contra Venus como una bala cósmica.
No fue un éxito científico, pero sí un hito histórico.
Venera 4, en cambio, logró algo sin precedentes: descender en la atmósfera venusiana.
Durante 90 minutos, la cápsula envió datos.
A grandes altitudes, Venus parecía casi habitable.
Temperaturas moderadas, presiones similares a las terrestres.
Pero cuanto más descendía, más se volvía todo extremo.
El aire se hacía denso, pesado, aplastante.
Finalmente, la transmisión se cortó.
La cápsula fue triturada por la presión.
Venus había mostrado sus dientes.
Aun así, la Unión Soviética no se rindió.
Lanzaron Venera 5 y 6 en 1969, plenamente conscientes de que no sobrevivirían mucho.
Y así fue.
Menos de una hora de datos antes de ser destruidas.
Pero cada segundo de transmisión confirmaba una verdad incómoda: Venus no solo quema, aplasta.
La respuesta soviética fue brutal y audaz.
Si Venus destruía sondas, construirían sondas que resistieran el infierno.
Venera 7 y 8 incorporaron carcasas de acero más gruesas y una esfera interna de titanio para proteger los instrumentos.
En 1970, Venera 7 logró algo histórico: aterrizar en Venus y seguir transmitiendo desde la superficie.
Lo que encontró fue devastador.
475 °C.
Presión aplastante.

Un entorno más parecido al interior de un horno industrial que a un planeta.
Aun así, Venera 7 sobrevivió 23 minutos.
Un milagro tecnológico.
En 1975, Venera 9 y 10 dieron el golpe final al mito.
Enviaron las primeras imágenes desde la superficie de Venus.
Fotografías en blanco y negro de un paisaje desolado: rocas fracturadas, arena volcánica, un mundo muerto bajo un cielo opaco.
Nada se movía.
Nada respiraba.
En 1981, Venera 13 y 14 lograron imágenes a color, perforaron el suelo y grabaron sonidos ambientales.
El resultado fue inquietante: un planeta volcánico, geológicamente activo, pero absolutamente hostil.
Ninguna sonda sobrevivió más de dos horas.
Venus había vencido.
En los años 80 y 90, la Unión Soviética colapsó económicamente.
La carrera espacial estaba perdida.
Venus quedó atrás.
Demasiado caro, demasiado extremo, demasiado implacable.
Desde entonces, nadie ha vuelto a intentar un aterrizaje prolongado.
Hoy, Venus sigue ahí.
Similar a la Tierra, pero condenada por su propia atmósfera.
Un recordatorio de lo que ocurre cuando un planeta cruza un punto de no retorno.
Quizá por eso su estudio vuelve a despertar interés.
Porque entender Venus no es solo entender otro mundo… es entender lo que la Tierra podría llegar a ser.
Los soviéticos no encontraron vida en Venus.
Encontraron una advertencia.