📺🕯️ Durante años sonrió frente a las cámaras, pero vivía bajo amenaza: lo que Mónica Garza finalmente admite a los 58 años cambia todo lo que creíamos saber

Hija de Mónica Garza padece trastorno límite de la personalidad

Mónica Garza nació el 12 de abril de 1966 en Reynosa, Tamaulipas, dentro de una familia profundamente ligada al poder político.

Hija de Manuel Garza González, exsecretario general del PRI, creció escuchando conversaciones donde el poder, la disciplina y las consecuencias no eran conceptos abstractos, sino realidades cotidianas.

Ese entorno la formó.

No la volvió frívola.

La volvió consciente.

A diferencia de muchos rostros televisivos, Garza no llegó por casualidad.

Se formó académicamente, estudió ciencias humanas y desde sus primeros pasos en Argos Televisión aprendió que hacer preguntas incómodas siempre tiene un costo.

Ahí entendió que el periodismo no es un escenario seguro, sino un campo minado.

Su salto a Ventaneando la colocó en uno de los espacios más influyentes del entretenimiento mexicano.

Para el público, era una presencia sólida, confiable.

Para ella, era una frontera cada vez más estrecha.

Aunque alcanzó posiciones clave y se volvió indispensable, algo no encajaba.

Garza quería profundidad, contexto, humanidad.

El sistema quería espectáculo.

La ruptura no fue repentina.

Fue silenciosa.

Mientras al aire seguía cumpliendo, por dentro ya estaba tomando distancia.

“Creí que intentaba sacar al programa del entretenimiento”, confesó años después.

“Pero en realidad, querían sacarme a mí del entretenimiento”.

Mónica Garza se une a los programas por Youtube y lanza su canal de  entrevistas | En Cancha

Esa frase resume una batalla interna que duró años.

Historias Engarzadas fue su intento de reconciliar la televisión con la verdad emocional.

Allí no había gritos ni escándalos prefabricados.

Había silencios incómodos, miradas sostenidas y preguntas que no buscaban likes, sino respuestas.

Ese estilo le dio prestigio, pero también la colocó en una zona peligrosa.

El momento más aterrador llegó cuando entrevistó a Mario Quintero, vocalista de Los Tucanes de Tijuana, confrontándolo con información vinculada a investigaciones de la DEA.

La entrevista fue tensa.

Pero el verdadero mensaje llegó fuera de cámaras.

Un susurro.

“Si a mí me dejan de cantar, a ti te van a dejar de preguntar”.

No fue una metáfora.

Fue una advertencia.

Ahí, la televisión dejó de ser un set y se convirtió en una amenaza tangible.

Garza entendió algo que pocos quieren aceptar: en México, hacer ciertas preguntas puede costarte la vida.

Y no siempre de forma inmediata.

A veces, el castigo es el miedo constante.

Su salida de Ventaneando no fue un berrinche ni una traición.

Fue una estrategia de supervivencia.

Mudarse a los noticieros, reconstruir credibilidad y empezar de nuevo no fue un ascenso automático.

Fue un riesgo calculado.

Sabía que cargaría con el estigma del entretenimiento.

Aun así, lo hizo.

Pero el costo no fue solo profesional.

Hace aproximadamente una década, Garza enfrentó otra amenaza silenciosa: su salud.

Un diagnóstico que podía derivar en cáncer la obligó a tomar una decisión devastadora.

Optó por una histerectomía preventiva, renunciando definitivamente a la posibilidad de volver a ser madre.

A los 45 años, recién casada, eligió su vida por encima de cualquier expectativa social.

No romantizó la decisión.

La enfrentó con la misma frialdad con la que siempre enfrentó la verdad.

“Quítenlo”, dijo.

Mónica Garza vuelve a las entrevistas

Y volvió a trabajar días después de la cirugía.

No por negación, sino porque el trabajo siempre fue su ancla.

La maternidad tampoco fue un territorio idealizado para ella.

Su relación con su hija, Matilda Ávila Garza, estuvo marcada por culpas, ausencias y conversaciones difíciles.

Y aun así, Matilda creció fuerte, incómoda, auténtica.

Como su madre.

Hoy, como artista y creadora, ha enfrentado sus propios demonios, lejos de la sombra cómoda del apellido.

A los 58 años, Garza ya no disfraza nada.

Ha hablado de intimidación, de miedo, de salud, de errores personales y de pérdidas.

Incluso la muerte reciente de su perrita Loto, su compañera durante once años, la expuso en una vulnerabilidad que antes habría ocultado.

No explicó causas.

No dio detalles.

Solo mostró el dolor.

Y eso fue suficiente.

Lo que Mónica Garza finalmente admite no es un escándalo ni una confesión explosiva.

Es algo más incómodo: que decir la verdad en ciertos contextos tiene un precio altísimo, y que alejarse no siempre es huir, sino protegerse.

Durante años, muchos lo intuyeron.

Hoy, ella lo confirma.

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