
La fotografía fue captada por la cámara de navegación del rover Perseverance, el explorador robótico de la NASA que recorre Marte desde 2021.
Subida por error a un servidor de respaldo minutos antes del apagón global, la imagen mostraba el cielo nocturno marciano a las 21:33.
Sobre el horizonte, suspendido en una quietud perturbadora, flotaba un objeto que desafiaba toda clasificación conocida.
No tenía cola, no tenía irregularidades, no presentaba erosión ni asimetría.
Era un cilindro perfecto, metálico, pulido, de aproximadamente 47 kilómetros de largo y 13 de diámetro.
Una forma tan precisa que resultaba antinatural.
Los intentos iniciales por desacreditar la imagen no sobrevivieron más de unas horas.
Se habló de desenfoque por exposición prolongada, de artefactos ópticos, de errores de compresión.
Pero la óptica de la Navcam del Perseverance está exhaustivamente documentada.
Un objeto en movimiento, incluso con baja velocidad de obturación, deja un rastro, un gradiente de luz.
Este no lo hacía.
Su brillo era uniforme de extremo a extremo.
No era una estela.
Era un cuerpo sólido.
Durante décadas, los astrónomos han sabido cómo se comportan los cometas: superficies irregulares, sublimación de gases, colas caóticas al acercarse a una estrella.
Pero 3I/ATLAS jamás encajó en ese patrón.
Desde su detección inicial ya mostraba anomalías: una rotación casi nula, una trayectoria perfectamente recta, una velocidad extrema de 67 kilómetros por segundo y una órbita retrógrada que lo llevaba contra el flujo natural del sistema solar.
Nada en él parecía accidental.
Las observaciones previas del Telescopio Espacial Hubble y del James Webb hablaban de una neblina verdosa y de firmas químicas extrañas, pero nada preparó a la comunidad científica para lo que reveló el primer plano marciano.
Fue entonces cuando intervino Avi Loeb, astrofísico de la Universidad de Harvard, conocido por cuestionar los límites de lo que consideramos natural.
Al recalcular los datos teniendo en cuenta la distancia real entre Marte y el objeto, Loeb confirmó algo inquietante: la reflectividad de su superficie superaba a la de cualquier cometa o asteroide jamás observado.
Aún más desconcertante fue su comportamiento térmico.
3I/ATLAS no se calentaba al acercarse al Sol.
Su emisión térmica permanecía constante, como si regulara activamente su temperatura.
Todos los cuerpos conocidos se calientan bajo radiación estelar.
Este no.
La conclusión era incómoda: o estaba compuesto por un material completamente desconocido, hiperreflectivo hasta niveles imposibles, o poseía un sistema interno de control térmico activo.
Luego surgió el problema del tiempo.
Según estimaciones basadas en su integridad estructural, el objeto podría haber viajado por el espacio interestelar durante decenas o incluso cientos de millones de años.
Eso debería ser imposible.
El espacio no es un vacío inofensivo.
Está saturado de radiación, campos magnéticos y partículas microscópicas que, a esas velocidades, actúan como proyectiles letales.
Nada sobrevive intacto tanto tiempo.
Nada, excepto 3I/ATLAS.
No presentaba cicatrices, fracturas ni erosión.
Su superficie era continua, lisa, como si hubiera sido diseñada no solo para resistir el universo, sino para ignorarlo.
Fue entonces cuando los científicos comenzaron a analizar seriamente su geometría.
¿Por qué un cilindro? En ingeniería, el cilindro es una de las formas más eficientes jamás concebidas.
Distribuye tensiones, resiste presiones externas y mantiene estabilidad interna.
Puede girar para generar gravedad artificial y soportar impactos que destruirían estructuras irregulares.
Pero su ventaja más inquietante no es mecánica, sino electromagnética.
En radiofísica, un cilindro hueco funciona como una cavidad resonante natural, capaz de captar, amplificar y retransmitir ondas electromagnéticas con pérdidas mínimas.
En otras palabras, su forma lo convierte en una antena perfecta.
Una estructura capaz de comunicarse a distancias interestelares.

Esta hipótesis cobró aún más fuerza cuando los radares orbitales alrededor de Marte detectaron una anomalía final: la señal reflejada del objeto mostraba oscilaciones débiles pero claras a 1,42 GHz, la línea del hidrógeno.
No es una frecuencia cualquiera.
Es la emisión fundamental del elemento más abundante del universo y, durante décadas, ha sido considerada por SETI como el marcador universal de comunicación inteligente.
Eso deja solo dos opciones.
O 3I/ATLAS está compuesto por un material cuyas propiedades desafían todo nuestro conocimiento, o está funcionando exactamente como parece: como un transceptor.
Una máquina construida para atravesar el vacío cósmico, recopilar información y transmitirla utilizando el lenguaje universal de la física.
Tal vez por eso las agencias espaciales callaron.
No porque oculten una conspiración, sino porque no saben qué decir.
¿Cómo explicas que algo ha viajado por la galaxia durante millones de años, intacto, activo y observándonos? ¿Cómo le dices a un planeta que quizá no somos los observadores, sino los observados? El cilindro sobre Marte ya no está en el cielo.
Pero la pregunta permanece suspendida, esperando respuesta.