
El modelo cosmológico estándar —conocido como Lambda-CDM— describe un universo que nació hace aproximadamente 13.800 millones de años en el Big Bang, se expandió rápidamente y, tras miles de millones de años, comenzó a acelerar su expansión debido a la energía oscura.
Durante décadas, este modelo ha explicado con notable éxito la radiación cósmica de fondo, la formación de estructuras y la distribución de galaxias.
Pero Webb ha comenzado a observar el universo primitivo con una claridad sin precedentes… y lo que ve no siempre encaja.
Uno de los hallazgos más impactantes ha sido el descubrimiento de galaxias masivas en épocas extremadamente tempranas.
Entre ellas destaca una apodada “la Gran Rueda”: una galaxia en forma de disco que ya existía cuando el universo tenía apenas unos 2.
000 millones de años, alrededor del 15 % de su edad actual.
Según el modelo estándar, en esa etapa las galaxias deberían ser pequeñas, irregulares y caóticas, todavía ensamblándose a partir de fusiones violentas.
Sin embargo, Webb ha revelado estructuras sorprendentemente organizadas, con tamaños y velocidades de rotación comparables a galaxias superespirales modernas.
No es un caso aislado.
Se han identificado múltiples galaxias masivas y bien formadas en el universo temprano.
Aunque posteriores análisis han refinado algunas estimaciones iniciales —reduciendo masas que parecían “imposibles”— el patrón general sigue planteando preguntas incómodas: ¿crecieron las galaxias más rápido de lo que pensábamos? ¿O falta algo en nuestras simulaciones?
A este desafío se suma otro aún más profundo: la llamada tensión de Hubble.
Existen dos formas principales de medir la tasa de expansión del universo.
Una se basa en el fondo cósmico de microondas, la radiación relicta del Big Bang, que ofrece una estimación del ritmo de expansión temprano.
Otra utiliza observaciones directas de supernovas y galaxias cercanas para medir la expansión actual.
El problema es que los valores no coinciden.

La diferencia es pequeña en términos absolutos, pero estadísticamente significativa.
Durante años, muchos investigadores pensaron que se trataba de errores sistemáticos.
Sin embargo, con el tiempo y nuevos datos —incluyendo observaciones más precisas— la discrepancia ha persistido.
Webb ha contribuido refinando distancias cósmicas y ayudando a recalibrar medidas.
Aunque no ha “derribado” el modelo estándar, tampoco ha eliminado la tensión.
Al contrario, ha reforzado la sensación de que el universo podría ser más complejo de lo que Lambda-CDM describe.
Aquí entra en escena la energía oscura.
Descubierta indirectamente en 1998 al observar que la expansión del universo se estaba acelerando, la energía oscura representa aproximadamente el 70 % del contenido energético del cosmos.
En el modelo estándar, se asume que actúa como una constante cosmológica, una propiedad fija del espacio mismo —una idea que, irónicamente, Einstein introdujo y luego llamó su “mayor error”.
Pero ¿y si no es constante?
Algunos estudios recientes exploran la posibilidad de que la energía oscura evolucione con el tiempo.
No se trata aún de una conclusión firme, sino de una hipótesis bajo intensa investigación.
Si la energía oscura variara, cambiaría nuestra reconstrucción completa de la historia cósmica.
Otras propuestas buscan explicaciones alternativas sin recurrir a una energía oscura exótica.
Una de ellas es la llamada cosmología del “paisaje temporal” o modelos inhomogéneos, que sugieren que las diferencias en densidad —galaxias frente a grandes vacíos cósmicos— podrían influir en cómo medimos la expansión.
En estos enfoques, el universo no sería perfectamente homogéneo a gran escala en términos dinámicos.
Los vacíos, que ocupan la mayor parte del volumen cósmico, podrían expandirse más rápidamente que las regiones densas.
Esto podría generar la ilusión de una aceleración global sin necesidad de una energía oscura dominante.
Sin embargo, aunque intrigantes, estos modelos aún no han reemplazado al estándar.
Lambda-CDM sigue siendo extraordinariamente exitoso al explicar múltiples observaciones independientes.
La cuestión no es que Einstein “esté equivocado”, sino si su marco necesita ajustes o extensiones.
También han circulado afirmaciones sobre alineaciones inesperadas en la rotación de galaxias tempranas observadas por Webb.
Estas sugerencias han generado debate, pero aún no existe consenso de que representen una violación clara del modelo cosmológico.
La estadística y la selección de muestras juegan un papel crítico, y la comunidad científica continúa analizando los datos con cautela.
Lo que sí es indiscutible es que Webb ha ampliado radicalmente nuestra ventana al universo temprano.
Está observando galaxias cuya luz viajó más de 12.000 millones de años antes de llegar a nosotros.

Cada una de ellas es una cápsula del tiempo.
Y algunas parecen demasiado avanzadas para su edad.
¿Significa esto que la cosmología de Einstein ha fracasado? No.
La relatividad general sigue siendo la teoría gravitatoria más precisa jamás probada, desde órbitas planetarias hasta ondas gravitacionales.
Pero la historia de la ciencia nos enseña algo fundamental: incluso las teorías más exitosas pueden ser incompletas.
Tal vez no estemos ante una demolición, sino ante una expansión del modelo.
Nuevos ingredientes, nuevos parámetros, nuevas fases en la historia cósmica.
O quizá descubramos que algunas de estas anomalías se resuelven con datos más precisos y mejores simulaciones.
Lo que está claro es que el universo no es un libro cerrado.
Cada nueva observación profunda de Webb no destruye la cosmología moderna, pero sí la somete a presión.
Y en esa presión se forjan las revoluciones científicas.
Einstein nos dio las ecuaciones para escuchar el cosmos.
Ahora, con telescopios como Webb, estamos oyendo matices que antes no podíamos percibir.
Y cuando el universo susurra algo inesperado, la ciencia no se aferra al orgullo.