
El escenario estaba listo.
Las luces encendidas, los músicos afinados, el público expectante.
Todo parecía indicar que sería una noche más de celebración, de música popular sonando fuerte como siempre.
Pero algo se sentía distinto.
Faltaba alguien.
Y esa ausencia se volvió protagonista.
Yeison Jiménez no estaba.
Y aunque su nombre no figuraba en un parte médico ni en un comunicado oficial, su ausencia se sintió como una pérdida real.
La música no celebró, lloró.
Sus canciones siguieron sonando, pero ya no se cantaron igual.
Cada verso pesaba más, cada acorde parecía cargado de nostalgia.
Lo que ocurrió esa noche no fue planeado ni ensayado.
Fue un desahogo colectivo.
Uno a uno, colegas de la música popular fueron tomando el micrófono, no para promocionar canciones, sino para rendir un homenaje cargado de emoción.
Algunos intentaron cantar temas de Yeison, pero la voz se les quebró antes de llegar al coro.
Otros simplemente hablaron, respirando profundo, luchando contra las lágrimas.
Jessie Uribe fue uno de los primeros en evidenciar que algo se había roto por dentro.
Visiblemente afectado, confesó que justo al día siguiente tenía programada una grabación con Yeison.
Una colaboración que ya estaba lista, pensada incluso como una canción dedicada a la selección Colombia.
Un proyecto lleno de ilusión que quedó en pausa, como si el tiempo también hubiera decidido detenerse.
“Ya lo teníamos listo”, dijo, y esa frase cayó como un golpe seco.
No hablaba solo de una canción, hablaba de un sueño compartido que de repente quedó suspendido en el aire.
Giovanni Ayala intentó continuar, pero no pudo.

La voz simplemente no le respondió.
Se quebró frente a todos.
Las lágrimas hablaron por él cuando las palabras ya no alcanzaban.
No hubo discurso largo, no hizo falta.
El dolor era evidente, genuino, imposible de disimular.
Luis Alfonso recordó a Yeison no solo como colega, sino como hermano de camino.
De esos que crecen juntos, que se caen, se levantan y se empujan hacia adelante en una industria que no siempre perdona.
Con serenidad y respeto, dedicó una canción en su memoria simbólica, dejando claro que hay amistades que ni la distancia, ni el silencio, ni siquiera la muerte logran callar.
Silvestre Dangond, fiel a su manera particular de despedir a quienes ama, interpretó Blanco y Negro, la canción con la que suele decir adiós a sus amigos.
Sus palabras resonaron como una promesa más que como un final: que después de morir se vive, que la esencia de quienes dejan huella no se apaga, se transforma.
Otros artistas también aprovecharon sus conciertos para enviar mensajes de apoyo a la familia, amigos y seres queridos de Yeison.
Bless, por ejemplo, recordó que el legado de un artista no se mide solo en premios o reproducciones, sino en las huellas invisibles que deja en quienes lo rodean.
En cómo inspira, acompaña y sostiene incluso sin estar presente.
Pero si hubo una imagen que partió el alma de todos, fue la de Nico, el caballo de Yeison, solo, sin su amo.
Para muchos, ese silencio animal dijo más que cualquier discurso.
Porque a veces el dolor no necesita palabras.

A veces basta una mirada perdida, un cuerpo inmóvil esperando a alguien que no llega.
Yeison Jiménez no estuvo esa noche en el escenario.
No hubo ataúd, no hubo luto oficial.
Pero estuvo en cada lágrima, en cada canción inconclusa, en cada pausa incómoda donde nadie sabía qué decir.
La música popular no perdió una voz, porque Yeison sigue vivo, pero sí recordó algo fundamental: que hay artistas cuya ausencia pesa tanto que se sienten eternos incluso cuando solo se han ido un momento.
Lo que ocurrió fue una despedida emocional, no definitiva.
Un recordatorio de que las leyendas no siempre nacen cuando alguien muere, sino cuando su presencia se vuelve indispensable.
Esa noche, Colombia entendió que Yeison Jiménez ya ocupa ese lugar.
El de los que, aun vivos, ya son historia.