
Hoy, con más de nueve décadas de vida, Eric del Castillo sigue trabajando.
Aparece en telenovelas, aprende diálogos con apoyo del teleprompter y se mantiene activo a pesar de la degeneración macular que le robó uno de sus mayores placeres: la lectura.
En el set es una presencia distinta.
No por ego, sino por historia.
Es uno de los últimos sobrevivientes activos de la época dorada del cine y la televisión mexicana.
Y lo sabe.
Esa conciencia trae gratitud, pero también una tristeza profunda.
Muchos de sus amigos y colegas ya no están.
Ignacio López Tarso, Andrés García, Fernando Almada.
“Cada vez estoy más solo”, ha dicho sin dramatismo, como quien acepta una verdad inevitable.
Actuar, para él, no es solo un oficio: es una manera de no quedarse solo con sus recuerdos.
Y esos recuerdos no siempre son luminosos.
Eric nunca ha romantizado su infancia.
Por el contrario, ha sido brutalmente honesto.
Perdió a su padre biológico cuando era niño, un bombero que murió de manera heroica en un incendio.
Esa tragedia lo marcó para siempre.

Su madre volvió a casarse, y la relación con su padrastro fue tensa, cargada de choques ideológicos y una herida emocional que nunca cerró.
A los 13 años, su vida dio un giro que pocos conocían.
Tras múltiples huidas de casa y conflictos escolares, fue detenido y enviado a un centro de reclusión para menores.
Pasó semanas encerrado.
En una pequeña celda, trepaba a una ventana alta solo para ver la calle y soñar con otra vida.
En una de sus fugas incluso recibió un disparo.
Años después, lo contaría con frialdad: “Tuve que pagar la bala”.
Esa experiencia lo obligó a crecer demasiado rápido.
Aprendió a sobrevivir, a no confiar, a endurecerse.
Mucho tiempo después admitiría algo que pocos esperaban escuchar: durante su adolescencia vivió un intenso complejo de Edipo.
Estaba profundamente unido a su madre y rechazaba a su padrastro con una fuerza que lo empujó a huir una y otra vez.
“Me escapé como diez veces”, confesó a los 91 años, sin vergüenza, sin adornos.
Ese conflicto interior marcó todo lo que vino después.
Incluso cuando encontró la actuación, no fue por ambición, sino por una intuición casi espiritual.
Sentado a solas, sintió lo que describió como la voz de su madre empujándolo hacia ese camino.
Ingresó a la academia de Andrés Soler y, al ver las fotografías de leyendas como María Félix y Pedro Armendáriz, supo que había encontrado un propósito.
La disciplina que lo caracterizó como actor nació ahí.
Del miedo al encierro.
Del rechazo a sentirse controlado.
Por eso, cuando formó su propia familia, se convirtió en un padre firme, presente y profundamente protector.
Nunca permitió que sus hijas lo vieran actuar con deshonestidad.
“Uno enseña con el ejemplo”, repite.
Su relación con Kate del Castillo ha sido observada, juzgada y cuestionada durante años, especialmente en medio de las controversias que rodearon a la actriz.
Eric nunca habló desde el escándalo.
Habló desde el alivio.
“La veo feliz”, dijo en su momento.
Para él, eso era suficiente.
Agradeció incluso, contra toda crítica, que en los momentos más delicados su hija fuera respetada.
No defendió rumores, defendió a su hija.
Con Verónica, su relación fue distinta, pero igual de profunda.
Reconoce que no siempre fue fácil vivir bajo la sombra del éxito internacional de Kate, pero asegura que Verónica ha demostrado fortaleza e inteligencia.
Como padre, aprendió a no imponer, a aconsejar solo cuando se lo piden.
A aceptar que sus hijas no verían el mundo como él.
Su matrimonio, de más de cinco décadas, tampoco fue perfecto.
Hubo crisis, incluso una separación seria.
Llegó a vivir en una tienda de campaña en Cuernavaca y a iniciar trámites de divorcio.
Pero cuando vio el dolor en el rostro de sus hijas, entendió que no podía seguir.
“Ese fue el peor problema que tuvimos”, admitió.
Hoy, ya en sus 90, Eric habla con una mezcla de humor y resignación sobre el desgaste físico.
Dolores de espalda, cansancio, limitaciones visuales.
Pero también con gratitud.
Ha trabajado en más de 300 películas, incontables telenovelas y décadas de teatro.
Nunca se consideró galán.
Se consideró afortunado.
La confesión más impactante no fue sobre la cárcel, ni el disparo, ni el complejo de Edipo.
Fue esta: nunca fue el hombre fuerte que todos creían.
Fue un niño asustado que aprendió a endurecerse para sobrevivir.
Y ese niño nunca se fue del todo.
A los 91 años, Eric del Castillo no busca redención ni aplausos.
Busca cerrar el círculo.
Admitir que su carácter nació del dolor, que su fe fue refugio y que su silencio fue una forma de protección.
Su historia cambia la forma en que lo vemos, no porque lo debilite, sino porque lo humaniza.
Porque detrás del patriarca, siempre hubo un niño mirando el mundo desde una ventana alta, soñando con escapar.