
Manuel Saval nació como Manuel Ruiz Saval el 22 de junio de 1956 en Hermosillo, Sonora.
Era hijo de la actriz y cantante española Manolita Saval y del español Manuel Ruiz.
El matrimonio duró poco y la ausencia paterna marcó profundamente su infancia.
Desde muy pequeño, Manuel creció bajo la guía exclusiva de su madre, quien no solo fue su sostén emocional, sino también su puerta de entrada al mundo artístico.
Entre teatros, foros de televisión y sets de cine, Manuel absorbió la disciplina del oficio casi sin darse cuenta.
No fue un niño consentido por la fama de su madre, sino uno que aprendió a observar, a escuchar y a respetar el trabajo ajeno.
Esa educación silenciosa moldeó su carácter: elegante, reservado y profundamente respetuoso.
Antes de conquistar la televisión, Manuel se volvió un rostro omnipresente en las fotonovelas, un medio masivo que lo convirtió en ídolo popular incluso antes de que existieran las redes sociales.
Su imagen estaba en todas partes y el público ya lo reconocía como un galán natural.
Sin embargo, cuando debutó en el cine en 1975 con Historia de un amor desesperado, dejó claro que no dependía solo de su físico.
Tenía presencia, contención y una seriedad actoral que sorprendió a la industria.
El teatro consolidó su confianza.
Compartir escenario con figuras como Angélica María y su propia madre fue un punto de quiebre emocional y profesional.
A partir de ahí, su carrera despegó sin freno.
En los años 80, Manuel Saval se convirtió en un rostro recurrente de Televisa, primero como joven prometedor y luego como protagonista indiscutible.
El público terminó de rendirse ante él con Simplemente María.
Su interpretación de Juan Carlos Villar marcó un antes y un después.
Era un personaje cruel, irresponsable y profundamente humano.
Manuel logró algo difícil: hacer que el espectador odiara al personaje sin poder apartar la mirada.
La telenovela se convirtió en un fenómeno internacional y su rostro quedó grabado para siempre en la memoria colectiva.
Llegaron después María la del Barrio, Rosalinda y otros éxitos que reforzaron su imagen de galán complejo, elegante y peligroso.
Pero lejos del estereotipo, Manuel buscó romper moldes.
A partir del año 2000 dio un giro radical al interpretar personajes bondadosos en telenovelas infantiles como Carita de Ángel, Cómplices al rescate y Vivan los niños.
Era una elección consciente, casi una despedida gradual del galán seductor que lo había definido durante años.
Fuera de cámaras, Manuel era exactamente lo contrario a sus personajes más oscuros.
Colegas y técnicos lo describían como un caballero absoluto, amable con todos, sin jerarquías ni arrogancia.
Su vida personal la protegió con celo.
Casado con Marta Eugenia Gallegos, encontró en su esposa y en su hijo Francisco su refugio más sólido.
En 2006, la tragedia golpeó sin aviso.
Manuel fue diagnosticado con cáncer de faringe.
Fiel a su carácter, decidió enfrentar la enfermedad con discreción.
Durante tres años luchó en silencio, sometiéndose a tratamientos devastadores mientras intentaba mantenerse fuerte para su familia.
El cáncer avanzó, atacando su laringe, luego la amígdala, hasta obligar a los médicos a tomar una decisión extrema: extirparle completamente la laringe.
La operación fue exitosa, pero el precio fue brutal.
Manuel perdió la voz que lo había convertido en leyenda.
Ya no podía hablar.
Aun así, siguió luchando.
A través de su esposa, envió un mensaje breve al público: “Los amo a todos.
Gracias por sus oraciones.
Estoy bien.

” Palabras sencillas, dichas por un hombre que ya no podía pronunciarlas.
El golpe final llegó con una ironía cruel.
El 22 de junio de 2009, Manuel cumplió 53 años.
Ese mismo día se realizó un homenaje por sus 35 años de trayectoria artística en el Polyforum Siqueiros.
Demasiado débil para asistir, lo siguió a la distancia.
Un día después, el 23 de junio, Manuel Saval falleció en su hogar, rodeado de su esposa y su hijo.
Su muerte cerró una historia marcada por la dignidad.
Hasta el final, habló de gratitud.
Decía que la vida le había dado más de lo que merecía y que aún le debía mucho.
Su hijo lo resumió con una frase que partió al público: “Mi papá ya está mejor.”
Hoy, Manuel Saval sigue vivo en la memoria colectiva.
Cada retransmisión de Simplemente María, cada escena rescatada de los años dorados del melodrama, lo trae de vuelta.
No fue solo un actor.
Fue una presencia emocional, una voz que acompañó a generaciones enteras.
Y aunque el cáncer apagó su cuerpo demasiado pronto, su legado permanece intacto.