🔥😱 Gaza No Es Solo una Franja de Tierra: Es el Escenario de una Profecía Milenaria que Roma Intentó Borrar, que los Imperios Pelearon y que la Biblia Ya Había Escrito Hasta el Último Detalle 📖⚔️

La Franja de Gaza: un territorio bloqueado, ahogado y sin salida |  Internacional

El nombre “Palestina” no nació de un pueblo antiguo que se autodenominara así.

Fue una decisión calculada del Imperio Romano.

Tras aplastar la revuelta judía liderada por Bar Kojba en el año 135 después de Cristo, el emperador Adriano buscó algo más que una victoria militar: quiso borrar la identidad de Israel.

Para lograrlo, eliminó el nombre Judea de los mapas y lo reemplazó por Siria Palaestina, un término inspirado en los filisteos, enemigos históricos de Israel narrados una y otra vez en la Biblia.

No fue un gesto inocente.

Fue una humillación deliberada.

Gaza, precisamente, era una de las cinco ciudades principales de los filisteos.

Asdod, Ascalón, Gat, Ecrón y Gaza formaban la pentápolis filistea, descrita en el Antiguo Testamento como una amenaza constante contra el pueblo de Dios.

Desde Sansón hasta el rey David, Gaza aparece como símbolo de oposición, violencia y desafío espiritual.

No es casualidad que Roma rescatara ese nombre del pasado para marcar la tierra de Israel con el recuerdo de sus antiguos enemigos.

Pero borrar un nombre del mapa no es lo mismo que borrar un pacto.

La Biblia es clara: Dios advirtió a Israel que, si rompía el pacto, sería esparcido entre las naciones.

Y así ocurrió.

Cinco datos clave sobre la Franja de Gaza, territorio asolado por la  pobreza y las guerras - SWI swissinfo.ch

Desde Moisés hasta Jeremías y Ezequiel, la dispersión fue anunciada con siglos de antelación.

La diáspora judía no fue un accidente histórico, sino una etapa dolorosa dentro del plan divino.

Israel fue arrancado de su tierra, dispersado, perseguido y casi exterminado, pero nunca olvidado.

El profeta Ezequiel recibió una visión que se convirtió en el corazón profético de esta historia: el valle de los huesos secos.

Un pueblo muerto, sin esperanza, reducido a polvo.

Y, sin embargo, Dios prometió abrir esos sepulcros, reunir a su pueblo de entre las naciones y traerlo de vuelta a su tierra.

No como metáfora espiritual, sino como restauración nacional.

Durante casi dos mil años, esa profecía parecía imposible.

Israel había desaparecido de los mapas.

Judea no existía.

Palestina era el nombre dominante.

Pero en 1948 ocurrió algo sin precedentes en la historia humana.

Un pueblo sin tierra, disperso por más de cien países, regresó y declaró el nacimiento del Estado de Israel.

El nombre volvió a los mapas.

Los huesos comenzaron a unirse.

Y el mundo fue testigo de un fenómeno que ninguna otra nación ha vivido.

Para millones de creyentes, no fue solo política: fue profecía cumplida.

Gaza, sin embargo, quedó como una herida abierta.

Tras la guerra de independencia, quedó bajo control egipcio.

Décadas después, Israel la conquistó en la Guerra de los Seis Días y, en 2005, se retiró completamente.

Lo que muchos esperaban que fuera un paso hacia la paz se convirtió en un nuevo ciclo de violencia.

Gaza pasó a ser gobernada por Hamás y se transformó en un foco constante de confrontación.

La franja se volvió sinónimo de conflicto perpetuo.

La Biblia no menciona a “Palestina” como nación futura, pero sí habla de naciones que rodean a Israel y se levantan contra él en los últimos días.

Ezequiel describe una coalición encabezada por Gog, un líder del norte, aliado con Persia, Cus, Fut y otros pueblos.

Lo inquietante no es solo la lista, sino el propósito: atacar a un Israel restaurado.

Pero el desenlace es devastador para los invasores.

Dios mismo interviene.

No es Israel quien gana la batalla.

Es Dios quien defiende su pacto.

Este punto es crucial.

La profecía no presenta a Israel como una nación intocable por mérito propio, sino como escenario donde Dios vindica su nombre.

La restauración no es el final del proceso.

Es el preludio.

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La Escritura dice que Jerusalén se convertirá en una carga pesada para todas las naciones.

Quienes intenten moverla, dividirla o dominarla, terminarán quebrados.

Gaza, como parte del antiguo territorio filisteo, carga con un simbolismo profundo.

Representa la persistencia del conflicto contra el plan de Dios.

No porque sus habitantes sean el enemigo, sino porque la tierra se ha convertido en escenario de una lucha espiritual que trasciende generaciones.

La Biblia no celebra la guerra ni la muerte.

Describe una realidad dura y repetitiva de rebelión humana y soberanía divina.

El mensaje final no es político.

Es teológico.

La tierra, dice la Escritura, no pertenece a los hombres.

Pertenece a Dios.

Los imperios pasan, los nombres cambian, las fronteras se redibujan, pero el pacto permanece.

Gaza, Palestina, Israel y Jerusalén no son solo lugares geográficos.

Son capítulos vivos de una historia que la Biblia afirma que aún no ha terminado.

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