A los 78 años, Germaín de la Fuente rompe el silencio que guardó por medio siglo y revela el precio oculto de crear himnos eternos mientras su propia vida se desmoronaba lentamente 🎤💔⏳

Germaín de la Fuente: "Yo era distinto a los demás"

Los Ángeles Negros no surgieron como un proyecto destinado a cambiar la música latinoamericana.

Nacieron en 1968 en San Carlos, Chile, como tantos otros grupos juveniles: amigos tocando por diversión, sin una ambición clara de trascendencia.

Mario Gutiérrez, Cristian Blaser, Sergio Rojas y Luis Alarcón tenían instrumentos, entusiasmo y tiempo, pero les faltaba algo esencial.

Les faltaba una voz que cargara emoción real.

Esa voz apareció con Germaín de la Fuente.

Germaín ya era conocido a nivel local, y desde el primer ensayo quedó claro que no era un integrante más.

Su timbre grave, melancólico y profundamente romántico chocó al inicio con las aspiraciones más rockeras del grupo.

Mientras algunos miraban a The Beatles, Germaín miraba al pasado: boleros, tríos, canciones que dolían.

El punto medio fue explosivo.

Una base de rock suave sosteniendo letras de amor desgarrado.

Sin saberlo, acababan de crear un sonido nuevo.

El éxito fue rápido y casi violento.

Porque te quiero abrió las puertas, pero fue Y volveré la canción que selló el destino del grupo.

En cuestión de meses, Los Ángeles Negros pasaron de concursos locales a giras internacionales.

Aeropuertos llenos, fans llorando, comparaciones con la Beatlemanía.

América Latina los abrazó con una intensidad que Chile nunca terminó de replicar.

En México, el fenómeno alcanzó otra escala.

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Discos, hoteles, dinero, reconocimiento.

Germaín recuerda ese periodo como una mezcla de euforia y agotamiento.

Cantar era lo único que realmente amaba, pero el ritmo era brutal.

Seis discos en tres años, giras interminables y una presión constante por repetir la magia.

Mientras la banda crecía, las grietas internas también lo hacían.

A comienzos de los años 70, el desgaste era evidente.

Discusiones, tensiones de liderazgo y un episodio clave con el baterista Luis Ortiz marcaron el quiebre.

Germaín niega haber sido violento, pero admite que el ambiente se volvió insostenible.

En 1974, en el punto más alto de la fama continental, tomó una decisión que lo perseguiría toda la vida: dejó Los Ángeles Negros.

La separación partió el legado en dos.

La banda continuó con otros vocalistas, mientras Germaín inició su carrera solista en México.

Grabó discos, giró durante años y siguió cantando los clásicos que él mismo había hecho famosos.

Pero algo era distinto.

La magia no se repetía.

El público seguía amando las canciones, pero ya no lo miraba como antes.

Poco a poco, el foco se apagó.

Mientras tanto, el nombre Los Ángeles Negros se fragmentó.

Versiones paralelas, disputas legales, exintegrantes usando la marca.

La historia se llenó de tragedias.

Cantantes olvidados, muertes prematuras, músicos que terminaron en la miseria.

La más dura llegó en 2021, cuando Mario Gutiérrez, fundador y motor del grupo, murió por complicaciones de COVID-19.

Con él se cerró definitivamente la posibilidad de una reunión real.

Germaín, por su parte, regresó a Chile en los años 90 y entró en lo que él mismo llama su etapa más oscura.

A pesar de sonar en la radio, nadie lo reconocía en la calle.

Sin conciertos, sin dinero y con una sensación constante de fracaso, cayó en el alcohol.

“Estaba amargado, triste, deprimido”, admite.

Hasta que un día tocó fondo.

Dejó de beber y, lentamente, empezó a reconstruirse.

Hoy, a los 78 años, vive una vida sencilla.

Se reúne con amigos en un café del centro de Santiago, conversa, ríe.

No se comporta como una leyenda.

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Habla con calma, sin nostalgia exagerada ni rencor.

Reconoce que el éxito fue tan rápido que nunca hubo tiempo para entenderlo.

Admite que se fue de la banda porque se aburrió, porque quería algo más, aunque ese “algo más” nunca tuvo la forma que imaginó.

Lo que finalmente confiesa no es un escándalo, sino algo más incómodo: nunca persiguió la fama, solo cantar.

Y cuando la fama llegó, no supo qué hacer con ella.

Sus canciones siguen vivas, sampleadas, versionadas, reinterpretadas por generaciones que no conocen su rostro.

Él lo acepta con serenidad.

“Lo único que he amado de verdad es cantar”, dice.

Germaín sigue entrenando su voz, sigue girando, sigue subiendo a escenarios aunque el cuerpo ya no responda igual.

No busca redención ni aplausos masivos.

Acepta su destino con una calma que solo llega después de haberlo perdido casi todo.

Su historia no es la de oportunidades desperdiciadas, sino la de un hombre que creó algo eterno y pagó el precio completo.

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