
TRAPPIST-1e orbita una estrella diminuta y fría, una enana roja ultrafrígida situada a unos 40 años luz de la Tierra, en la constelación de Acuario.
A simple vista, TRAPPIST-1 no parece especial.
Es pequeña, tenue y muy diferente a nuestro Sol.
Sin embargo, precisamente esas características la convierten en uno de los sistemas más fascinantes jamás descubiertos.
Alrededor de esta estrella giran siete planetas rocosos, todos de un tamaño similar al de la Tierra, apiñados en un espacio tan reducido que todo el sistema cabría dentro de la órbita de Mercurio.
Entre ellos, TRAPPIST-1e destaca como el más prometedor.
Se encuentra en la llamada zona habitable, recibiendo aproximadamente dos tercios de la energía que la Tierra recibe del Sol.
Es denso, rocoso y lo suficientemente templado como para permitir, al menos en teoría, la existencia de agua líquida.
Durante años, este planeta fue considerado uno de los mejores candidatos para estudiar cómo podría ser un mundo similar al nuestro más allá del sistema solar.
Pero había un problema.
Las enanas rojas son estrellas violentas en su juventud.
Emiten llamaradas intensas, vientos estelares y radiación capaz de arrancar la atmósfera de cualquier planeta cercano.
Muchos científicos sospechaban que TRAPPIST-1e había perdido su aire hace miles de millones de años, quedando reducido a una roca desnuda, congelada por un lado y abrasada por el otro.
Cuando el telescopio James Webb comenzó a observarlo, el objetivo era claro: buscar señales de una atmósfera.
Utilizando la técnica de espectroscopía de transmisión, Webb analizó la luz infrarroja de la estrella mientras el planeta pasaba frente a ella.
Si TRAPPIST-1e tenía gases a su alrededor, esas moléculas dejarían huellas químicas inconfundibles en la luz.
Lo que los científicos encontraron no fue una confirmación, sino una tensión.
Los datos mostraron variaciones sutiles, señales extremadamente débiles que podían interpretarse de dos maneras radicalmente distintas.
En el primer escenario, TRAPPIST-1e no tiene una atmósfera real.
Sería un mundo expuesto, sin aire, donde la luz estelar rebota directamente en una superficie árida.
En este caso, el planeta sería un ejemplo brutal de cómo incluso la zona habitable no garantiza la vida.
El segundo escenario es el que mantiene a la comunidad científica en vilo.
Los datos también son compatibles con la existencia de una atmósfera secundaria muy fina, compuesta principalmente de nitrógeno, con posibles trazas de dióxido de carbono.
No sería una atmósfera espesa ni rica en hidrógeno como la de los mini-Neptunos, algo que Webb descartó con claridad.
Pero sí podría ser una envoltura tenue, frágil y sorprendentemente similar, en escala, a la de la Tierra.
Si esta atmósfera existe, significaría que TRAPPIST-1e sobrevivió al caos inicial de su estrella.
Que perdió su aire primitivo, pero logró reconstruir otro más tarde, quizás a través de actividad volcánica o procesos químicos internos.
Ese solo hecho cambiaría por completo nuestra comprensión de los planetas que orbitan en torno a enanas rojas, las estrellas más comunes de la galaxia.
El desafío es que la propia estrella interfiere en las mediciones.
Manchas estelares, regiones más frías y zonas brillantes en su superficie distorsionan la señal.
Separar lo que pertenece al planeta de lo que pertenece a la estrella es como intentar escuchar un susurro en medio de una tormenta.
Aun así, el James Webb logró algo histórico: medir con precisión la luz de un planeta del tamaño de la Tierra a decenas de años luz de distancia.
La ausencia total de señales de hidrógeno es una pista crucial.

Indica que TRAPPIST-1e no es un mundo gaseoso, sino un planeta evolucionado, más parecido a la Tierra o a Venus.
Eso, por sí solo, ya es un avance monumental.
Significa que estamos observando mundos que han seguido caminos complejos, que han cambiado con el tiempo.
La ambigüedad de los datos no es un fracaso, sino una señal de progreso.
La ciencia ha llegado al límite de lo que puede medir con la tecnología actual, y ese límite está peligrosamente cerca de responder una de las preguntas más antiguas de la humanidad.
Si TRAPPIST-1e está desnudo, aprenderemos cuán frágiles son los mundos habitables.
Si tiene una atmósfera, aunque sea débil, descubriremos que la vida podría tener más oportunidades de surgir de las que jamás imaginamos.
En ambos casos, el descubrimiento ya ha cambiado el debate.
Por primera vez, no estamos especulando sobre planetas lejanos: estamos analizando sus cielos.
TRAPPIST-1e ya no es un punto en una gráfica, es un mundo real, con una historia propia, situado justo en la frontera entre lo muerto y lo posible.
Y esa frontera, ahora lo sabemos, es mucho más delgada de lo que pensábamos.