😱✝️ Jim Caviezel Rompe el Silencio Tras 20 Años: El Dolor que Sintió en la Cruz No Era Actuación y Cambió su Vida para Siempre

El Extraño Suceso Que Le Ocurrió A Jim Caviezel En El Plató De The Passion  Of The Christ

Cuando Jim Caviezel aceptó interpretar a Jesucristo, sabía que su vida no volvería a ser la misma.

Mel Gibson fue claro desde el inicio: aquel papel no traería fama convencional, ni aplausos fáciles, ni una carrera cómoda en Hollywood.

Le advirtió que podía perderlo todo.

Caviezel, entonces de 33 años —la misma edad que Cristo al morir— aceptó sin imaginar que el precio sería mucho más alto de lo que cualquier contrato podría reflejar.

Desde los primeros días de rodaje, el ambiente era distinto.

Técnicos veteranos hablaban de una atmósfera pesada, casi reverente.

No era un set normal.

Había silencios largos, miradas contenidas y una sensación constante de que algo invisible observaba cada movimiento.

Caviezel, por su parte, comenzó una preparación que iba mucho más allá del método actoral.

Ayunaba durante días, pasaba horas en oración y evitaba cualquier distracción mundana.

No se estaba preparando para actuar, se estaba preparando para entregarse.

Las escenas de la crucifixión marcaron un punto de quiebre.

Según confesó el propio Caviezel en una entrevista grabada que permaneció fuera del circuito mediático durante años, comenzó a sentir dolores intensos en zonas de su cuerpo que no estaban siendo tocadas.

No coincidían con los puntos donde los clavos falsos presionaban ni con los arneses de seguridad.

Eran dolores en las manos, en los pies, en el costado… dolores profundos, pulsantes, imposibles de ignorar.

Lo más inquietante es que esas sensaciones continuaban fuera del set.

Caviezel relató que por las noches despertaba sobresaltado, con una presión intensa en las palmas y en los pies, como si algo invisible los atravesara lentamente.

Al amanecer, aparecían pequeñas marcas circulares, perfectamente definidas.

No sangraban de forma violenta, pero eran visibles.

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El personal médico del rodaje documentó estas anomalías.

Las heridas aparecían sin causa externa y desaparecían días después sin dejar cicatriz.

La doctora encargada del set confesó, años más tarde, que nunca había visto algo así.

No correspondía a una enfermedad dermatológica, ni a autolesiones, ni a reacciones alérgicas.

Caviezel explicaba que no sentía dolor común.

Decía sentir una especie de plenitud, una paz profunda que no coincidía con el sufrimiento físico visible.

“No era un dolor que destruye”, afirmó en una sesión de acompañamiento espiritual posterior.

“Era un dolor que llevaba amor”.

A medida que avanzaban las filmaciones, los fenómenos se intensificaron.

Durante las escenas más extremas, miembros del equipo aseguraron que Caviezel comenzaba a hablar en arameo con una fluidez inquietante.

No era el arameo aprendido fonéticamente para el guion.

Lingüistas consultados en privado afirmaron que utilizaba construcciones arcaicas que solo aparecen en textos bíblicos antiguos.

Caviezel nunca había estudiado ese nivel del idioma.

La frontera entre interpretación y vivencia espiritual se volvió cada vez más borrosa.

Mel Gibson, conocido por su rigor y su obsesión con el control, intentó racionalizar lo que ocurría.

Consultó neurólogos, especialistas en estrés extremo y expertos en fenómenos psicosomáticos.

Incluso consideró detener el rodaje.

Pero los acontecimientos seguían acumulándose: lesiones que sanaban de forma inexplicable, cambios bruscos en el clima, estados de trance durante las escenas más sagradas.

Uno de los momentos más perturbadores ocurrió durante la filmación de la oración en el Jardín de Getsemaní.

Caviezel llevaba tres días de ayuno.

Mientras las cámaras rodaban, comenzó a sudar sangre.

No era maquillaje.

El médico del set diagnosticó hematohidrosis, un fenómeno extremadamente raro que ocurre bajo estrés emocional extremo y que está documentado históricamente en la pasión de Cristo.

Las muestras fueron analizadas.

No había duda.

Qué fue de la vida de Jim Caviezel, el actor de “La pasión de Cristo”

Al mismo tiempo, varias cámaras captaron un resplandor suave alrededor del actor.

No provenía de focos ni reflectores.

Técnicos revisaron el equipo y no encontraron ninguna explicación.

Mel Gibson ordenó destruir ese material, convencido de que el público no estaba preparado para verlo.

El episodio más conocido, y a la vez más incomprendido, ocurrió durante la crucifixión.

Un rayo cayó directamente sobre Caviezel mientras estaba en la cruz.

Minutos después, otro rayo impactó a un miembro del equipo cercano.

Las condiciones meteorológicas no justificaban tal fenómeno.

Caviezel se mordió la lengua, sangró, pero no sufrió quemaduras graves.

Dijo no haber sentido dolor.

Dijo haber sentido “algo” atravesarlo.

“Por un momento”, confesó más tarde, “sentí que ya no era Jim Caviezel en una cruz.

Sentí que estaba experimentando lo que Cristo experimentó”.

Sus palabras dejaron helado al entrevistador.

No hablaba desde la fe teórica, hablaba desde una vivencia que aún lo estremecía.

El momento final fue el más aterrador.

Al pronunciar en arameo las palabras de entrega —“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”— Caviezel perdió el conocimiento.

Durante casi dos minutos no se detectó pulso ni respiración clara.

El equipo médico entró en pánico.

Mel Gibson creyó haberlo perdido.

Cuando Caviezel recuperó la conciencia, sonrió.

Al preguntarle qué había visto, respondió con una calma inquietante: “Algunas cosas no son para ser contadas todavía”.

Tras el estreno, la película fue un éxito histórico.

Pero la carrera de Caviezel se apagó.

Hollywood comenzó a evitarlo.

Las ofertas desaparecieron.

Él mismo confesó sentirse “radiactivo” para la industria.

Sin embargo, su vida espiritual se transformó por completo.

Caviezel afirma que desde entonces no puede separar del todo quién es él y lo que Cristo dejó marcado en su interior.

Hoy, a sus más de 50 años, al hablar de aquella experiencia, su voz todavía se quiebra.

No habla como un actor recordando un rodaje difícil.

Habla como alguien que cargó una cruz que no era del todo simbólica.

Porque hay dolores que no se olvidan.

Y hay experiencias que no se pueden fingir.

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