Jonathan Roumie quedó emocional y espiritualmente devastado tras interpretar a Jesús: el rodaje de El Elegido que cruzó la frontera entre la actuación, el sufrimiento real y una guerra espiritual moderna ⚔️✝️🔥

The Passion of the Christ (2004) - IMDb

Mucho antes de que las cámaras se encendieran, la historia de Jonathan Roumie ya estaba en movimiento.

Su camino hacia interpretar a Jesús no siguió las reglas habituales de Hollywood.

No fue una audición más, ni una oportunidad profesional cualquiera.

Fue, según quienes lo rodearon, una llamada.

Durante años, Jonathan experimentó impulsos espirituales inexplicables, especialmente durante la adoración eucarística.

Sentía que debía servir a Dios de una manera especial, aunque no lograba comprender cómo ni por qué.

Él mismo descartaba esas sensaciones como fruto de la imaginación… hasta que el guion de El Elegido apareció en su bandeja de entrada.

Al leer las primeras páginas, algo ocurrió.

No escuchó palabras audibles, pero una certeza absoluta se instaló en su interior: “Para esto fuiste creado”.

No era solo un papel.

Era un destino.

Durante la audición, otros actores notaron un cambio inquietante.

Su voz, su postura, su presencia parecían distintas.

Algunos describieron una sensación de reverencia en la sala, como si algo sagrado hubiera descendido por un instante.

Dallas Jenkins, el director, lo confirmó después: no estaban buscando simplemente a un actor, estaban rezando para que Dios enviara a la persona correcta.

Y el precio de esa respuesta no tardó en manifestarse.

Passion of Jesus - Wikipedia

Durante la escena de las Bienaventuranzas, Jonathan se desplomó repentinamente.

Médicamente no había explicación coherente.

Había comido, descansado, todo estaba en orden.

Sin embargo, su nivel de azúcar en sangre cayó a niveles peligrosos.

Al recuperar la conciencia, sus primeras palabras fueron las mismas que acababa de pronunciar como Jesús: “Bienaventurados los que tienen hambre”.

Aquello no sería un hecho aislado.

A lo largo del rodaje, su cuerpo comenzó a reaccionar de formas extrañas cada vez que interpretaba momentos clave del ministerio de Cristo.

Las escenas de sanación lo dejaban exhausto, como si algo le drenara la energía desde dentro.

Durante la tentación en el desierto, sufrió ataques espirituales tan intensos que necesitó acompañamiento constante.

Los médicos no encontraban causas físicas claras.

Algunos miembros del equipo comenzaron a hablar, en voz baja, de algo que la mística católica llama “victimidad”: aceptar el sufrimiento para el bien de otros.

Pronto, el set se llenó de relatos inquietantes.

Técnicos afirmaron ver figuras vestidas de blanco durante escenas de oración, invisibles para las cámaras.

Un electricista, sin creencias religiosas, aseguró haber visto una figura luminosa junto a Jonathan durante la transfiguración, alguien que no proyectaba sombra.

El catering reportó que el pan parecía multiplicarse misteriosamente durante una jornada de rodaje, desafiando todos los cálculos logísticos.

Pero no todo fue luz.

A medida que la interpretación de Jonathan se intensificaba, también lo hacía la oscuridad.

Equipos que fallaban sin explicación, cámaras que se bloqueaban justo en escenas de milagros, micrófonos que se apagaban en momentos clave.

Un ingeniero de sonido documentó más de cuarenta fallos técnicos imposibles de atribuir al azar.

Y fuera del set, comenzaron las pesadillas, la parálisis del sueño, la sensación de presencias malignas.

Jonathan fue el blanco principal.

La producción reaccionó.

Se habilitaron espacios de oración.

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Un sacerdote fue nombrado capellán.

El ambiente cambió de inmediato.

La tensión disminuyó, la productividad regresó.

Era como si el set hubiera pasado de ser un campo de batalla a un santuario improvisado.

El punto más perturbador llegó durante el rodaje de la crucifixión.

Las manos de Jonathan comenzaron a sangrar.

No había heridas visibles.

Los exámenes médicos no lograban explicar el fenómeno.

El sangrado se producía únicamente durante esas escenas y duraba exactamente tres horas.

Jonathan no sentía dolor, solo una profunda unión con el sufrimiento de Cristo.

Para él, no era espectáculo.

Era participación.

Otros fenómenos continuaron.

Luces inexplicables captadas por las cámaras, cambios en su piel imposibles de corregir con maquillaje, momentos de éxtasis en los que parecía completamente ausente del mundo.

Tras una escena, sus primeras palabras fueron: “He visto al Padre”.

Muchos en el set no volvieron a ser los mismos.

El impacto no se limitó a la producción.

Espectadores comenzaron a compartir testimonios de conversiones, sanaciones, matrimonios restaurados.

Personas que jamás se habrían acercado a la fe encontraron algo distinto al ver la serie.

El fenómeno creció sin campañas publicitarias, como si algo invisible guiara su expansión.

Jonathan, sin embargo, pagó el precio en silencio.

Su vida espiritual se transformó radicalmente.

Lo que antes era actuación se convirtió en oración vivida.

Su mirada cambió.

Su presencia impactaba incluso fuera de cámara.

Algunos decían sentirse en paz solo al estar cerca de él.

Otros encontraron su vocación tras escucharlo hablar.

El éxito de El Elegido no fue el verdadero milagro.

El milagro fue ver a un actor convertirse en un testimonio viviente.

Alguien que aceptó el costo de la autenticidad, incluso cuando ese costo fue el sufrimiento.

Porque cuando se toca el misterio, nada vuelve a ser igual.

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