
Antes de que The Chosen existiera, Dallas Jenkins era un director marcado por el fracaso.
Proyectos cancelados, reuniones que no llevaban a nada, promesas vacías de estudios que nunca se concretaban.
En 2017, aceptó un trabajo que parecía insignificante para sus ambiciones: realizar pequeños videos para la iglesia Harvest Bible Chapel en Illinois.
No había grandes presupuestos ni estrellas.
Solo primeros planos, actores voluntarios y una urgencia sincera por contar la historia de Jesús de una manera cercana.
Aquellos videos sencillos, rodados casi sin recursos, le enseñaron algo que Hollywood nunca le había permitido aprender: que la verdad emocional importa más que el espectáculo.
Sin darse cuenta, Jenkins estaba encontrando el lenguaje narrativo que cambiaría su vida.
Cuando decidió apostar por The Chosen, lo hizo rechazando de nuevo el sistema tradicional.
En lugar de estudios, confió en la gente común.
Y ocurrió algo sin precedentes: miles de personas donaron pequeñas cantidades, no por marketing, sino por convicción.
Mientras tanto, a miles de kilómetros, Jonathan Roumie vivía su propia noche oscura.
Dos décadas intentando triunfar, papeles pequeños, doblaje de videojuegos para sobrevivir y una ayuda gubernamental a punto de desaparecer.
A los 43 años, estaba preparado para abandonar su sueño.
En su pequeño apartamento, con lágrimas reales, se arrodilló y se rindió por completo.
“Dios, quítame esto.
Está en tus manos”, dijo.
No era teatro.

Era derrota.
Tres meses después, cuando ya no buscaba trabajo, llegó la llamada.
Un pequeño papel en un cortometraje de Jenkins.
Cinco líneas.
Nada más.
Pero fue suficiente para ponerlo frente al proyecto que cambiaría su vida.
Cuando Roumie fue considerado para interpretar a Jesús, algo encajó de una forma imposible de planificar.
Su formación espiritual, su fragilidad humana y su largo camino de espera parecían haberlo preparado para ese momento exacto.
El rodaje comenzó en Texas, donde se construyó una ciudad completa del siglo I.
Desde el primer día, los veteranos del equipo notaron algo extraño.
En un set que normalmente sería ruidoso y caótico, aparecían silencios repentinos.
No órdenes.
No gritos.
Silencios densos, como si el aire se hubiera detenido.
Durante el Sermón del Monte, Jonathan Roumie pronunció palabras repetidas durante dos mil años.
Cuando terminó la escena, nadie habló.
Algunos técnicos confesaron después que les temblaban las manos.
Roumie diría más tarde, con la voz quebrada, que no se sentía actuando.
Sentía que estaba pisando tierra sagrada.
Los sucesos extraños se acumularon.
Luces que parpadeaban sin causa aparente.

Brisas frías que recorrían el set sin máquinas de viento.
Extras que soñaban escenas exactas antes de rodarlas.
Durante una escena en el lago, una niebla espesa impidió grabar durante horas.
Cuando ya se había dado el día por perdido, la niebla desapareció de golpe, como si alguien hubiera retirado una cortina invisible.
Se rodó una toma perfecta en minutos.
Uno de los momentos más comentados fue una compleja toma continua de 14 minutos en la segunda temporada.
Tras varios intentos fallidos y con la luz natural desapareciendo, todo encajó en el último intento.
Justo cuando se dijo la última línea, el sol se puso creando un efecto visual imposible de planear.
Dallas Jenkins se quedó inmóvil.
Luego lloró.
No de alivio técnico, sino de algo más profundo que no supo explicar.
No todos creyeron.
Críticos religiosos acusaron a la serie de humanizar demasiado a Jesús.
Escépticos en redes sociales hablaron de coincidencias y marketing emocional.
Algunos protestantes cuestionaron la fe católica de Roumie.
Su respuesta fue simple: su fe no lo hacía digno, lo hacía consciente de su propia pequeñez.
Y precisamente desde ahí conectaba con el personaje.
Mientras los debates crecían, las cartas llegaban.
Personas rotas que volvían a llorar.
Ateos que admitían sentirse interpelados.
Musulmanes que reconocían en ese Jesús a un hombre digno de ser seguido.
La serie cruzó fronteras culturales y religiosas sin pedir permiso.
Cinco años después, The Chosen superó los 400 millones de visualizaciones en casi 200 países.
Sin estudios.
Sin estrellas impuestas.

Con un modelo de “paga por adelantado” que permitió que personas ricas financiaran el acceso gratuito para quienes no podían pagar.
Iglesias, cárceles, escuelas y barrios olvidados se convirtieron en salas de proyección improvisadas.
Hoy, mientras se acercan las temporadas más duras, Jonathan Roumie se prepara física y espiritualmente para representar la cruz.
Él mismo admite que será lo más exigente que ha hecho jamás.
Pero si algo ha aprendido, es que rendirse no es perder.
Es abrir espacio para que algo más grande actúe.
Dallas Jenkins dejó de limpiar suelos para dirigir la serie basada en la fe más vista de la historia.
Jonathan Roumie dejó de luchar por su carrera y encontró su propósito.
Y en medio de cámaras, luces y silencios imposibles, millones de personas han visto algo más que una serie: han presenciado el extraño lugar donde el cielo y la tierra parecen rozarse.