
Cuando se leen las Escrituras desde sus idiomas originales, el texto comienza a crujir.
Palabras que parecían claras se vuelven ambiguas.
Conceptos que sonaban espirituales adquieren un peso físico inquietante.
Uno de los primeros golpes llega con una palabra clave: Elohim.
Traducida tradicionalmente como “Dios”, en hebreo es un plural.
No “Él”, sino “ellos”.
No un creador solitario, sino una pluralidad de entidades actuando juntas.
Esta sola grieta abre un abismo.
Génesis ya no dice “Dios creó”, sino “los dioses crearon”.
Y cuando esos dioses declaran “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”, la frase deja de ser una metáfora espiritual.
Pasa a ser una descripción literal.
No es que Dios se pareciera al hombre, sino que el hombre fue diseñado para parecerse a ellos.
Aquí aparece una distinción crucial que la teología posterior intentó borrar: los ángeles no son lo mismo que los hijos de Dios.
Los ángeles son descritos como espíritus.
Los hijos de Dios, en cambio, comen, caminan, se reproducen y sienten deseo.
Son físicos.
Humanoides.
Capaces de mezclarse con las mujeres humanas, como relata Génesis 6, dando origen a los Nefilim, los “héroes de la antigüedad”, los hombres de renombre.

Entonces surge la pregunta prohibida: ¿quién habitaba la Tierra antes de nosotros? La Biblia misma parece insinuarlo.
Pasajes que describen ciudades sin hombres, tierras devastadas tras un colapso previo, órdenes divinas de “reponer” la Tierra, no de llenarla por primera vez.
Incluso el miedo de Caín a ser asesinado por “otros” revela que no estaba solo en el mundo.
Todo apunta a una humanidad anterior, una civilización preadámica destruida por una catástrofe global.
El Diluvio, lejos de ser solo lluvia, es descrito como la ruptura de “las fuentes del gran abismo”.
Un evento geológico brutal.
Terremotos, desplazamientos de placas, océanos desbordados.
Un reinicio planetario.
No es casual que casi todas las culturas antiguas hablen de dioses que descendieron del cielo.
Sumerios, egipcios, babilonios, griegos.
Todos describen seres superiores con apariencia humana que gobernaron, enseñaron y procrearon con los hombres.
Lo que hoy llamamos mitología pudo ser memoria distorsionada de encuentros reales con una civilización avanzada.
Algunos textos y tradiciones van aún más lejos.
Sugieren que estos seres no solo gobernaron la superficie, sino que sobrevivieron al cataclismo refugiándose bajo los océanos.
Las Escrituras hablan del abismo como un lugar vivo, habitado.
El término hebreo refaím se asocia tanto con muertos como con gigantes y descendientes de los caídos.
Y no es menor que muchos relatos modernos de objetos no identificados los describan emergiendo del mar.
Bajo el Atlántico, cerca de Bimini, se habla de estructuras imposibles, incluso de una gigantesca pirámide sumergida.
En Japón, Cuba y otras regiones se han descubierto templos bajo el agua.
¿Restos de una civilización borrada? ¿La Atlántida no como mito, sino como recuerdo?
En este contexto, la figura de Jesús de Nazaret adquiere un nuevo significado.
Su historia no aparece aislada, sino incrustada en un patrón mucho más antiguo.
Doce discípulos como las doce constelaciones.
Muerte y resurrección ligadas a los ciclos solares.
El “Hijo de Dios” no como excepción, sino como continuación de una tradición donde lo divino y lo humano se entrelazan.
Incluso los evangelios muestran a entidades que no encajan con la idea de espíritus etéreos.
Los demonios de Marcos suplican por cuerpos.
Huyen hacia el agua.
Necesitan un soporte físico.
Jesús no discute su existencia, interactúa con ellos como entidades reales.
Y entonces surge la pregunta más inquietante de todas: si estos seres existieron, ¿se fueron realmente? La Biblia advierte que algunos hombres hospedaron a hijos de Dios sin saberlo.
Abraham comió con ellos.
Lot los recibió en Sodoma.
Caminaban entre nosotros.

Si aún están aquí, ocultos a plena vista, la historia del poder cambia de forma.
El derecho divino de los reyes ya no sería una metáfora, sino una herencia literal.
Las élites que gobiernan, frías, desconectadas, inhumanas en sus decisiones… ¿son solo hombres o algo más?
La Biblia oficial, al eliminar estas lecturas, convirtió una historia cósmica en un relato moral.
Sustituyó dioses por dogmas.
Misterio por obediencia.
Jesús pasó de ser una figura inserta en un conflicto entre inteligencias superiores a un símbolo domesticado.
Tal vez por eso estas ideas fueron silenciadas.
No porque fueran falsas, sino porque eran demasiado desestabilizadoras.
Porque devolvían el poder del conocimiento al ser humano.
Porque recordaban que nuestra historia es más antigua, más compleja y más peligrosa de lo que nos contaron.
La verdadera historia de Jesús, de la creación y de la humanidad no está perdida.
Está fragmentada.
Oculta entre traducciones, censuras y silencios.
Y cada vez que alguien vuelve a leer el texto original, una grieta se abre.
Quizá no se trate de creerlo todo.
Pero sí de atreverse a mirar.
Porque si una parte de esto es cierta, entonces no somos el origen del relato… sino su último capítulo.