
José Luis Alvarado Nieves nació el 19 de marzo de 1963.
El mundo lo conocería como Brazo de Plata y, más tarde, como Super Porky.
Junto a sus hermanos, Brazo de Oro y El Brazo, formó una de las dinastías más queridas de la lucha libre mexicana.
No eran solo luchadores: eran espectáculo, tradición y familia dentro del ring.
Su físico robusto, su agilidad inesperada y su carisma natural lo hacían único.
El público lo adoraba.
La noche del 21 de octubre de 1988 cambió su destino para siempre.
En Monterrey, Los Brazos perdieron sus máscaras ante la dinastía Villano.
Fue una humillación histórica.
José Luis, entre lágrimas, reveló su identidad ante una arena en silencio.
Lejos de destruirlos, aquel momento los volvió aún más populares.
El dinero, la fama y las oportunidades comenzaron a llover sin control.
En el CMLL alcanzó la gloria total.
Campeonatos de tríos, el Campeonato Mundial de Peso Completo, giras internacionales y arenas llenas coreando su nombre.
Pero el éxito tenía una sombra.
El dinero fluía sin medida y con él llegaron las fiestas, el alcohol, las mujeres y la peligrosa sensación de invencibilidad.
Su peso aumentó, su disciplina se diluyó y su vida personal comenzó a resquebrajarse.
Así nació Super Porky, un personaje cómico, exagerado y amado por la afición.
Pero mientras el público reía, el hombre detrás del personaje se perdía.

Él mismo admitiría años después que se entregó por completo a los excesos, convencido de que la bonanza jamás terminaría.
Autos, casas, fiestas interminables y un séquito de personas interesadas lo rodeaban día y noche.
Su fama cruzó fronteras.
Japón lo aclamó.
Estados Unidos lo recibió con contratos millonarios.
En 2005 firmó con la WWE y vivió el punto más alto de su carrera económica.
Ganaba miles de dólares por presentación.
Pero también fue ahí donde sus peores hábitos se intensificaron.
La fiesta nunca terminaba.
La disciplina desapareció.
Su cuerpo comenzó a pasarle factura.
Para 2012, el castillo de naipes colapsó.
La fortuna se evaporó.
Las malas decisiones financieras y las traiciones personales lo dejaron en la ruina.
Una relación con una mujer que se ofreció a cuidarlo durante su rehabilitación terminó en una pesadilla legal.
Bajo presión, firmó documentos que lo despojaron de casas, automóvil y efectivo.
Cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde.
Todo llevaba su firma.
Arruinado y solo, regresó con su familia.
Aquellos a quienes había dado la espalda lo recibieron sin condiciones.
Fue uno de los pocos actos de misericordia que aún conservaba.
Pero su cuerpo ya estaba destruido.
Con casi 180 kilos, apenas podía caminar.
Necesitaba cirugías urgentes de cadera y rodilla que jamás pudo pagar.
La pandemia fue el golpe final.
Sin funciones, sin ingresos y sin ahorros, Super Porky comenzó a vender sus máscaras originales para sobrevivir.
Cada una representaba una batalla, una ovación, una vida.
Desprenderse de ellas era como vender pedazos de su alma.
El ídolo que llenó arenas ahora luchaba por pagar comida.
El 26 de julio de 2021, el final llegó sin aviso.
Super Porky murió de un infarto a los 58 años.
Su hijo, Psych Clown, fue quien reveló la verdad.
Intentó reanimarlo con sus propias manos, pero ya era demasiado tarde.
La noticia sacudió al mundo de la lucha libre.
El gigante había caído definitivamente.
Psych Clown lo despidió con palabras que rompieron corazones.
Agradeció las historias, las enseñanzas y el amor tardío.
Reconoció sus errores, pero también su resiliencia.
Super Porky murió sin dinero, sin fama y sin ring, pero rodeado del perdón de su familia.
Hoy, su legado vive congelado en la memoria colectiva: el luchador que hacía reír, el gigante entrañable, el hombre que lo tuvo todo y lo perdió casi todo.
Su historia no es solo la de una leyenda caída, sino una advertencia brutal sobre los excesos de la fama y la fragilidad humana.