📜 El Misterio del Códice Maya: La IA Rompe un Silencio de 900 Años y Desvela Secretos que los Historiadores Nunca Imaginaron

El Códice Maya de México, también conocido como el Códice Grolier, tiene una historia tan misteriosa como el contenido de sus páginas.
Su origen está envuelto en un relato casi cinematográfico: un coleccionista llamado Josué Sáenz fue llevado a una cueva secreta en las colinas de Tortuguero, donde encontró un libro de papel de corteza pintado con símbolos y figuras.
A pesar de su aspecto rudimentario y de las dudas iniciales de los expertos, este pequeño volumen ha sido confirmado como el libro legible más antiguo de las Américas, gracias a una combinación de pruebas científicas y tecnología avanzada.
Los códices mayas son extremadamente raros.
La mayoría fueron destruidos durante la conquista española o se perdieron debido a las condiciones climáticas de las selvas tropicales.
Solo cuatro han sobrevivido: el de Dresde, el de Madrid, el de París y, ahora, el Códice Maya de México.
Este último, sin embargo, pasó décadas en el limbo académico, considerado por muchos como una falsificación debido a su estilo más simple y a su dudosa procedencia.
Pero todo cambió cuando un equipo de expertos decidió reexaminarlo utilizando herramientas modernas, incluida la inteligencia artificial.
El primer paso fue confirmar la autenticidad del códice.
Los científicos analizaron el papel de corteza, los pigmentos y el yeso utilizado como base para las pinturas.
Utilizando técnicas como la espectrometría de retrodispersión de Rutherford y la emisión de rayos X inducida por partículas, lograron identificar la composición exacta de los materiales.
El yeso, hecho de sulfato de calcio hidratado, era diferente al carbonato de calcio usado en otros códices mayas, lo que indicaba que provenía de un taller distinto.

Los pigmentos, como el negro de carbono, la hematita roja y el azul maya, coincidían con los utilizados por los antiguos mayas.
Incluso las marcas de desgaste y las mordeduras de insectos en los bordes del papel confirmaron que el códice había estado expuesto a las condiciones naturales durante siglos.
Pero la prueba definitiva fue la datación por radiocarbono.
Las fibras de corteza del papel fueron analizadas con espectrometría de masas con acelerador, lo que reveló que el códice fue creado entre los años 1021 y 1154, en el periodo postclásico temprano.
Esto lo convierte en el libro maya más antiguo conocido, más antiguo incluso que el famoso Códice de Dresde.
Con su autenticidad confirmada, los investigadores se centraron en descifrar su contenido.
Aquí es donde la inteligencia artificial desempeñó un papel crucial.
Al analizar miles de escaneos de imágenes y modelos de patrones, la IA logró identificar y traducir los símbolos y números que llenan las páginas del códice.
Lo que emergió fue un calendario basado en el ciclo de Venus, un planeta que los mayas consideraban clave para sincronizar eventos en la Tierra.
Venus, conocido como la “estrella de la mañana”, tiene un ciclo de 584 días que los mayas rastrearon con una precisión asombrosa.
Este ciclo se divide en cuatro fases: 90 días oculto tras el sol, 250 días como estrella vespertina, 8 días invisible y 236 días como estrella matutina.
Cada una de estas fases estaba asociada con eventos específicos en la Tierra, desde rituales y sacrificios hasta guerras y ceremonias agrícolas.
El códice utiliza barras y puntos para representar números, junto con columnas de nombres de días del calendario sagrado maya.
Estas marcas guían al lector a través de las páginas, indicando cuándo realizar ciertos actos.
Las imágenes del códice son impactantes.

En una página, un dios sostiene a un cautivo atado, marcando el momento para la captura de prisioneros.
En otra, un dios de la muerte aparece con una cabeza decapitada, señalando un día de sacrificio.
Una tercera página muestra a un guerrero lanzando una lanza hacia un templo, simbolizando un ataque.
Estas escenas no son meramente decorativas; son instrucciones precisas para alinear las acciones humanas con los movimientos de los cielos.
El descubrimiento del Códice Maya de México no solo arroja luz sobre las creencias y prácticas de los antiguos mayas, sino que también resalta su sofisticación científica.
Los mayas no solo observaban los cielos; los entendían con una precisión que rivaliza con la astronomía moderna.
Sus cálculos les permitieron predecir eclipses, rastrear los movimientos de los planetas y sincronizar sus calendarios con los ciclos celestiales.
El Códice Maya de México ahora ocupa su lugar junto a los otros tres códices mayas conocidos: el de Dresde, el de Madrid y el de París.
Cada uno de estos libros ofrece una ventana única al mundo de los mayas.
El Códice de Dresde, por ejemplo, es famoso por sus tablas de eclipses y sus detallados cálculos astronómicos, mientras que el Códice de Madrid se centra en guías prácticas para la vida cotidiana, desde la agricultura hasta los rituales religiosos.
El Códice de París, aunque más pequeño y dañado, contiene ciclos de katunes, periodos de 20 años que los mayas utilizaban para medir el tiempo a largo plazo.
Lo que hace único al Códice Maya de México es su enfoque en Venus y su conexión directa con la guerra y los rituales.

Es un recordatorio de cómo los mayas veían el cosmos no como algo separado de la vida diaria, sino como una fuerza que influía directamente en sus acciones.
Cada página del códice es una lección de cómo una civilización antigua logró combinar ciencia, arte y espiritualidad en un sistema coherente y funcional.
El descubrimiento y la traducción del Códice Maya de México no solo resuelven un misterio arqueológico; también nos ofrecen una nueva perspectiva sobre los mayas y su legado.
Gracias a la inteligencia artificial, hemos podido escuchar las voces de una cultura que, durante siglos, parecía perdida en el tiempo.
Pero esta es solo una pieza del rompecabezas.
¿Qué otros secretos podrían estar esperando ser descubiertos en los códices que aún no conocemos?
La historia de los mayas está lejos de terminar, y cada nuevo hallazgo nos acerca un poco más a comprender el alcance total de su genio.