
Lorenzo de Monteclaro nació como Lorenzo Hernández Martínez en Cuencamé, Durango, un lugar donde la tierra es dura, pero la música brota con fuerza.
De joven cantaba mientras ayudaba en el campo, sin imaginar que su voz recorrería México y Estados Unidos.
Su nombre artístico nació casi por accidente, cuando un locutor lo presentó como “Lorenzo de Monteclaro, porque su voz es tan clara como una montaña”.
El nombre quedó, y con él nació una leyenda.
Su camino no comenzó con disqueras ni contratos millonarios.
Empezó en concursos amateurs, ferias, jaripeos y bautizos.
No siempre ganaba, pero siempre dejaba huella.
En una época en la que la música regional era vista como cosa de cantina, Lorenzo insistió.
No quería imitar a nadie.
Quería cantar como hablaba su gente.
Sin proponérselo, cambió la historia del género al incorporar el saxofón a la música norteña.
Ese sonido áspero, melancólico y poderoso conquistó al norte del país.
Así nació el norteño con sax, un estilo que muchos copiarían, pero que solo uno dominaría con autenticidad.
El verdadero punto de quiebre llegó con El ausente.
La canción se convirtió en un himno para los migrantes, para quienes cruzaron la frontera con la nostalgia a cuestas.
Lorenzo no cantaba desde la técnica, cantaba desde la herida.
Y eso se sentía.

Durante décadas grabó sin descanso.
Más de 100 álbumes, cerca de mil canciones.
Corridos, rancheras, historias de contrabando y destino.
Mientras otros cambiaban con la moda, él se mantuvo fiel a su sombrero, a sus botas y a su sonido.
Llenó palenques, rodeos, ferias y bailes desde Durango hasta Chicago.
También llegó al cine, protagonizando películas de acción y corridos como Caí de la nube, Tierra sangrienta, Las tres tumbas y Pistoleros famosos.
No eran cintas premiadas, pero sí profundamente populares.
Lorenzo no actuaba, era él mismo con pistola, sombrero y corrido de fondo.
Pero detrás del artista siempre estuvo el hombre.
Y detrás del hombre, una mujer: Rosa María Flores Rivera.
Su esposa, su ancla, su compañera durante más de 60 años.
En un mundo lleno de tentaciones, Lorenzo fue un caso raro: un matrimonio sólido, una familia estable, cinco hijos y una vida lejos del escándalo.
Rosa María estuvo ahí desde los días de hoteles baratos hasta las noches de aplausos interminables.
Organizaba, cuidaba, sostenía.
Era el equilibrio silencioso que permitía que Lorenzo brillara.
Cuando ella murió en 2023, algo se quebró definitivamente.
Durante semanas, Lorenzo desapareció del ojo público.
Canceló presentaciones, rechazó entrevistas.
Los rumores no tardaron: retiro definitivo, depresión, enfermedad.
Cuando finalmente habló, no dio discursos.
Solo dijo: “Mi compañera se me fue”.

Desde entonces, su vida es más quieta.
Vive rodeado de sus hijos y nietos, especialmente de Ricardo de Monteclaro, quien sigue su legado musical.
Acepta menos conciertos.
Camina más lento.
Habla poco.
Pero cuando canta, la voz sigue ahí, cargada ahora de una tristeza que antes no existía.
En 2025, un nuevo golpe lo llevó a los titulares: problemas administrativos con su visa le impidieron participar en una gira de despedida en Estados Unidos junto a Chelo.
Las cancelaciones encendieron alarmas.
Pero Lorenzo aclaró que no era retiro ni enfermedad.
“Si hace falta, subo al escenario con bastón”, dijo, fiel a su humor norteño.
Lejos de rendirse, prepara una nueva gira en México y un álbum titulado Monteclaro vive, con duetos junto a artistas jóvenes.
Porque si algo ha demostrado, es que incluso con el corazón herido, la música sigue siendo su refugio.
Hoy, Lorenzo de Monteclaro vive una vejez digna, pero marcada por la ausencia.
Ya no está rodeado de multitudes todos los días, sino de recuerdos.
No vive en la miseria, pero tampoco en el ruido de la fama.
Vive con lo que le queda: su voz, su historia y el amor eterno por la mujer que fue su todo.