
Delia Margarita Casanova Mendiola nació el 4 de noviembre de 1948 en Poza Rica, Veracruz, en una familia humilde donde el arte era refugio, no lujo.
Fue la menor de cuatro hermanos y su infancia estuvo marcada por una herida temprana: la muerte de su madre cuando ella era muy pequeña.
Criada por su padre, su abuela materna y una cuidadora indígena, creció rodeada de afecto, pero también de una profunda conciencia de la fragilidad de la vida.
Desde niña supo que quería actuar.
A los siete años, al interpretar a una princesa en una grabación del Teatro Fantástico de Enrique Alonso “Cachirulo”, algo se encendió para siempre.
El escenario se convirtió en su hogar emocional.
A los 13 años ya participaba en giras teatrales escolares y entendía la disciplina del oficio mucho antes de conocer la fama.
Decidida a ir más lejos, se mudó joven a la Ciudad de México para estudiar en el Instituto Nacional de Bellas Artes.
Allí forjó una base sólida, exigente y rigurosa.
Su debut teatral profesional llegó en 1969 con Sueño de una noche de verano.
Tenía apenas 20 años, pero ya era vista como una actriz seria, comprometida y distinta.
El cine llegó en 1975 con El cumpleaños del perro, pero su verdadero parteaguas fue El Apando en 1976, dirigida por Felipe Cazals.
El papel era crudo, intenso y exigía una escena de desnudo.
Delia aceptó sin titubeos.
Para ella no era provocación, era verdad narrativa.
Esa decisión la consolidó como una actriz valiente, dispuesta a asumir riesgos artísticos reales.

Durante las décadas siguientes, su filmografía se volvió impresionante: Canoa, Viva Tepito, Eréndira, El Callejón de los Milagros, La Ley de Herodes, Arráncame la vida.
Cinco nominaciones al Ariel y una estatuilla ganada en 1989 confirmaron su prestigio.
Delia Casanova no era solo una cara bonita: era oficio puro.
Su llegada a la televisión fue conflictiva.
Durante años creyó que las telenovelas no eran arte, sino productos comerciales.
Sin embargo, su experiencia en La pasión de Isabela en 1984 cambió su visión.
Descubrió que el melodrama también exigía técnica, emoción y entrega absoluta.
Desde entonces se convirtió en uno de los rostros más sólidos de la época dorada, participando en títulos inolvidables como Pasión y poder, Cadenas de amargura, La verdad sin pecado concebida, Cuidado con el ángel y La fuerza del destino.
Pero la fama no garantiza estabilidad.
Como muchos actores de su generación, Delia vivió de proyecto en proyecto, sin contratos a largo plazo ni sistemas de retiro.
Con los años, el trabajo disminuyó y la industria comenzó a dar la espalda a las actrices maduras.
A esto se sumaron problemas de salud: un trastorno de tiroides provocó un fuerte aumento de peso y su rodilla se deterioró al punto de necesitar una prótesis.
Sin ahorros suficientes, Delia se encontró enfrentando gastos médicos imposibles de cubrir.
En 2019, su amiga Blanca Guerra tuvo que organizar una recaudación pública para ayudarla a costear la cirugía.
El contraste fue brutal: de ser una figura admirada, pasó a depender de la solidaridad ajena.
Lejos de victimizarse, Delia habló con una honestidad que incomodó.
Explicó que su retiro de la televisión no fue por falta de talento ni de interés, sino por el trato indigno que reciben los actores veteranos.
Productores arrogantes, condiciones precarias y cero respeto por el oficio.
Prefirió desaparecer antes que humillarse.
En su vida personal tampoco hubo cuentos de hadas.

Se casó una sola vez, pero el matrimonio terminó cuando su esposo intentó limitar su crecimiento profesional.
Eligió la independencia, aun sabiendo que el precio podía ser alto.
Hoy, cerca de los 80 años, Delia Casanova vive de forma modesta.
Su hogar es sencillo, lleno de libros, guiones y recuerdos de una carrera intensa.
Lee, cuida su jardín, imparte talleres ocasionales y participa en actividades culturales comunitarias.
No busca fama ni compasión.
Acepta la vejez con serenidad y habla de sus dificultades porque cree que el público debe conocer la realidad detrás del aplauso.
Su historia no es solo la de una actriz olvidada, sino la de toda una generación que lo dio todo por el arte y recibió muy poco a cambio.
Delia Casanova ya no brilla bajo los reflectores, pero su dignidad permanece intacta.
Y quizá esa sea la verdad más poderosa de todas.