
Durante décadas, Ramiro Delgado fue una de las piezas fundamentales de Bronco, el grupo que definió el sonido de millones de hogares en México y América Latina.
Canciones que hoy son himnos populares surgieron en una época donde Bronco cobraba más de un millón de pesos por presentación y llenaba escenarios sin esfuerzo.
Sin embargo, mientras el éxito crecía, también lo hacía una sensación amarga en el interior de Ramiro: la de ser tratado como un integrante más y no como el fundador que ayudó a levantar el proyecto desde sus cimientos.
La tensión estalló públicamente en 2019.
Ramiro anunció su salida de Bronco y con ello destapó una serie de reclamos que sacudieron a los fans.
Habló de pagos injustos, de auditorías rechazadas y, sobre todo, de un distanciamiento emocional con Lupe Esparza, su amigo de toda la vida.
A esto se sumaron problemas de salud como la hipertensión, que agravaron su sensación de abandono.
La última presentación juntos, el primero de marzo de ese año, fue descrita por Ramiro como un punto de quiebre emocional: subir al escenario sintiéndose mal y bajar para recibir un pago que consideraba indigno de su legado.
Tras semanas de silencio y llamadas sin respuesta, Ramiro decidió hablar.
Aunque Lupe Esparza negó cualquier demanda y aseguró que las puertas de Bronco seguían abiertas, para Ramiro el daño ya estaba hecho.
Se sintió solo, ignorado y económicamente subvalorado.
Ese desencanto, más que destruirlo, terminó empujándolo hacia una reinvención total.
Lejos de desaparecer, Ramiro tomó el control absoluto de su vida.
Se enfocó en su carrera solista, en proyectos personales y en consolidar una independencia financiera que hoy le permite vivir sin depender de nadie.
Esa evolución se refleja claramente en sus propiedades.
De una casa modesta en Apodaca, valuada en su momento entre 500 mil y 700 mil pesos, pasó a residencias cada vez más ambiciosas.
Primero, una amplia casa en el área metropolitana de Monterrey, con alberca y estudio musical, valuada entre 4 y 6 millones de pesos.
Y finalmente, su actual residencia, una mansión contemporánea que supera los 10 millones de pesos.
Esta última propiedad no es solo un hogar, es una declaración de poder silencioso.
Mármol importado, espacios abiertos, jardines perfectamente diseñados y una cocina de nivel internacional conforman un entorno pensado para el confort absoluto.
No es ostentación vacía, es el reflejo de alguien que construyó su tranquilidad ladrillo por ladrillo.
Los rumores, como siempre, no tardaron en aparecer.
Desde historias exageradas sobre una supuesta familia de 37 hijos hasta especulaciones absurdas sobre su vida personal.
Ramiro desmintió todo con humor: solo siete hijos, seis vivos, y una broma que desarmó cualquier fantasía sensacionalista.
Sin embargo, el tamaño de sus casas alimentó la imaginación colectiva, convirtiéndolo en una figura casi mítica.
El lujo también se manifiesta en su garaje.
Su colección de autos supera los 5.
3 millones de pesos y está compuesta por vehículos que combinan poder, elegancia y funcionalidad.
Un Mercedes-Benz GLE Coupé, una Cadillac Escalade, una Chevrolet Suburban y una Ford Lobo Platinum Edition forman parte de un arsenal automotriz que simboliza años de trabajo ininterrumpido.
Cada vehículo cuenta una etapa distinta de su camino, desde la robustez práctica hasta el lujo imponente.
A esto se suma su pasión por la relojería de alta gama.
Piezas como el Rolex Submariner y un Patek Philippe Calatrava no solo adornan su muñeca, sino que representan su gusto por lo exclusivo y duradero.
No son símbolos de vanidad, sino trofeos personales de disciplina y constancia.
Ramiro también disfruta viajar.
Europa, el Caribe y Asia forman parte de sus rutas habituales, hospedándose en resorts cinco estrellas y villas privadas.

Estos viajes, que pueden superar los 15 mil dólares por semana, no son simples vacaciones, sino experiencias diseñadas para celebrar la vida lejos del caos mediático.
Pero quizá lo más revelador de su carácter es su compromiso social.
Ha donado alrededor de 100 mil dólares a la Fundación Mexicana para la Salud y colabora activamente con casas hogar que apoyan a niños en situación vulnerable.
Para Ramiro, el éxito no tiene sentido si no se comparte.
En 2024, dio un giro inesperado al incursionar en la política local como candidato a diputado en Apodaca.
Aunque perdió la elección, su participación demostró que su vínculo con su tierra natal sigue intacto.
No buscaba poder, sino aportar una visión distinta basada en experiencia y cercanía.
Hoy, en 2025, Ramiro Delgado vive lejos del escenario, pero más cerca que nunca de sí mismo.
Su historia no es la de un hombre que lo tuvo todo y lo perdió, sino la de alguien que se atrevió a soltar para reconstruirse con mayor fuerza.
Entre mansiones, autos y silencios bien pagados, Ramiro no persigue aplausos.
Persigue paz.
Y en ese juego, parece haber ganado.