
Primer secreto: El diezmo nació como un acto espontáneo, no como una ley obligatoria.
Mucho antes de Moisés, antes del Sinaí y antes de cualquier código legal, encontramos a Abraham en Génesis 14. Tras una victoria militar, se encuentra con Melquisedec, sacerdote del Dios Altísimo, y le entrega el diezmo de todo el botín.
Pero atención: no existía una ley que lo obligara. No había amenaza de maldición. No había reglamento. Fue un acto voluntario de gratitud y reconocimiento. Abraham dio porque entendió que su victoria provenía de Dios.
Ese detalle cambia el tono de la conversación. El primer diezmo registrado en la Biblia no fue impuesto; fue ofrecido.
Más tarde, bajo la ley de Moisés, el diezmo se institucionaliza. En Levítico 27 y Números 18 se establece como parte del sistema nacional de Israel. ¿Su propósito? Sostener a los levitas —que no tenían heredad de tierra—, financiar el servicio del templo y proveer para viudas, huérfanos y extranjeros.
No era simplemente “dinero para la iglesia”. Era un sistema integral de sustento espiritual y justicia social. Incluso existía un diezmo trienal específico para los necesitados, según Deuteronomio 14. La estructura era más compleja que un simple 10% mensual.
Sin embargo, incluso en el Antiguo Testamento, el diezmo podía convertirse en formalismo vacío. En Malaquías 3, Dios reprende al pueblo no porque necesitara recursos, sino porque su negligencia reflejaba un corazón distante.
El problema nunca fue la cantidad. Siempre fue el corazón.
Segundo secreto: Jesús no reforzó el legalismo del diezmo, lo subordinó a la justicia y al amor.
Cuando llegamos a los Evangelios, Jesús menciona el diezmo en contextos muy específicos. En Mateo 23:23 confronta a los fariseos: “Diezmáis la menta, el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe”.
No los acusa por diezmar, sino por reducir la espiritualidad a una contabilidad minuciosa mientras descuidan el amor.
Jesús desenmascara una religión obsesionada con porcentajes pero indiferente al sufrimiento humano. Para Él, el corazón pesa más que el cálculo.

Y luego está la escena conmovedora de la viuda pobre en Marcos 12. Ella no da el 10%. Da todo. Dos pequeñas monedas. Humanamente insignificantes. Espiritualmente gigantes.
Jesús no la usa para imponer una carga, sino para exaltar la profundidad de su entrega. No celebra una cifra, celebra un corazón confiado.
En ninguna parte vemos a Jesús establecer un mandato universal del 10% para sus seguidores. Lo que sí vemos es una insistencia constante en la generosidad, la humildad y la prioridad del Reino.
Tercer secreto: El Nuevo Testamento no impone el diezmo como porcentaje obligatorio para la iglesia.
Aquí es donde muchos se sorprenden.
En las cartas apostólicas no aparece un mandamiento que ordene a los cristianos diezmar el 10% de sus ingresos. Pablo dedica capítulos enteros —como 2 Corintios 8 y 9— a hablar de ofrendas, pero jamás menciona un porcentaje obligatorio.
En 2 Corintios 9:7 declara: “Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”.
Observa las palabras clave: propuso en su corazón. No impuesto. No exigido. No bajo amenaza.
En 1 Corintios 16:2 instruye que cada uno aparte algo “según haya prosperado”. Eso implica proporcionalidad personal, no una cifra universal inmutable.
El énfasis del Nuevo Testamento no es la ley, sino la gracia. No la obligación, sino la libertad responsable. No el temor, sino la alegría.
Esto no significa que la generosidad sea opcional o irrelevante. Al contrario, es central en la vida cristiana. Pero su motor es el amor, no la presión.
La iglesia primitiva compartía bienes, ayudaba a los necesitados y sostenía la obra misionera. Pero lo hacía impulsada por una transformación interna, no por un sistema tributario religioso.

Además, el Nuevo Testamento advierte contra el amor al dinero. 1 Timoteo 6:10 señala que la raíz de todos los males es el amor al dinero, no el dinero en sí. La solución no es imponer porcentajes rígidos, sino sanar el corazón.
También debemos tener cuidado con la llamada “teología de la prosperidad”, que convierte la ofrenda en una inversión espiritual garantizada. Dar no es un contrato comercial con Dios. Es adoración.
Entonces, ¿es obligatorio el diezmo?
Si hablamos del 10% como mandato legal universal para los cristianos, el Nuevo Testamento no lo establece explícitamente. Lo que sí establece es una vida marcada por la generosidad radical, la mayordomía responsable y la confianza en la provisión divina.
Algunos creyentes eligen el 10% como guía práctica. Otros dan más. Otros, en momentos de dificultad, dan menos. La clave no es la cifra exacta, sino la actitud.
El verdadero desafío no es cuánto das, sino por qué lo das.
¿Das por miedo?
¿Das por presión?
¿O das por gratitud?
La viuda del inicio no necesitaba culpa; necesitaba consuelo y verdad. Dios no busca corazones aterrorizados, sino corazones transformados.
La invitación bíblica no es a una esclavitud financiera, sino a una libertad generosa. No a un porcentaje impuesto, sino a una relación viva con Aquel que dio primero.
Y cuando esa relación es genuina, el dar deja de ser una carga… y se convierte en gozo.