
Jesús mismo había dejado una pista inquietante antes de morir.
Cuando los fariseos le exigieron una señal, respondió con una imagen perturbadora: así como Jonás estuvo tres días en el vientre del gran pez, el Hijo del Hombre estaría tres días y tres noches en el corazón de la tierra.
No habló de una tumba.
No habló de reposo.
Habló de descenso.
Siglos después, el apóstol Pablo lo confirmaría con palabras que pasaron casi desapercibidas: antes de ascender a lo alto, Cristo descendió a las regiones más bajas de la tierra.
Y Pedro añadiría un detalle todavía más desconcertante: en ese estado, Jesús fue y proclamó su victoria a los espíritus encarcelados.
Pero ¿qué lugar era ese? Para el pensamiento hebreo antiguo no existía todavía la imagen popular del infierno de fuego eterno.
El reino de los muertos se llamaba Sheol, traducido al griego como Hades.
No era un único espacio, sino una realidad dividida.
Allí iban todos los muertos, justos e injustos, pero no todos compartían el mismo destino.
Según la tradición, había un lugar de consuelo, conocido como el seno de Abraham, donde aguardaban los justos del Antiguo Testamento.
Y había otra región de tormento, separada por una barrera infranqueable.
Todo el sistema estaba bajo una autoridad superior: el poder de la muerte, personificado en Satanás, quien retenía las llaves de ese reino.
Esto explica un misterio que durante siglos inquietó a los teólogos: incluso Abraham, Moisés o David no estaban todavía en la presencia directa de Dios.
El pecado original había cerrado el acceso al paraíso.

La deuda aún no había sido pagada.
Aquí es donde el descenso de Jesús adquiere un sentido explosivo.
Su muerte no fue el final del sacrificio, sino la puerta de entrada a la fortaleza enemiga.
Para destruir el poder de la muerte, era necesario entrar en su propio dominio.
Y la única manera de hacerlo era morir.
Pero Jesús no descendió como prisionero.
Descendió como el único ser humano sin pecado, alguien sobre quien la muerte no tenía derecho legal.
Por eso el Hades no pudo retenerlo.
Las Escrituras lo sugieren con fuerza simbólica.
El Apocalipsis pone en boca del Cristo resucitado una declaración demoledora: “Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades”.
Las llaves habían cambiado de dueño.
¿Qué ocurrió en ese enfrentamiento? La Biblia no ofrece una crónica detallada, pero sí el resultado.
Pablo habla de una victoria humillante para las fuerzas del mal: Cristo despojó a los principados y potestades, exhibiéndolos públicamente derrotados.
El lenguaje es militar.
No es poesía suave.
Es la descripción de un triunfo total.
Los primeros cristianos imaginaron ese momento como una irrupción de luz en un reino que jamás la había conocido.
Antiguos textos describen puertas de bronce rompiéndose, cadenas cayendo y al guardián del Hades enfrentándose a alguien que creyó una víctima y descubrió como conquistador.
Y entonces ocurrió la liberación.
Aquellos que durante siglos habían esperado en el seno de Abraham fueron sacados de la prisión de la muerte.
“Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad”, escribió Pablo.
La frase es tan extraña como poderosa: el cautiverio mismo fue hecho prisionero.
Por eso Jesús es llamado el primogénito de entre los muertos.
No solo porque resucitó, sino porque abrió un camino que nadie antes había podido cruzar.
La resurrección del domingo no fue un acto aislado, sino la manifestación visible de una victoria ya consumada en lo invisible.
Esto también resuelve otra aparente contradicción: la promesa al ladrón en la cruz.
Cuando Jesús le dijo que estaría con él en el paraíso, no se refería aún al cielo definitivo, sino al lugar de descanso de los justos en el Hades.
Un paraíso provisional que estaba a punto de ser vaciado.
La consecuencia de todo esto es radical.
Desde ese momento, la muerte dejó de ser una prisión controlada por el enemigo.
Las llaves pasaron a manos de Cristo.
Y con ello cambió el destino de quienes mueren en él.
Hoy, según la fe cristiana, el creyente no desciende a un oscuro lugar de espera.
Va directamente a la presencia de Cristo.
El camino está abierto porque alguien descendió primero para abrirlo desde dentro.
Por eso aquellos tres días no fueron un paréntesis inútil.
Fueron el núcleo oculto de la redención.
La cruz pagó el precio.
El descenso ejecutó la victoria.
La resurrección la proclamó ante el mundo.
Sin esos tres días en el corazón de la tierra, la Pascua perdería su profundidad.
Porque la verdadera guerra no se libró solo en el Gólgota, sino en el reino de las sombras, donde la muerte reinaba sin oposición… hasta que dejó de hacerlo.