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Mel Gibson nunca ha sido un narrador cómodo.
Su cine no acaricia, golpea.
Y cuando habla de Jesús, no lo hace como un personaje histórico atrapado en el pasado, sino como una fuerza viva, un principio eterno que trasciende el tiempo, la carne y las instituciones.
Para Gibson, la figura de Cristo que ha sido transmitida durante siglos ha sido reducida, domesticada, convertida en un ícono inofensivo que puede colgarse en una pared sin incomodar a nadie.
Pero su mensaje apunta en otra dirección.
Jesús, en esta visión, no es solo el hombre que sufrió en la cruz.
Es una conciencia anterior al mundo material, una chispa divina que precede a la creación misma y que se manifiesta en lo humano para recordar algo fundamental: el poder no está afuera, está dentro.
Esta interpretación no surge del vacío.
Gibson ha insinuado en múltiples ocasiones que la narrativa oficial ha enfatizado el sufrimiento, la culpa y la obediencia, mientras ha dejado en penumbra lo verdaderamente subversivo del mensaje de Cristo: la idea de que el reino de Dios no es un lugar externo, sino un estado interior.
Una verdad escrita en los propios evangelios, pero rara vez colocada en el centro del discurso religioso.

En La Pasión de Cristo, Gibson llevó el dolor físico al límite, no como un fin en sí mismo, sino como una metáfora extrema del proceso de transformación.
Para él, la crucifixión no es el clímax, sino el umbral.
El problema, sostiene implícitamente, es que a la humanidad se le enseñó a quedarse llorando frente a la cruz, sin atreverse nunca a atravesarla.
¿Por qué? Porque una humanidad que entiende la resurrección no como un milagro exclusivo, sino como un principio universal, deja de ser manejable.
La resurrección, en este enfoque, no es solo un evento histórico, es un proceso espiritual.
Es el despertar de una conciencia que no puede ser controlada por el miedo, la culpa o la autoridad impuesta.
Gibson sugiere que Jesús no vino a fundar una religión organizada.
Vino a encender una revolución interior.
Y esa revolución es peligrosa.
No para Dios, sino para cualquier sistema que dependa de intermediarios, jerarquías y obediencia ciega.
Un individuo que descubre que lo divino habita en su interior deja de buscar salvación en templos externos y comienza a cuestionar todo.
Esta es la razón, según esta lectura, por la cual tantas historias sobre Jesús terminan en la cruz y no en la transformación.
El mártir es seguro.
El despertar no lo es.
Un mártir puede ser venerado.
Una conciencia despierta no puede ser domesticada.
La idea de un Jesús anterior a la creación conecta con textos y tradiciones que quedaron fuera del canon oficial.
Evangelios apócrifos, corrientes místicas y lecturas simbólicas que hablaban de un Cristo como principio cósmico, como logos, como energía consciente que atraviesa toda la existencia.
Estos textos no fueron necesariamente eliminados por maldad explícita, sino porque no encajaban en una estructura que necesitaba control, no emancipación.
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Para Gibson, la cruz fue convertida en símbolo de culpa cuando en realidad era un puente hacia la libertad.
El hombre que dijo “no teman” terminó siendo usado para infundir temor.
El maestro que habló de libertad interior fue transformado en un emblema de obediencia.
Esa contradicción es el núcleo de su indignación creativa.
Jesús, en esta visión, no buscaba adoradores pasivos, sino compañeros de camino.
Personas capaces de reconocer en sí mismas la misma chispa divina que él encarnó.
De ahí frases profundamente incómodas como “ustedes harán obras mayores que estas”, una declaración que, tomada en serio, desmantela cualquier estructura que se base en la inferioridad espiritual del individuo.
La crucifixión, entonces, no sería un castigo divino, sino un acto de desobediencia suprema frente a un sistema que exigía silencio.
Jesús no muere para glorificar el sufrimiento, muere porque se negó a renunciar a la verdad.
Y esa verdad, según Gibson, no podía ser asesinada porque no estaba limitada a un cuerpo.
Cada ser humano, desde esta perspectiva, enfrenta su propia cruz.
No de madera, sino de miedo, condicionamiento y mentira.
Y cada resurrección no es un evento místico lejano, sino una elección diaria: vivir desde la autenticidad o desde la sumisión.
Este mensaje no es cómodo.
No ofrece consuelo fácil ni promesas prefabricadas.
Exige responsabilidad.

Si lo divino habita en ti, ya no puedes vivir como víctima.
Ya no puedes delegar tu poder espiritual.
Y eso es precisamente lo que hace que esta visión sea tan inquietante.
Mel Gibson no propone una nueva religión.
Propone recordar algo antiguo.
Algo anterior al dogma, a la institución y al control.
Jesús, antes de la creación, no como figura histórica, sino como principio eterno.
Como espejo que no refleja nuestra debilidad, sino nuestro potencial.
Y esa idea, en un mundo construido sobre el miedo y la obediencia, es más peligrosa que cualquier herejía.