
La historia se repite, pero con actores distintos.
Así como la llegada a la Luna detonó la carrera espacial de los años sesenta entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Marte se perfila como el nuevo escenario de competencia global.
Esta vez, el rival directo de Estados Unidos no es Rusia, sino China.
Y aunque el enfoque mediático suele girar en torno a Musk y sus cohetes reutilizables, China ya está sentando las bases de una estrategia marciana mucho más metódica.
Lejos del espacio, en el norte de China, existen dos lugares que parecen sacados de una película de ciencia ficción.
El primero se encuentra en la provincia de Gansu, al borde del desierto del Gobi.
Construida en 2019 con una inversión cercana a los 61 millones de dólares, esta base de simulación marciana es una mezcla de centro educativo, vitrina tecnológica y laboratorio psicológico.
Dormitorios cómodos, centros de mando con pantallas curvas gigantes, cultivos experimentales de trigo y vehículos de exploración crean una ilusión inquietantemente realista de cómo podría ser la vida en Marte.
Esta instalación fue presentada al público con un reality show en el que celebridades eran entrenadas por astronautas y científicos chinos.
Hoy funciona como un espacio para inspirar a jóvenes estudiantes, normalizando la idea de vivir en un planeta hostil, frío y distante.
Más que una base, es un ejercicio de preparación cultural: convencer a una generación entera de que Marte es un destino posible.
Pero existe una segunda instalación mucho menos vistosa y mucho más reveladora.
Conocida como Campamento Marte, se encuentra en una de las regiones más remotas del noroeste chino.
Allí no hay cúpulas futuristas ni luces coloridas.
Es un conjunto de contenedores metálicos unidos entre sí, ásperos, funcionales y realistas.
El paisaje rojizo y la ausencia total de asentamientos humanos cercanos hacen que el lugar se sienta más cercano a una futura base marciana que a una atracción turística.
China lo describe como un centro de aprendizaje científico y educación patriótica, un término que deja claro que el proyecto no es solo tecnológico, sino ideológico.
Mientras estos ensayos se desarrollan en la Tierra, China ya ha demostrado su capacidad en Marte.
En 2021, con la misión Tianwen-1, se convirtió en la segunda nación en lograr colocar con éxito un rover en la superficie marciana en su primer intento.
La misión incluyó un orbitador, un módulo de aterrizaje y el rover Zhurong, un vehículo solar de seis ruedas que superó ampliamente su vida útil prevista.
Durante casi un año de operaciones, Zhurong recorrió alrededor de dos kilómetros y proporcionó datos que sorprendieron a la comunidad científica.
Sus análisis sugieren que Marte pudo haber experimentado grandes inundaciones hace tan solo 100 millones de años, mucho más recientemente de lo que se creía.
Además, el rover detectó minerales hidratados en Utopia Planitia, indicios de la presencia de agua hace unos 700 millones de años.
Estos hallazgos refuerzan la idea de que Marte fue un planeta dinámico durante más tiempo del que indicaban los modelos clásicos.
Pero Tianwen-1 fue solo el comienzo.
Durante la próxima década, China planea una serie de misiones robóticas cuyo objetivo principal será la recolección de muestras y la identificación de lugares ideales para futuras bases humanas.
La misión Tianwen-3, prevista para 2028, marcará un punto de inflexión.
Consistirá en una compleja operación de ida y vuelta: recoger muestras del suelo marciano y traerlas a la Tierra.
El plan incluye dos lanzamientos con cohetes Larga Marcha 5, aunque existe la posibilidad de utilizar el futuro cohete superpesado Larga Marcha 9 si está operativo a tiempo.
El módulo de aterrizaje utilizará perforación y sistemas móviles avanzados, posiblemente incluso robots de cuatro patas, para recolectar una selección precisa de suelo y rocas.
Estas muestras serán enviadas a órbita marciana mediante un vehículo de ascenso de dos etapas, acoplándose luego a un orbitador que emprenderá el viaje de regreso a la Tierra en 2030, con llegada prevista para 2031.
China no habla en términos vagos sobre su futuro marciano.
La Academia China de Tecnología de Vehículos de Lanzamiento presentó en 2021 un plan detallado que culmina con misiones tripuladas.
Según ese esquema, China espera haber recopilado suficiente información para enviar astronautas a Marte alrededor de 2033.
Y no se trataría de una visita simbólica.

Las fechas posteriores, 2035, 2037, 2041 y 2043, apuntan a una presencia sostenida.
El plan contempla la construcción de naves marcianas en órbita terrestre, el uso de propulsión nuclear eléctrica y térmica para los trayectos interplanetarios, y el despliegue de flotas de carga que viajarían cada dos años.
La idea es crear una infraestructura reutilizable, con depósitos de combustible en órbita marciana y trayectorias cíclicas que reduzcan el consumo energético.
A diferencia de la visión utópica de ciudades con cúpulas de cristal, China parece apostar por una base científica pragmática.
No habla de terraformación ni de convertir a la humanidad en una especie multiplanetaria, al menos no todavía.
Su enfoque es frío, calculado y progresivo: investigación, presencia estratégica y expansión gradual.
En ese silencio metódico reside quizás lo más inquietante.
Mientras otros anuncian sueños, China construye simulaciones, lanza rovers, recoge datos y fija fechas.
Marte no es para ellos un símbolo romántico, sino un objetivo geopolítico a largo plazo.
Y cuando finalmente llegue el momento de enviar seres humanos al planeta rojo, el mundo podría descubrir que la carrera ya estaba decidida mucho antes de que el cohete despegara.