
La Cuenca Polo Sur–Aitken es la herida más profunda y antigua de la Luna.
Con casi 2.500 kilómetros de diámetro y más de 8 kilómetros de profundidad en algunos puntos, este colosal cráter se formó hace aproximadamente 4.
250 millones de años, cuando la Luna aún se enfriaba tras su océano global de magma.
Aquel impacto fue tan violento que perforó la corteza lunar y expulsó a la superficie materiales que, en condiciones normales, jamás habrían sido accesibles.
Durante años, esta región fue vista como un laboratorio geológico único.
Hoy, esa narrativa ha cambiado por completo.
Análisis recientes de muestras lunares y datos orbitales han confirmado que los materiales expulsados por aquel impacto contienen altas concentraciones de torio, hierro y tierras raras, elementos esenciales para la tecnología moderna, la defensa, la energía limpia y los sistemas
nucleares avanzados.
Estos no están enterrados a kilómetros de profundidad.
Están expuestos en antiguos campos de eyección, preservados durante miles de millones de años por el frío lunar.
La cifra que circula en los análisis estratégicos es difícil de comprender: hasta un cuatrillón de dólares en valor potencial.
Y cuando los números alcanzan ese nivel, la ciencia deja paso a la geopolítica.
No es casualidad que las zonas de aterrizaje de la misión Artemis III estén ubicadas precisamente en esta región.
Oficialmente, el objetivo es científico.
Extraoficialmente, el mensaje es claro: quien llegue primero, entenderá primero… y controlará primero.
Pero el verdadero giro de esta historia no está solo en los minerales.
La misión GRAIL, que cartografió el campo gravitatorio lunar con una precisión sin precedentes, detectó enormes anomalías subterráneas lineales, estructuras que se extienden cientos de kilómetros bajo la superficie sin expresión visible en el terreno.
No son tubos de lava volcánica.
Son demasiado grandes, demasiado profundas y demasiado antiguas.

Todo apunta a que son vacíos o regiones de densidad alterada creadas por las tensiones extremas del impacto del Polo Sur–Aitken.
Y aquí aparece una revelación inquietante: estas cavidades podrían servir como refugios naturales.
La radiación es el mayor enemigo de cualquier asentamiento lunar.
Sin atmósfera ni magnetosfera, la superficie está expuesta a tormentas solares letales y a un bombardeo constante de rayos cósmicos galácticos.
Construir protección artificial es caro, complejo y energéticamente insostenible a largo plazo.
Pero bajo tierra… el problema desaparece.
Estas estructuras subterráneas ofrecerían protección casi total contra la radiación, temperaturas estables y un escudo natural frente a micrometeoritos.
No serían necesarias cúpulas futuristas ni campos magnéticos artificiales.
Solo accesos, soporte vital y presencia humana.
La infraestructura básica para una colonia lunar permanente ya existe, creada por un impacto ocurrido hace 4.000 millones de años.
El tercer elemento que convierte al polo sur lunar en el lugar más codiciado del sistema solar interior es el agua.
Las regiones en sombra permanente actúan como trampas de frío.
Allí, las temperaturas nunca superan los –200 °C, permitiendo que el hielo de agua y otros volátiles se conserven durante eones.
La misión LCROSS confirmó concentraciones de hasta un 5,6% de hielo en masa en cráteres como Cabeus.
Esto no es una curiosidad científica: es un recurso operativo.
El agua significa oxígeno respirable, hidrógeno para combustible, agricultura, soporte vital y, lo más importante, independencia de la Tierra.
Separada en oxígeno e hidrógeno líquidos, se convierte en propelente de alto rendimiento para misiones a Marte y más allá.
La Luna pasa de ser destino a convertirse en plataforma logística del espacio profundo.
Pero este paraíso estratégico tiene una pesadilla oculta: el suelo.
El regolito en regiones permanentemente sombreadas es extremadamente poroso, hasta un 70% de espacio vacío en algunos estratos.
Nunca se compacta.
Nunca se solidifica.

Aterrizar una nave pesada sobre este material sin un mapeo preciso podría provocar hundimientos catastróficos.
Una misión tripulada fallida en el polo sur no sería solo una tragedia humana, sería un desastre estratégico global.
Por eso tecnologías como el radar de penetración terrestre, que llevan misiones como VIPER y Chang’e, son ahora tan importantes como los propios astronautas.
No solo buscan agua.
Buscan dónde es seguro tocar la Luna.
Mientras tanto, la competencia internacional se acelera.
India ya ha aterrizado cerca del polo sur.
China desarrolla misiones polares con retorno de muestras y planes de presencia sostenida.
Cada avance reduce la distancia entre el liderazgo estadounidense y sus competidores.
La historia terrestre nos ha enseñado lo que ocurre cuando recursos estratégicos quedan concentrados en pocas manos.
Ahora, ese escenario se traslada al espacio.
NASA lo sabe.
Y por eso está “preparando al público”.
El discurso oficial enfatiza la cooperación, la ciencia y el beneficio para toda la humanidad.
Pero en paralelo, se construyen marcos legales, éticos y políticos para justificar la utilización de recursos in situ.
No es solo comunicación científica: es gestión del impacto social de un descubrimiento que puede generar conflicto.
Porque una vez que Artemis confirme de forma definitiva la viabilidad económica de estos depósitos, la Luna dejará de ser un símbolo romántico.
Se convertirá en territorio disputado.
El secreto de 4.000 millones de años no es solo geológico.
Es estratégico.
El impacto que creó la Cuenca Polo Sur–Aitken no solo moldeó la Luna.
Moldeó el futuro de la humanidad, dejando enterrados los recursos que podrían decidir quién lidera la próxima era espacial… y quién depende de otros para sobrevivir fuera de la Tierra.