
Pedro Sola Murillo nació en 1947, en el puerto de Veracruz, lejos del bullicio televisivo que décadas después lo adoptaría como uno de sus rostros más queridos.
Hijo de un ingeniero civil y una secretaria ejecutiva, creció bajo la influencia decisiva de su madre y, sobre todo, de su abuela materna, una mujer fuerte que moldeó su carácter y su sensibilidad desde la infancia.
Aquella niñez, marcada por la timidez y la dificultad para encajar, dejó huellas que jamás terminarían de borrarse.
Fue hasta la adolescencia cuando Pedro descubrió un refugio inesperado: el teatro.
Sobre el escenario, el joven tímido desaparecía.
Allí encontró una voz, una identidad, un hogar emocional.
Pero el sueño fue aplastado con crudeza.
Su padre fue tajante: el arte no era un camino digno.
Herido, pero obediente, Pedro eligió estudiar economía, enterrando su vocación como un secreto vergonzoso.
Durante años construyó una carrera sólida en el gobierno, trabajando en dependencias clave y llegando incluso al Palacio Nacional.
Todo parecía estable, seguro, correcto.
Pero el destino, caprichoso como siempre, lo empujó hacia la televisión casi por accidente.
Un almuerzo casual en 1995 lo llevó a conocer a Carmen Armendáriz, quien vio en él algo que ni el propio Pedro alcanzaba a reconocer.
Así nació su vínculo con Ventaneando.

Desde su primera aparición, Pedro rompió moldes.
No era escandaloso ni agresivo.
No gritaba ni atacaba.
Su encanto residía en la honestidad, en la ironía suave, en esa inteligencia tranquila que contrastaba con el caos del espectáculo.
El público lo abrazó de inmediato.
Sin embargo, detrás del éxito, la vida personal de Pedro estaba sostenida por un solo pilar: su madre, doña Eva.
Ella era su mundo entero.
Su rutina giraba alrededor de ella.
Cada noche la llamaba al salir del foro, cada decisión pasaba por su voz.
Cuando en 1998 sufrió un derrame cerebral, la vida de Pedro se detuvo.
Transformó su casa en un hospital improvisado y dedicó sus días y noches a cuidarla.
Durante años vivió para ella, mientras la veía apagarse lentamente, sin voz, sin movimiento.
Aquella experiencia lo quebró por dentro.
La depresión se instaló sin pedir permiso.
El insomnio, la ansiedad y el miedo se volvieron parte de su día a día.
Buscó ayuda médica, pero nada parecía aliviar el dolor.

Cuando su madre murió en 2001, Pedro se encontró frente a una verdad brutal: estaba completamente solo.
Esa muerte marcó el día más triste de su vida y, al mismo tiempo, el inicio de una existencia distinta, vacía y silenciosa.
Con el paso del tiempo, aprendió a reconstruirse, pero nunca volvió a ser el mismo.
La dependencia a medicamentos para dormir se volvió una constante.
Él mismo lo ha admitido sin rodeos.
Durante años, una pequeña pastilla fue su única forma de enfrentar las noches interminables.
La hipocondría se convirtió en una obsesión: análisis, estudios, consultas médicas constantes.
Pedro sabe demasiado bien lo frágil que es el cuerpo… y la mente.
A pesar de su imagen pública de hombre amable, no estuvo exento de polémicas.
Comentarios incómodos, demandas absurdas, enfrentamientos tensos con colegas.
Cada episodio dejaba claro que detrás del humor había un carácter firme, directo, incapaz de fingir.
Pedro nunca aprendió a callar lo que piensa, y eso le costó caro más de una vez.
Con el paso de los años, también llegó el miedo a la vejez.
Aunque lo disfraza con bromas, Pedro ha hablado abiertamente de la muerte.
En 2025 sorprendió a todos al revelar, en pleno Ventaneando, dónde le gustaría ser enterrado.
Entre risas nerviosas y silencios incómodos, dejó claro que la idea de desaparecer no le resulta ajena.
No hablaba solo en broma.
Hablaba desde la conciencia de alguien que sabe que el tiempo ya no juega a su favor.
En el terreno sentimental, Pedro ha sido reservado, pero no inexistente.
Desde hace años comparte su vida con una pareja mucho más joven, una relación estable, discreta, lejos de los reflectores.
Aun así, la diferencia generacional y el paso del tiempo pesan.
El amor existe, pero no borra la sensación de estar viviendo los últimos capítulos.
Hoy, Pedro Sola sigue apareciendo en televisión con la misma elegancia de siempre.
Hace reír, opina, ironiza.
Pero cuando se apagan las cámaras, regresa a un hogar silencioso, a recuerdos que no se callan y a una soledad que aprendió a tolerar, pero nunca a vencer.
Envejecer bajo los reflectores no es glamoroso.
Es una batalla diaria contra el olvido, el miedo y la nostalgia.
Pedro hizo reír a millones.
Pero ahora, casi a los 80 años, enfrenta la parte más dura del espectáculo: cuando el aplauso termina y solo queda el eco.