
Romina Power y Albano Carrisi fueron durante años la encarnación pública del amor eterno.
En los escenarios de Europa y América Latina, sus voces se entrelazaban como una promesa inquebrantable.
Cantaban a la felicidad, a la devoción, a la certeza de que el amor todo lo puede.
Para millones, no eran solo un dúo musical: eran un ideal.
Pero la historia real comenzó mucho antes del éxito.
Albano nació en 1943 en Cellino San Marco, en el sur rural de Italia, hijo de agricultores marcados por la escasez y la disciplina.
Romina, en cambio, llegó al mundo rodeada de luces y cámaras.
Era hija de Tyrone Power, leyenda de Hollywood, y de Linda Christian, actriz mexicana y primera chica Bond.
Su infancia estuvo marcada por el privilegio, pero también por una pérdida temprana: la muerte repentina de su padre cuando ella era apenas una niña.
Se conocieron durante el rodaje de la película Nel Sole.
Ella tenía 16 años, él 24.
Provenían de universos opuestos, pero la conexión fue inmediata.
Contra la resistencia de ambas familias, se enamoraron como si el mundo exterior no existiera.
Se casaron en 1970 en el pueblo natal de Albano ante una multitud desbordada.
Desde entonces, su historia personal y artística se volvió inseparable.
En los años siguientes conquistaron Europa.
Discos, películas, festivales, Sanremo, Eurovisión.
Vendieron millones de álbumes y se convirtieron en uno de los dúos más exitosos de la música popular.
Detrás del escenario, llevaban una vida relativamente sencilla, protegida por la rutina familiar y el afecto compartido.
Tuvieron cuatro hijos.
Todo parecía sólido.
Hasta que dejó de serlo.

El 6 de enero de 1994, su hija mayor, Ilenia Carrisi, desapareció en Nueva Orleans.
Tenía 23 años.
Inteligente, sensible, políglota, curiosa.
Estaba escribiendo un libro, explorando el mundo lejos del apellido que la perseguía.
La última vez que habló con sus padres fue el 1 de enero.
Después, silencio absoluto.
La desaparición desató una tormenta mediática global.
Teorías, rumores, titulares crueles.
Se habló de suicidio, de huida voluntaria, de sectas, de identidades falsas.
Nada fue probado.
No hubo cuerpo.
No hubo cierre.
Albano y Romina viajaron incansablemente siguiendo pistas que se desvanecían una tras otra.
Él describiría más tarde ese periodo como el más oscuro de su vida.
Pero mientras el mundo buscaba respuestas, ellos comenzaron a perderse el uno al otro.
Romina nunca aceptó la idea de la muerte.
Para ella, la intuición materna era más fuerte que cualquier hipótesis policial.
“Si mi hija hubiera muerto, lo habría sentido”, repite aún hoy.
Albano, con los años, empezó a inclinarse hacia la aceptación.
Esa diferencia —esperanza contra resignación— abrió una grieta irreversible.
El matrimonio se desmoronó lentamente.
Se separaron en 1999 y se divorciaron definitivamente en 2012.
El amor no sobrevivió a un duelo sin cuerpo ni verdad.

Siguieron disputas legales, reproches públicos y un distanciamiento profundo.
Romina regresó a Estados Unidos, se refugió en la pintura, la escritura y una vida lejos del foco.
Albano permaneció en Italia, reconstruyéndose entre la música, la fe y la tierra.
Durante años parecieron dos historias paralelas unidas solo por el pasado.
Hasta que, de forma inesperada, volvieron a compartir escenario.
Primero en conciertos privados, luego en Sanremo, donde cantaron juntos décadas después de su boda.
La química seguía ahí.
También las heridas.
Hoy, a los 74 años, Romina Power decide hablar sin filtros.
En sus memorias, no busca reconciliar versiones, sino dejar constancia de la suya.
Reafirma su convicción de que Ilenia sigue viva.
Denuncia el sensacionalismo, las mentiras, el juicio público.
Reconoce también un amor con límites, una relación marcada por decisiones unilaterales y silencios no resueltos.
Lejos del ruido, Romina ha construido una vida distinta.
Vive rodeada de naturaleza, animales, nietos.
Ha adoptado niños en la India, cultiva vínculos simples y encuentra alegría en lo cotidiano.
No habla de cierre.
Habla de continuidad.
De una esperanza que no se rinde.
Lo que Romina Power finalmente admite no es una revelación escandalosa, sino algo más perturbador: que algunas tragedias no se resuelven, solo se aprenden a habitar.
Y que el amor, incluso el más grande, no siempre basta para sobrevivir a la ausencia.