
La primera señal aparece cuando alguien reacciona con burla o incomodidad ante lo sagrado.
No es simple indiferencia espiritual.
Es una agitación interna que se activa cada vez que mencionas a Dios, la oración o tu crecimiento espiritual.
Cambian el tema, ridiculizan tus convicciones o te hacen sentir exagerado por tomarte la fe en serio.
La santidad los irrita porque expone lo que cargan.
Luego está el caos.
Donde esa persona va, la paz se disuelve.
Conversaciones que eran tranquilas se vuelven tensas.
Decisiones simples se llenan de confusión.
Relaciones estables empiezan a fracturarse.
No es coincidencia.
El desorden es una huella espiritual.
Dios produce paz; la confusión no viene de Él.
La tercera señal es el drenaje constante.
No importa cuánto ores, cuánto aconsejes o cuánto te entregues, nunca es suficiente.
Sales de cada interacción más cansado, más vacío, más desorientado.

Esa persona no se fortalece contigo, se alimenta de ti.
Como Dalila con Sansón, no atacan con violencia, atacan con cercanía.
Te desgastan hasta que entregas tu fuerza sin darte cuenta.
Después viene algo más sutil: el uso torcido de la Escritura.
Citan la Biblia, pero no para sanar, sino para controlar.
Usan versículos para silenciarte, culparte o justificar abusos.
No buscan verdad, buscan ventaja.
La Palabra que debería liberar se convierte en una cadena.
Ese fue el mismo método usado en el desierto contra Jesús: Escritura sin Espíritu.
Otra señal inconfundible es su incapacidad de permanecer donde la presencia de Dios se manifiesta con verdad.
Pueden tolerar religión superficial, pero huyen cuando la adoración es real, cuando la oración es profunda, cuando la santidad deja de ser discurso y se vuelve fuego.
Siempre tienen una excusa para irse.
No te están evitando a ti, están evitando a Dios en ti.
La sexta señal es una obsesión constante por frenar tu propósito.
No celebran tu crecimiento.
No apoyan tu obediencia.
Cada paso que das hacia tu llamado es cuestionado, minimizado o ridiculizado.
Parecen preocuparse, pero sus palabras siempre te empujan hacia atrás.
No atacan tu pasado, atacan tu futuro.

Luego aparece el poder que no viene de Dios.
Carisma, palabras espirituales, supuestas revelaciones.
Pero el fruto es orgullo, control y confusión.
Glorifican la experiencia, no a Cristo.
El poder verdadero produce arrepentimiento y humildad.
El poder falso produce dependencia y admiración humana.
La señal final es la más peligrosa: aparentan luz mientras viven en oscuridad.
En público son espirituales.
En privado manipulan, mienten y destruyen.
Viven una doble vida.
Cuando comienzas a notar el fruto real, te hacen sentir culpable por verlo.
Te acusan de juzgar.
Pero la Escritura es clara: el fruto nunca miente.
Estas personas no solo hieren, desvían.
No solo confunden, atan.
Y mientras más tiempo caminas con alguien que finge ser de Dios, más lejos te llevará de Él.