
Para entender la fuerza de esta confesión, hay que mirar el camino que la llevó hasta aquí.
Susana Zabaleta nació el 30 de septiembre de 1964 en Monclova, Coahuila, dentro de una familia marcada por la disciplina y el esfuerzo.
Desde joven supo que su voz no era común.
Estudió ópera en Florencia, se formó en música clásica en la Ciudad de México y desde el inicio dejó claro que su ambición no era la fama fácil, sino la excelencia.
Mientras muchos buscaban encajar, ella se movía entre ópera, teatro experimental, musicales y conciertos sin aceptar etiquetas.
En los años noventa su rostro se volvió familiar en cine y televisión, pero fue Sexo, pudor y lágrimas lo que la colocó como una figura central del cine mexicano contemporáneo.
A partir de ahí, su carrera avanzó con la misma coherencia que la define: sin suavizar su carácter para agradar.
Pero el precio de esa independencia siempre fue alto.
En foros de televisión fue señalada como “difícil”.
En entrevistas fue tachada de intensa.
Y aun así, siguió adelante.
Con discos, giras, teatro, doblaje y proyectos culturales que demostraron que su talento no dependía de la aprobación de nadie.
A los 61 años, cuando muchos esperan retiro, silencio o discreción, Susana volvió a convertirse en tema nacional.
Esta vez no por un escenario, sino por su relación con el comediante Ricardo Pérez, 29 años menor que ella.
El romance, lejos de ser recibido como una historia más, detonó burlas, titulares misóginos y una vigilancia pública despiadada.
Susana no negó el impacto.
Admitió que al principio tuvo miedo.
No por el qué dirán, sino por la diferencia de edad.
Temió lastimarlo, temió equivocarse.
Esa fue la primera verdad que reconoció: dudó.
Dudó porque entendía el peso social que caería sobre ambos.
Dudó porque sabía que el juicio sería más duro para ella que para cualquier hombre en su lugar.
Y aun así, decidió intentarlo.
Ahí llegó la confesión que muchos intuían: Susana aceptó que ya no está dispuesta a vivir desde el miedo.
Que el amor no es una estrategia, ni un espectáculo, ni una provocación.
Es una elección personal.
Y esa elección no necesita validación pública.
Las críticas no tardaron.
Desde comentarios sobre su edad hasta insinuaciones sexuales disfrazadas de humor.
Incluso otras mujeres la juzgaron con más dureza que los hombres.
El mensaje implícito era claro: una mujer de su edad debería comportarse de otra manera.
Ser discreta.
Invisible.
Agradecida.
Susana respondió sin gritar, pero con firmeza.
Admitió que le dolió.
Que la etiqueta, el meme, el morbo, afectaron su tranquilidad y la de su familia.
Por eso decidió algo radical en tiempos de sobreexposición: proteger su intimidad.
Alejarse de redes.
Cuidar lo que ama.
En entrevistas recientes, finalmente dijo lo que muchos sospechaban: no va a disculparse por ser feliz.
No va a reducir su amor para que otros se sientan cómodos.
Y no va a aceptar que su relación sea tratada como un escándalo cuando lo único que existe es respeto y bienestar mutuo.
También dejó claro algo más profundo: el problema nunca fue la edad, sino el lugar que la sociedad asigna a las mujeres maduras.
A los hombres se les celebra.
A ellas se les cuestiona.
Esa doble moral fue, quizá, el verdadero detonante de su franqueza inédita.
La polémica con colegas del medio, los comentarios sarcásticos y las insinuaciones solo confirmaron lo que Susana ya sabía desde hace años: el entorno puede ser cruel, pero el silencio no protege.
Por eso eligió hablar.
No para vengarse, sino para marcar un límite.
Incluso al recordar viejas tensiones en telenovelas, malentendidos y jerarquías injustas, Susana mostró coherencia.
Nunca negó el talento ajeno.
Nunca se presentó como víctima eterna.

Reconoció el dolor, pero también el aprendizaje.
Esa honestidad es parte de su ADN artístico y personal.
Hoy, a los 61 años, Susana Zabaleta admite algo simple y poderoso: vive para sí misma.
Ama sin permiso.
Trabaja sin pedir indulgencia.
Y ya no está dispuesta a encogerse para encajar en un molde que nunca la representó.
Su legado no es solo una carrera brillante.
Es la prueba de que la rebeldía también puede ser madura, consciente y profundamente humana.
En un mundo que exige explicaciones constantes, Susana eligió algo más difícil: la coherencia.
Y esa, quizá, es su confesión más impactante.