En las llanuras áridas del este de Colorado, donde el viento arrastra polvo y silencio, se alza la Arkansas Valley Correctional Facility, en la localidad de Ordway.
Desde fuera, es solo otra prisión más.
Desde dentro, es un mundo paralelo donde los días se repiten con una monotonía que aplasta el futuro.
Aquí viven hombres marcados por decisiones irreversibles, por errores que los definieron ante la ley y ante una sociedad que prefiere no mirarlos.
La soledad es una constante.
Las visitas se vuelven escasas, las cartas dejan de llegar y las noches se llenan de recuerdos que no conceden tregua.
Muchos crecieron en entornos donde Dios era un nombre pronunciado entre gritos o violencia.
Otros perdieron la fe cuando la vida les arrebató todo.
En prisión, hablar de redención suele sonar ingenuo, casi peligroso.
Y sin embargo, algo comenzó a cambiar.
Cada semana, en un salón austero de paredes de concreto y sillas dispuestas en semicírculo, los reclusos se reúnen voluntariamente.
No hay guardias vigilando cada gesto.
No es una orden de la administración.
Son ellos mismos quienes organizan el encuentro.
Se sientan a ver The Chosen, la serie que retrata la vida de Jesús de Nazaret desde una perspectiva profundamente humana.
No es el Cristo distante de los vitrales.

Es un Jesús que camina con los pies llenos de polvo, que se cansa, que ríe con sus amigos, que llora, que se detiene frente a los rechazados.
Para muchos de estos hombres, ver a ese Jesús fue como mirarse en un espejo inesperado.
Lo verdaderamente extraordinario no es solo que vean la serie.
Es que la iglesia dentro de la prisión está dirigida por los propios internos.
No por capellanes externos ni voluntarios ocasionales.
Son los reclusos quienes predican, quienes organizan grupos de oración, quienes salen a buscar a otros presos que están al borde del colapso emocional.
Se llaman a sí mismos “búsqueda y rescate”.
Caminan los pasillos oscuros, preguntan cómo están, ofrecen escucha y amor sin condiciones.
The Chosen se convirtió en una herramienta poderosa.
Al ver en la pantalla a un Jesús que se detiene ante un recaudador de impuestos despreciado, que mira con ternura a una mujer marcada por su pasado, muchos se reconocen en esos personajes.
Ya no son solo criminales.
Son hombres rotos, sí, pero vistos.
Después de cada episodio, nadie se levanta enseguida.
El salón se llena de conversaciones crudas.
Algunos lloran sin vergüenza.
Otros hablan de hijos que no responden sus cartas, de madres que murieron sin perdonarlos.
Un hombre confesó que, por primera vez en años, pudo orar sin sentirse un impostor.
Otro escribió una carta de disculpas a su hermano después de una década de silencio.
Las transformaciones no son espectaculares ni instantáneas.
Son lentas, reales.
Hay un recluso cuya historia resume todo.
Condenado por delitos violentos, llegó a la prisión endurecido, temido, acumulando sanciones disciplinarias.
Aceptó ver The Chosen por aburrimiento.
En el episodio donde Jesús llama a Mateo, el publicano rechazado, algo se quebró dentro de él.
Cuando Cristo lo llamó por su nombre sin exigir condiciones previas, lloró en silencio esa noche en su celda.
Hoy, ese hombre es uno de los líderes del ministerio dentro de la prisión.
Otros lo buscan cuando necesitan consejo o simplemente alguien que no los juzgue.
Su voz se suavizó.
Su mirada cambió.
Las familias también lo notan.
Esposas reciben llamadas distintas.
Padres que nunca estuvieron presentes ahora preguntan por sus hijos.
Algunas relaciones se reconstruyen.
Otras no.
Pero el reconocimiento del daño causado ya marca una diferencia profunda.
Incluso los guardias han observado cambios.
Menos violencia en ciertas áreas.
Menos reportes disciplinarios.
La prisión no se volvió un paraíso, pero algo se mueve bajo la superficie.
Una convicción interna empieza a reemplazar al miedo externo.
En uno de los encuentros, un recluso hizo la pregunta que todos temían formular: si alguien con las manos manchadas por actos imperdonables podía realmente ser elegido por Dios.
El silencio fue pesado.
Entonces, un hombre mayor, encarcelado desde hace casi dos décadas, recordó la escena en la que Jesús lava los pies de sus discípulos, incluso sabiendo que uno lo traicionaría esa misma noche.
“Si Dios hubiera esperado perfección antes de llamar”, dijo, “nadie habría sido elegido”.
Muchos lloraron.
La Arkansas Valley Correctional Facility no es un lugar de finales felices al estilo Hollywood.
Es un espacio duro, donde se paga por errores reales.
Pero dentro de esos muros, The Chosen ha encendido destellos de gracia.
Hombres que creían que su historia había terminado en su peor capítulo comienzan a descubrir que aún pueden ser vistos, llamados, elegidos.
Cada semana, cuando la pantalla se enciende y comienza un nuevo episodio, estos hombres recuerdan algo esencial: incluso detrás de las rejas, Jesús sigue encontrando a los suyos.