![Científicos abrieron cueva sellada por 5 millones de años y encontraron especies extrañas [VIDEO] -](https://invdes.com.mx/wp-content/uploads/2023/04/15-04-23-cueva.jpg)
La cueva conocida como Baishiya, ubicada en el borde noreste de la meseta tibetana, no era un sitio arqueológico cualquiera.
Para la población local, era un santuario vivo, vinculado a figuras sagradas del budismo tibetano.
Peregrinos acudían a rezar, a meditar, a encender lámparas de mantequilla y a presionar la frente contra la roca fría.
Nadie excavaba.
Nadie preguntaba.
El suelo, cubierto de polvo y siglos de pisadas, permanecía intacto.
Durante décadas, la ciencia se mantuvo al margen.
Todo cambió en los años ochenta, cuando un monje que meditaba en la cueva encontró algo que no encajaba con ninguna ofrenda ni reliquia religiosa: un fragmento pesado de hueso, una media mandíbula inferior con grandes molares aún incrustados.
El objeto terminó en un cajón de la Universidad de Lanzhou, olvidado, acumulando polvo y preguntas sin respuesta.
No parecía humano moderno.
Tampoco encajaba con los fósiles clásicos conocidos.
Esa mandíbula fue la primera grieta en el silencio.
A partir de 2010, un equipo de investigadores comenzó a estudiar la región, intentando entender cómo los humanos antiguos pudieron sobrevivir en un entorno con aire tan delgado y frío extremo.
Sin embargo, cada solicitud para excavar en la cueva fue rechazada.
Baishiya no era un yacimiento: era un santuario.
Durante años, los científicos solo pudieron trabajar en los alrededores, recogiendo fragmentos sueltos de piedra y huesos de animales cerca de la entrada.
Hasta que el suelo empezó a hablar.
Entre el polvo moderno y restos recientes, aparecieron lascas de piedra claramente moldeadas por manos humanas.
No eran rocas caídas del techo.

Eran herramientas.
Aquello demostraba que alguien había vivido allí mucho antes de que la cueva se convirtiera en un lugar sagrado.
Tras largas negociaciones, se alcanzó un acuerdo histórico: una excavación mínima, estrictamente controlada, lejos de los altares y realizada solo de noche, en pleno invierno, cuando no había peregrinos.
Así comenzó una de las misiones arqueológicas más silenciosas y extrañas jamás emprendidas.
Bajo la luz de linternas y con el hielo crujiente bajo las botas, los investigadores cruzaban un río congelado y escalaban la ladera en la oscuridad.
Dentro de la cueva, marcaron un pequeño rectángulo en el suelo, su única ventana permitida al pasado.
Centímetro a centímetro, retiraron capas de tierra con herramientas delicadas.
Cada capa era una página.
Y las páginas contaban una historia imposible.
Aparecieron más herramientas de piedra, huesos de animales partidos con precisión para extraer médula, restos de antiguos fuegos marcados por finas bandas de carbón.
El suelo reveló visitas repetidas, no un campamento aislado.
Generación tras generación había regresado allí durante decenas de miles de años.
Lo más inquietante era la antigüedad: las capas más profundas superaban los 190.
000 años.
Nadie creía que humanos hubieran vivido tan alto, tan pronto.
Cuando los materiales llegaron al laboratorio, la mandíbula olvidada volvió a cobrar protagonismo.
Una delgada capa mineral que la cubría permitió datarla mediante uranio-torio: al menos 160.
000 años de antigüedad.
Pero la pregunta crucial seguía abierta: ¿qué tipo de humano era?
No quedaba ADN utilizable, así que los científicos recurrieron a una técnica innovadora: el análisis de proteínas dentales.
El patrón resultante fue inequívoco.
La mandíbula pertenecía a los denisovanos, una rama extinta de la familia humana, primos cercanos de los neandertales y de nosotros mismos, conocidos hasta entonces casi exclusivamente por restos hallados en Siberia.
Baishiya lo cambió todo.
Por primera vez, se demostraba que los denisovanos habían vivido en la meseta tibetana, en condiciones extremas, mucho antes de lo que se creía posible.
Pero la historia no terminó ahí.
El equipo analizó el ADN antiguo conservado en los sedimentos del suelo.
Capa tras capa, aparecieron rastros genéticos denisovanos que databan de hace 100.000, 60.000 e incluso 45.000 años.

No fue una visita breve.
Fue un hogar recurrente.
Un fragmento de costilla hallado en una capa relativamente reciente confirmó lo impensable: los denisovanos seguían utilizando la cueva cuando los humanos modernos ya se estaban expandiendo por Asia.
Ese hueso se convirtió en el fósil denisovano más joven con datación segura jamás encontrado.
Pero ¿cómo sobrevivieron allí?
La respuesta conecta directamente con nosotros.
Los estudios genéticos muestran que los tibetanos actuales poseen una variante especial del gen EPAS1, que permite vivir con poco oxígeno sin que la sangre se vuelva peligrosamente espesa.
Esa variante no es moderna.
Proviene de los denisovanos.
En algún punto, humanos modernos y denisovanos se cruzaron, y ese legado genético se convirtió en la clave para habitar el techo del mundo.
Los huesos animales encontrados en la cueva revelan una vida dura pero ingeniosa: ovejas azules de montaña, yaks salvajes, ciervos, depredadores como lobos y leopardos de las nieves.
Los denisovanos cazaban, carroñeaban, rompían huesos para aprovechar hasta la última caloría.
Nada se desperdiciaba en un mundo donde el invierno dominaba.
Y en medio de esa dureza, también hubo infancia.
En otro punto de la meseta, huellas de manos y pies de niños quedaron impresas en roca formada por aguas termales hace más de 200.000 años.
No son pasos al azar.
Son gestos deliberados, casi un juego.
Es el rastro más antiguo conocido de expresión humana fija.
Niños denisovanos jugando en las alturas, dejando su marca para la eternidad.
Cuando los científicos salieron de la cueva, con bolsas de polvo y huesos aparentemente insignificantes, llevaban consigo algo mucho más grande: la prueba de que la historia humana es más antigua, más resistente y más compleja de lo que jamás imaginamos.
Bajo el hielo del Himalaya no encontraron un misterio sobrenatural.
Encontraron algo más perturbador: nuestros orígenes, respirando con dificultad en el aire fino, esperando durante 190.
000 años a ser escuchados.