Más de 80 años, una voz legendaria y una soledad que nunca sanó 😔🎶: la vida secreta de Riccardo Cocciante, el genio romántico que lo tuvo todo… menos paz

Riccardo Cocciante: l'età, le insolite origini e il successo in TV

Riccardo Cocciante nació el 20 de febrero de 1946 en Saigón, cuando la ciudad aún formaba parte de la Indochina francesa.

Desde el primer día, su identidad quedó marcada por la mezcla.

Padre italiano, madre francesa, infancia asiática.

Lenguas distintas, costumbres superpuestas, ninguna raíz firme.

Aquella condición híbrida lo acompañaría durante toda su vida como una herida invisible.

Cuando tenía once años, su familia abandonó Asia y se trasladó a Roma.

El viaje no fue solo geográfico: fue emocional.

Riccardo pasó del calor, los colores y la despreocupación de Saigón al frío físico y humano de Europa.

No hablaba italiano, era tratado como extranjero y pronto comprendió que encajar no sería sencillo.

La música apareció entonces como refugio, como única patria posible.

En Roma comenzó a cantar en clubes nocturnos con una banda llamada The Nations, interpretando canciones en inglés.

Absorbía rock, pop y sonidos internacionales, pero el éxito no llegaba.

Tras numerosos rechazos, firmó con RCA en 1968 bajo el seudónimo de Riccardo Conte.

Su primer sencillo pasó desapercibido.

El comienzo de su carrera fue tan silencioso como lo sería, años después, su retiro.

A principios de los años setenta decidió dar un giro crucial: abandonar el inglés y cantar en italiano.

Fue una decisión arriesgada, casi suicida para alguien que soñaba con trascender fronteras.

Pero Cocciante eligió la verdad emocional por encima del cálculo comercial.

En 1972 publicó Mu, un álbum ambicioso, conceptual, influenciado por el rock progresivo.

Riccardo Cocciante in Naples: “Here I feel at home, a spontaneous and  musical city”

No fue un éxito masivo, pero marcó el nacimiento de un artista distinto, incómodo y profundo.

El verdadero reconocimiento llegó cuando abrazó sin miedo su intensidad emocional.

Canciones como Bella senz’anima y, más tarde, Marguerita, lo catapultaron al éxito internacional.

Su voz desgarrada, al límite, no buscaba agradar: buscaba decir.

Y eso, paradójicamente, lo volvió universal.

Marguerita encabezó listas en Europa y América Latina, convirtiéndose en un himno eterno.

Durante los años setenta y ochenta, Riccardo Cocciante fue una figura central de la música italiana.

Colaboró con gigantes, escribió canciones que otros artistas inmortalizaron y construyó un repertorio que aún hoy sigue vigente.

Sin embargo, mientras su carrera crecía, su vida personal permanecía blindada.

La fama nunca lo sedujo del todo.

Al contrario, parecía incomodarlo.

En 1983 se casó con Catherine Boutet, una mujer francesa que se convirtió no solo en su compañera de vida, sino también en su manager y protectora.

Juntos construyeron una burbuja lejos del ruido.

En 1990 nació su hijo David, a quien Riccardo protegió ferozmente del peso de su apellido.

Nunca quiso que heredara la carga emocional del arte.

A finales de los noventa, cuando muchos esperaban que siguiera explotando su éxito comercial, Cocciante tomó otro camino.

Se volcó al teatro musical.

Notre-Dame de Paris, estrenada en 1998, se convirtió en un fenómeno mundial.

Paradójicamente, su mayor éxito global llegó cuando él ya había decidido alejarse del estrellato tradicional.

Con los años, Riccardo fue desapareciendo poco a poco del escenario.

Redujo conciertos, entrevistas y apariciones públicas.

Se instaló en Irlanda, buscando calma, anonimato y distancia.

En 2007, su nombre volvió a los medios por un caso de evasión fiscal en Francia.

Fue condenado con pena suspendida.

No habló.

No se defendió públicamente.

Se encerró aún más en el silencio.

Italian singer songwriter musician Riccardo Cocciante wearing a po- Old  Photo 1 | eBay Australia

Hoy, con más de 80 años, Riccardo Cocciante vive lejos de los focos.

Su vida no está rodeada de escándalos ni de excesos, sino de recuerdos, reflexiones y una soledad elegida… pero no siempre liviana.

Él mismo se ha definido como ingenuo, como alguien que nunca terminó de encajar.

Un híbrido.

Demasiado italiano para Francia, demasiado francés para Italia.

Nunca persiguió el éxito fácil.

Nunca escribió canciones pensando en hits.

“Tenían que gustarme a mí primero”, dijo alguna vez.

Esa fidelidad a sí mismo le costó aislamiento, incomprensión y una distancia permanente con el mundo.

Pero también le dio una obra honesta, intensa y eterna.

La tristeza de su vida no está en el fracaso, sino en la renuncia.

En haber elegido siempre el camino más solitario.

En haber cantado al amor como pocos… sin permitir que el mundo se acercara demasiado a él.

Y quizá, en ese silencio final, esté la clave de su arte.

Riccardo Cocciante no es un hombre derrotado.

Es un hombre cansado.

Uno que lo dio todo por ser fiel a su voz.

Y que hoy, cuando el ruido se apagó, vive rodeado únicamente de aquello que nunca lo traicionó: la música… y sus recuerdos.

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