El triste final de Bertinos Borne llora y se despide de su hijo. Acaba de cumplir 18 años.

Y sí, no es por exagerar, pero es alto como una antena de telefonía. 180 para ser exactos.
Vamos, que lo ves venir y pensas, “Uy, este niño ya paga impuestos. Espalda de nadador olímpico.
Flequillo que ni el mejor estilista de TikTok podría superar. Castaño. Claro. Ese tono que te hace pensar en atardecer es con filtro vintage.
Ojos verde miel. Sí, leíste bien. Verde miel. Unos ojos que te miran y te hacen firmar lo que sea sin leer la letra pequeña.
Y esa sonrisa, ay, esa sonrisa. De bandido encantador, de galán de novela, pero sin libreto.
Una sonrisa tan peligrosa como el wifi abierto en aeropuerto. ¿A quién se la debe?

Pues al papá. Ese señor también heredó y repartió genes con criterio. Y no solo la sonrisa, también le pasó el buen gusto con las damas.
Ya desde pequeño que apunta maneras, tiene ese no sé que que sí sé yo, que hace que todos le caigan bien.
Simpático, pero simpático de verdad, no de los que saludan por compromiso. Te analiza, te estudia y cuando menos lo imaginas, pum, te imita.
Y no, no es burla, lo hace con arte, con estilo, con esa gracia natural que ni se compra ni se enseña.
Se nace con eso y él vino al mundo con el kit completo. Es zalamero, cariñoso, de los que te abrazan y te dejan la camisa perfumada de ternura.
Le gusta llamar la atención. Y cómo no, si tiene presencia y carisma, le encanta ser el centro.
Si hay luces, que le apunten. Si hay público, que aplauda. Si hay cámara, que enfoque.

¿Y qué le gusta? Ah, pues lo que a cualquier joven con ganas de comerse el mundo.
El fútbol, por supuesto, el motociclismo, obvio. Los caballos, claro que sí. Y posar. Oh, sí, posar.
Ahí tenemos una herencia clara de mamá. Sale bien hasta en la foto del DNI, fotogénico como pocos y con un espíritu crítico que ya lo quisieran muchos adultos.
Sabe lo que va y lo que no. Tiene ese radar afinado que distingue entre lo cool y lo crins.
Se llama Kque y sí, también tiene parálisis cerebral. Pero espera, no pongas la música triste todavía, porque eso es solo una parte de su historia, una entre tantas.
Un detalle más en una vida que está llena de matices. Nació con ella. Los médicos, muy optimistas ellos, notes el sarcasmo, dijeron que lo más probable era que no pasara de los dos años.
Dos años. Ni siquiera le dieron tiempo para aprender a decir mamá y hay postre.

Pero ya pasaron 18 con pelos, espinillas y sueños propios. Y eso no fue por arte de magia, fue por esfuerzo, por dedicación, por amor en estado puro.
Sus padres lo dieron todo y más. Cuerpo, alma y si hubiera una tercera cosa también.
Pero en ese camino tan cuesta arriba se dieron cuenta de algo. No estaban tan acompañados como pensaban, o mejor dicho, estaban solos como hongo.
Porque cuando a una familia le pasa algo así, la sensación es de estar en medio del desierto con un mapa en chino.
Desorientados, desamparados. Sin red, sin instrucciones, sin manual de qué hacer cuando la vida te cambia el libreto.
Y ahí, en lugar de quedarse mirando al techo o gritando contra el viento, decidieron actuar.
Pusieron su granito de arena, que para ser honestos fue más bien una tonelada de compromiso y nació la fundación Bertinos Borne, así sin aspavientos, pero con un propósito claro.
Corrí el 4 de octubre de 2009. Un día como cualquier otro para el mundo, pero un antes y un después para muchas familias.
Porque la fundación no era solo una ONG más con logo bonito. Era una red, un hombro, una guía, un no estás solo dicho con el corazón.
Y ahora, 15 años después llega la hora de renovarse, porque todo necesita una manito de pintura de vez en cuando y la fundación también.
Así que, ¿qué mejor que cambiar el nombre? Actualizarlo, darle una vuelta, modernizarlo. Y ahí entra Quique, que ya no es un niño, sino un joven con voz propia y muchas ideas.
Él va a ser quien le dé nuevos aires al proyecto. Justo antes de entregar sus premios anuales, aprovechamos para charlar con la dupla imbatible, los papás de Kque, Bertín y Fabiola.
Pero atención, olvídense por un rato de que son famosos. Aquí no hablamos de alfombras rojas ni de programas de TV.
Hablamos de padres. Padres con todas las letras. Con sus alegrías y sus momentos oscuros, con frustraciones que duelen y con esperanzas que iluminan, con días en los que se sienten superhéroes y otros en los que simplemente se arrastran como todos.
Esta no es una historia para inspirar por lástima ni para hacerte llorar con violines de fondo.
Es una historia para entender que hay familias que la pelean con uñas y dientes, que siguen adelante, aunque el panorama no siempre sea color de rosa, y que aún así encuentran espacio para ayudar a otros, para compartir lo que aprendieron, para tender la mano cuando más se necesita.
Kiken no es solo un joven con parálisis cerebral, es un chico lleno de vida, con sueños, con estilo, con chispa.
Un chico que contra todo pronóstico se ha convertido en un símbolo. Y no porque lo diga la prensa, sino porque lo demuestran sus pasos, su sonrisa, su historia.
La fundación, ahora con nuevos bríos, quiere seguir haciendo ruido del bueno, del que sacude conciencias, del que abraza a quienes sienten que no tienen a quien recurrir.
Y vos, que estás leyendo esto, también podés ser parte. No hace falta que seas padre, madre o que tengas un caso cercano.
Solo hace falta tener humanidad. Un poco de empatía y las ganas de sumar, porque sí hay mucho por hacer, pero también hay muchos como Kque, llenos de talento, de energía, de amor por la vida, que solo necesitan que el mundo deje de ver su diagnóstico como una etiqueta y empiece a verlos por todo lo demás que son.
Así que celebremos los 18 de Quique, celebremos la fundación que nació de un sacudón de vida.
Celebremos a quienes no se rinden y, ¿por qué no? Celebremos también que todavía hay gente que cree en los demás.
En las segundas oportunidades, en el poder de una buena causa y en las sonrisas que lo dicen todo, aunque no digan ni una palabra.
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