Enrique Lizalde no solo fue una figura emblemática del cine y la televisión mexicana, sino también un símbolo de elegancia, misterio y magnetismo.

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Su voz profunda y su presencia imponente lo convirtieron en el galán soñado de toda una generación.

Aunque su fama era indiscutible, Enrique siempre mantuvo un férreo control sobre su vida privada, alejándose del escándalo y los reflectores innecesarios.

Sin embargo, hubo una historia que ni su discreción pudo ocultar. Su intensa y tormentosa relación con la actriz Alma Muriel.

Un amor apasionado que terminó en tragedia, marcando para siempre a ambos. En este video descubriremos los secretos detrás de esta relación devastadora.

Si te interesa conocer más, no olvides darle like, suscribirte y comentar tu opinión. Enrique Lizalde Chávez nació en abril de 1936 en la ciudad de México, específicamente en el tradicional barrio de Portales, una zona que en esa época aún conservaba un fuerte carácter rural.

Este barrio, cuyo nombre proviene de la antigua Hacienda de Nuestra Señora de la Soledad de los Portales, inició su urbanización formal en 1914.

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Aunque aún mantenía un aire provinciano durante los primeros años de vida de Enrique, por muchos años se difundió erróneamente que había nacido en enero de 1937 en Tepiic, Nayarit.

Pero en realidad su llegada al mundo ocurrió en la capital del país, donde también comenzaría a formarse como el hombre y artista que más tarde conquistaría al público.

Creció en el seno de una familia con un profundo arraigo cultural. Su padre, Juan Ignacio Lizalde, era ingeniero de profesión, pero también se destacaba como caricaturista y apasionado de la poesía.

Por el lado materno, su madre, María Luisa Chávez García, pertenecía a la respetada familia Chávez y a través de ella, Enrique era primo del renombrado cantante y compositor Óscar Chávez, lo que subraya la vena artística que corría en su sangre desde el inicio.

La infancia de Enrique fue modesta y marcada por frecuentes mudanzas dentro del país, lo cual le permitió conocer distintas regiones y cultivar un afecto profundo por su tierra natal, a la que consideraba su verdadero hogar.

Creció rodeado de seis hermanos, entre los cuales destacó su hermano mayor Eduardo Lisalde, quien se convirtió en un destacado poeta, escritor y académico.

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Desde muy pequeño, Enrique fue impulsado por su padre a acercarse a la literatura. A los 6 años ya leía Sonetos y a los 12 se sumergía en las obras de Honoré de Balsac y William Blake.

La lectura era una constante en su vida y se convirtió en una de sus mayores pasiones.

A los 18 años publicó su primer libro, La mala hora, y posteriormente escribió títulos como El zorro enfermo y El tigre en casa.

La familia Lisalde tenía un linaje significativo. El apellido tiene raíces vascas y sugiere una conexión con la naturaleza juntos al aire libre.

Del lado materno, Enrique descendía del General José Trinidad García de la Cadena, una figura crucial del liberalismo mexicano, quien participó activamente en la revolución de Ayutla, la guerra de Reforma y la intervención francesa.

Enrique siguió una educación enfocada en las humanidades. Ingresó a la Facultad de Letras, inspirado por su hermano Eduardo y también estudió ópera en el Conservatorio Nacional, donde comenzó a entrenar la voz profunda que más tarde se convertiría en uno de sus sellos distintivos.

No obstante, a pesar de su talento vocal, eligió el camino de la actuación. Inició su carrera artística en el Teatro Universitario a principios de la década de 1960.

Poco tiempo después abandonó sus estudios académicos para entregarse por completo al mundo escénico. Incluso en los momentos de mayor actividad profesional, Enrique no dejó de aprender.

Su pasión por la lectura lo llevó a construir una imponente biblioteca en su hogar y su interés por la cultura universal le otorgó una formación sólida y una perspectiva amplia sobre el arte.

Durante su juventud en portales compartió aulas con figuras que también dejarían huella en la cultura mexicana como Carlos Monsiyis.

Aunque este era dos años mayor, ambos coincidieron en un mismo ambiente intelectual. Con el tiempo, Enrique se consolidó como uno de los actores más valorados de su generación, compartiendo pantalla y prestigio con nombres como Joaquín Lamb y Germán Julián, formando un trío de galanes que marcaron el cine de los años 60 y 70.

A diferencia de otros actores de su época, Enrique nunca se identificó como un simple galán.

Se enorgullecía de su versatilidad y de no haber sido encasillado en un solo tipo de personaje.

Su presencia en más de 30 películas lo convirtió en un referente de una nueva etapa en el cine mexicano.

También participó en el teatro de vanguardia con obras de contenido crítico que le permitieron explorar distintas dimensiones de la interpretación.

En reconocimiento a su legado, el teatro de Coyoacán lleva hoy su nombre. Su ética profesional era reconocida por todos, exigente, serio, perfeccionista.

Enrique buscaba la excelencia en cada papel que interpretaba y se involucraba profundamente en cada producción en la que participaba.

Su seriedad era tal que incluso se decía que casi nunca sonreía, tanto dentro como fuera del set.

Participó en alrededor de 40 telenovelas, siempre asegurándose de que su actuación estuviera a la altura de las expectativas.

Una de las más destacadas fue Corazón Salvaje, donde interpretó al primer Juan del un pirata y contrabandista en la isla de Martinica a inicios del siglo XIX.

Esta telenovela llena de aventura y romance lo catapultó al estrellato al lado de actores como Yulisa, Enrique Álvarez Félix, Jacqueline Andere y el creador de la historia Caridad Bravo Adams.

A lo largo de su carrera trabajó con las actrices más reconocidas de su tiempo.

Hermelinda Lozano, Elena Rojo, Angélica María, Daniela Romo, Gabi Goldsmith, Nuria Bájez, Jacqueline Bracamontes y Angélica Aragón, entre muchas otras.

Uno de sus papeles más recordados fue el de padre de lucerito en Chispita, la telenovela que marcó el debut de la joven estrella.

Su última aparición en televisión fue en la telenovela Mañana es para siempre en 2009, donde compartió créditos con Silvia Navarro y Fernando Colunga.

Además de su presencia escénica, su voz era un rasgo inolvidable. De tono profundo y envolvente, su voz era descrita como tercio pelo por quienes lo escuchaban.

Grabó discos de poesía y fue aclamado como declamador excepcional, dando vida a los versos con una intensidad única.

En su vida personal, Enrique fue siempre discreto. A pesar de su naturaleza reservada, se sabe que tuvo una relación amorosa apasionada con la actriz Alma Muriel, un vínculo que terminaría en circunstancias trágicas y profundamente dolorosas.

Más tarde, encontró estabilidad emocional junto a la actriz Tita Grey, con quien formó una familia.

Juntos tuvieron cuatro hijos y ocho nietos, consolidando un hogar que se mantuvo al margen del escándalo, fiel al carácter reservado y elegante que siempre lo definió.

Además de su destacada carrera como actor, Enrique Lizalde fue un defensor firme de los derechos de los intérpretes en México, llegando a ser uno de los miembros fundadores del sindicato de actores independientes.

Su compromiso con la profesión se extendía más allá del escenario o la pantalla, involucrándose activamente en la lucha por condiciones más justas para sus colegas.

Paralelamente, su vida personal atravesó momentos intensos y dolorosos, especialmente durante su relación con la actriz Alma Muriel, una mujer de gran talento, pero también con profundas batallas internas.

Alma sufría serios problemas de personalidad y era conocida entre sus allegados por sus intensos episodios de celos que a menudo generaban conflictos en sus relaciones sentimentales.

Fue durante los inicios de su carrera artística que Alma comenzó una relación con Enrique Lisalde.

Él, ya casado, intentó mantener el vínculo lejos de los focos, cuidando su imagen pública y su vida familiar.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Alma se volvió cada vez más demandante y confrontativa, lo que deterioró la relación.

Algunos testimonios señalan que la cercanía de Enrique con Emilio Gómez Muriel, un renombrado director y productor de la época de oro del cine mexicano, también influyó en su ascenso como galán principal de la industria, hecho que no pasó desapercibido para Alma.

Una noche, luego de asistir a una pequeña reunión, Alma, bajo los efectos del alcohol, vivió una crisis emocional al enfrentarse a una situación que la alteró profundamente.

En un momento de desesperación, al parecer impulsada por la ruptura definitiva con Enrique, intentó quitarse la vida causándose una herida en el estómago.

Tras este incidente, fue internada en una reconocida clínica psiquiátrica donde recibió tratamiento médico y desintoxicación.

El episodio marcó un antes y un después en la vida emocional de Alma Muriel, revelando las grietas internas que la acompañarían a lo largo de los años.

Nacida en octubre de 1951 en la Ciudad de México, Alma Muriel del Sordo llegó al mundo apenas 3 meses después de las devastadoras inundaciones que asolaron la capital.

Creció en una familia numerosa, siendo una de cinco hermanos: Luis, José Manuel, Rodolfo y Virginia.

Desde pequeña mostraba un carácter imaginativo, sensible y lleno de curiosidad. Se entretenía creando personajes y actuando para quienes la rodeaban, usando su encanto y dulzura natural para captar la atención.

A los 7 años, acompañó a su padre a los estudios de Churubusco para visitar a su tío, el afamado cineasta Emilio Gómez Muriel.

Allí, entre cámaras y sets de filmación, Alma quedó deslumbrada. Recorrió los estudios maravillada ante la presencia de figuras como María Félix, Ignacio López Tarso y Rita Macedo, observó en silencio, fascinada cómo se grababa una escena de la estrella vacía.

Fue en ese instante cuando descubrió su vocación, aquella chispa interior que pocos reconocen con claridad.

Alma la abrazó sin temor. Su talento emergió con fuerza durante una obra escolar a los 16 años, donde sorprendió con su presencia escénica y naturalidad interpretativa.

Sin formación profesional previa, se consideraba autodidacta, confiando en su instinto y sensibilidad. Su primera gran oportunidad llegó en 1968 cuando el director Julián Soler la eligió para un pequeño papel en la película Skirl TR, compartiendo escena con Joaquín Cordero y Lorena Velázquez.

En el filme interpretó a la hija menor de una familia y aunque su participación fue breve, dejó una impresión que le abrió las puertas a nuevas oportunidades.

Ese mismo año fue seleccionada para formar parte del elenco de Porque nací mujer, una producción dramática de alto perfil protagonizada por Salma García.

Durante este periodo conoció al empresario y publicista Sergio Romo, con quien se casó tiempo después.

De esa unión nació su hijo Sergio Romo Muriel. Aunque asumió con entusiasmo su rol como madre joven, Alma no dejó de lado su carrera.

A los 19 años ya acumulaba proyectos importantes como confesiones de una adolescente en la que actuó junto a Jorge Rivero y Hilda Aguirre.

También volvió a trabajar con Joaquín Cordero en la comedia Quad y formó parte del elenco de misión cumplida protagonizada por Fernando Soler.

La década de los 70 fue especialmente significativa para Alma, tanto en lo profesional como en lo personal.

En 1972 se divorció de Sergio Romo, quedando libre justo en el momento en que alcanzaba el pico de su belleza y proyección pública.

A los 21 años no solo era una figura deseada por sus admiradores, sino también una actriz consolidada en cine y televisión.

Su presencia en programas de variedades y teleteatros era constante, donde destacaba por su intensidad dramática y mirada expresiva.

Su gran oportunidad en las telenovelas llegó gracias a Ernesto Alonso, quien la convocó para interpretar a la villana Luisa en la dama joven compartiendo créditos con Ofelia Medina.

Ese papel consolidó su imagen como una actriz versátil y marcó el inicio de una carrera televisiva que la llevaría a protagonizar más de 30 telenovelas sin abandonar por completo su trabajo en la pantalla grande.

En 1976, Alma inició una relación sentimental con el actor chileno Ricardo Cortés, quien estaba casado en ese momento con la cantante Dolores Jiménez, sobrina del icónico compositor José Alfredo Jiménez.

Dolores, reconocida en los años 60 como parte del dúo musical Elena y Lola, vivía su propia trayectoria artística.

La relación entre Alma y Ricardo derivó en el nacimiento de una hija, Lisa Cortés Muriel.

Desde temprana edad, Alma Muriel demostró una aguda sensibilidad para detectar el talento y fue precisamente ella quien reconoció el potencial artístico en la hija de Ricardo Cortés, la futura estrella del teatro musical.

Lolita Cortes. Más adelante, Alma se convertiría en abuela al iniciar una relación sentimental con Sergio Romo, hijo de Ricardo, con quien tuvo dos hijas, Marian y Dariana.

Sin embargo, la relación de Alma con Ricardo llegó a su fin en 1980, cuando ya se había consolidado como una de las villanas más reconocidas en la televisión mexicana.

Durante los años 80, Alma protagonizó varias telenovelas clásicas que cimentaron su reputación. Participó en Yara junto a Angélica María, Jaime Moreno y John Lares y en Cumbres Borras Cosas compartiendo créditos con Gonzalo Vega, Carlos Ancira y Emilia Carranza.

En 1980 trabajó también en una producción donde compartió pantalla con el cantante y actor José María Napoleón, quien interpretaba a un mecánico llamado Benito.

La química entre ambos trascendió la ficción y dio lugar a una relación sentimental. Fruto de esta unión, Alma quedó embarazada, pero la tragedia golpeó con fuerza.

El hijo que esperaban falleció. Esta pérdida devastadora la sumió en una profunda depresión. Buscando sanar sus heridas emocionales, Alma decidió trasladarse a España en 1981 para filmar la película Barcelona Sur mientras Napoleón continuaba con su exitosa carrera musical.

En medio de su dolor, encontró apoyo en el actor Alejandro Camacho, lo que comenzó como una compañía reconfortante.

Se transformó en una relación apasionada, aunque marcada por altibajos. Vivieron juntos durante aproximadamente 4 años, hasta que una infidelidad por parte de él llevó al final del romance.

Para Alma, aquello representó otra decepción amorosa, una herida más que añadir a su ya extensa lista de desengaños sentimentales.

Tras el fin de esa relación, Alma decidió concentrarse exclusivamente en su carrera y en sus hijos.

Se prometió a sí misma no volver a involucrarse sentimentalmente con figuras del medio artístico.

Las amargas experiencias amorosas la impulsaron a volcarse en el trabajo y en el calor de su familia, donde encontró consuelo y equilibrio emocional.

Su trayectoria profesional, por otro lado, no hacía más que ascender. En 1982 protagonizó la película Retrato de una mujer casada junto a Gonzalo Vega, una actuación que le valió una nominación al premio Ariel como mejor actriz.

Ese mismo año trabajó en Luna de Sangre con Humberto Zurita, consolidando aún más su lugar en la industria cinematográfica mexicana.

Al término de ese año, Alma ya había acumulado cerca de 40 participaciones en cine, demostrando una impresionante versatilidad actoral.

En 1988 fue seleccionada para formar parte de el extraño regreso de Diana Salazar, una de las telenovelas más emblemáticas de la época.

En ella interpretó a la malvada Lucrecia Treviño, un personaje que llevó el concepto de villanía a nuevos extremos.

A lo largo de esa década, Alma cerró cada proyecto con actuaciones memorables como su participación en las grandes aguas, nuevamente al lado de Gonzalo Vega.

Con la llegada de los años 90, Alma continuó consolidando su estatus como figura emblemática de la televisión.

Participó en telenovelas como Yo compro esa mujer junto a Julieta Egurrola. Dios toma mi vida con Daniela Romo y Gustavo Rojo.

El desacuerdo, la culpa con Manuel Ojeda y nunca te olvidaré. Donde compartió escena con Fernando Colunga y Edit González.

Aunque surgieron nuevas estrellas en esa década, Alma Muriel mantuvo su lugar privilegiado en el corazón del público, especialmente por sus inolvidables interpretaciones de mujeres complejas y villanas implacables.

El teatro fue otro de los espacios donde Alma brilló con intensidad. Subió a escena en 14 producciones teatrales, entre las cuales destacó crónica falsa de Juan a la loca, una interpretación que le otorgó gran reconocimiento de la crítica.

También sobresalió en el monólogo Para ti, Sorana, donde encarnó más de 20 textos de la célebre escritora novohispana como parte del taller literario ley.

Luego existo, organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Su talento sobre las tablas era tan arrollador como en la pantalla.

Una artista comprometida, intensa y siempre en búsqueda de nuevos retos. En un momento clave de su vida, Alma decidió dejar su trabajo en Magnolias de acero para buscar inspiración en otros paisajes.

Se trasladó de la Ciudad de México a Cuernavaca con la esperanza de encontrar alivio frente al caos urbano y la contaminación.

Más adelante se estableció en Playa del Carmen, Quintana Ro, con el sueño de vivir cerca del mar, en un entorno donde pudiera reconectar con su espiritualidad y dar rienda suelta a su creatividad.

Playa del Carmen se convirtió en su refugio ideal, un espacio de paz y contemplación.

Sin embargo, esa tranquilidad duró poco. Tan solo tres meses después de instalarse, su salud se deterioró repentinamente.

En enero de 2014, un domingo cualquiera, Alma sufrió un infarto en su domicilio. Su estado no pudo ser revertido y su muerte a los 62 años dejó un profundo vacío tanto en su familia como en el medio artístico.

En su despedida, parte de sus cenizas fueron esparcidas en el mar Caribe, el mismo que le había ofrecido esa breve pero anhelada paz interior.

Su legado perdura en la memoria colectiva a través de los intensos personajes que interpretó con alma, fuerza y verdad.

Durante más de 45 años, Enrique Lizalde dejó una huella profunda en el corazón de quienes lo conocieron y admiraron tanto dentro como fuera de los escenarios.

Aunque fue una persona de carácter reservado, su integridad y compromiso con sus ideales lo convirtieron en una figura respetada entre periodistas, actores y público en general.

Su trayectoria fue más que la de un actor talentoso, fue la de un hombre fiel a sus convicciones, elegante en presencia y cálido en el trato humano.

Uno de sus aportes más importantes fue su participación en la fundación del sindicato independiente de actores en 1977.

Como activista dedicado, Enrique defendió los derechos laborales de sus colegas con firmeza y coherencia.

Su presencia en lugares públicos nunca pasaba desapercibida. La gente se le acercaba con admiración, le pedía autógrafos, fotos o simplemente lo saludaba con una sonrisa.

A pesar de su expresión seria y su imagen clásica con gafas oscuras, Enrique trataba a todos con amabilidad, irradiando una elegancia sobria que lo distinguía en cualquier espacio.

Además de su pasión por la actuación, Enrique cultivaba otra faceta más íntima, la carpintería.

La evanistería no era solo un pasatiempo, sino una terapia y una forma de expresión artística.

Con dedicación fabricaba muebles hermosos que llenaban de orgullo su hogar. Esta actividad manual le daba equilibrio emocional.

En contraste con la intensidad del medio artístico, permitiéndole mantener los pies en la tierra.

En sus últimos años, Enrique enfrentó una dura batalla contra la hepatitis, la cual más tarde derivó en cáncer de hígado.

A pesar del deterioro progresivo de su salud y de los problemas de visión que comenzaron a afectarlo, se mantuvo rodeado del amor y el cuidado constante de su familia.

La música clásica, que siempre fue su gran pasión, lo acompañó hasta el final. Pasaba horas escuchándola, dejándose llevar por sus emociones y hallando en ella una forma de paz interior.

La mañana de un lunes de junio de 2013, Enrique Lizalde falleció a los 76 años mientras sonaba de fondo el rekiem de Gabriel Fogé, una obra que muchos consideran una canción de cuna para el alma.

Sus compañeros de profesión le rindieron emotivos homenajes, destacando su legado tanto artístico como humano.

Su esposa, con serenidad lo despidió recordándolo como un esposo ejemplar mientras reflexionaba sobre la riqueza que su vida había aportado a quienes lo rodeaban.

Sus hijos también compartieron el orgullo de haber crecido junto a un hombre sabio, amoroso y lleno de enseñanzas que trascendían lo profesional.

Los restos de Enrique reposan hoy en la tumba familiar del Panteón Jardín, un lugar de reposo digno para un hombre cuya vida fue vivida con pasión, elegancia y entrega.

Vivió como si cada día fuera una escena importante en su propia obra y con esa entrega convirtió su existencia en su mayor interpretación.

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