Jacobo Sabludowski fue mucho más que un periodista. Fue una voz que marcó época en México, una figura que generó admiración, críticas y, sobre todo respeto.

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Durante décadas mantuvo informada a la nación sobre los acontecimientos más relevantes, convirtiéndose en un rostro familiar en los hogares mexicanos.

Sin embargo, detrás de las cámaras, su vida personal estuvo rodeada de especulaciones, especialmente sobre su sexualidad.

Rumores sobre relaciones con hombres y mujeres circularon por años y en 1995 un artículo escandaloso lo vinculó a un presunto crimen pasional.

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La infancia y juventud de Jacobo Sabludowski estuvieron profundamente influenciadas por el entorno cambiante y contrastante de la Ciudad de México del siglo XX.

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Nació en la calle Doctor Barragán, en una época en la que esa vía no era más que un camino de tierra con casas modestas y escaso tránsito vehicular.

Uno de sus primeros recuerdos fue un suceso trágico que quedó grabado en su memoria desde muy pequeño.

El incendio del circo Veas modelo ocurrido cuando apenas tenía un año y medio. Poco después su familia se trasladó al barrio de la Merced, una zona bulliciosa y desordenada que sin embargo, ofrecía un ambiente lleno de vida, comercio, diversidad y tradición popular.

Fue allí donde Jacobo pasaría los primeros 20 años de su vida, rodeado de un mosaico de sonidos, olores y rostros que lo acompañarían en su memoria por siempre.

Durante su niñez, Jacobo se consideraba a sí mismo un niño tranquilo, introspectivo y extremadamente observador.

Desde pequeño mostró una gran curiosidad por el mundo que lo rodeaba. Y aunque su entorno era sencillo y las limitaciones económicas estaban presentes, él no experimentaba la pobreza como una falta, ya que su comunidad compartía condiciones similares.

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No fue sino hasta la adolescencia, cuando ingresó a la preparatoria y su familia se mudó al barrio de la Condesa, una zona más acomodada y de aires cosmopolitas que Jacobo tomó conciencia de las diferencias sociales.

Fue entonces cuando comprendió por primera vez lo que implicaba crecer sin ciertos privilegios. Nunca había tenido una bicicleta, algo que en ese nuevo entorno parecía casi un derecho infantil básico.

A pesar de las carencias materiales, el hogar de los Sabludowski era un espacio lleno de estímulos culturales.

Su padre, David Sabludowski, fue una figura crucial en su formación. Inmigrante polaco que había llegado a México en 1926 como exiliado, David trabajaba como vendedor ambulante de libros y su amor por la literatura marcó profundamente a sus hijos.

Aunque recorría las calles para ganarse la vida, poseía una vasta cultura literaria y un profundo respeto por el conocimiento.

Los domingos eran días especiales. David llevaba a Jacobo y a su hermano Abraham al mercado de la lagunilla, donde no compraban juguetes ni dulces, sino libros.

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En su casa circulaban obras de escritores rusos como Anton Chehov, Alexander Pushkin y Fiodor Dostoyevski, cuyas historias y reflexiones moldeaban el pensamiento del joven Jacobo.

El gusto por la lectura y el debate intelectual no eran una excepción, sino una rutina familiar.

A los 12 años, Jacobo ya había desarrollado una pasión por la literatura y cultivaba el hábito de leer periódicos y textos literarios con disciplina.

Su madre, Raquel, también desempeñó un papel activo en su educación inicial. Aunque al principio él se resistía a la idea de ir al kinder, fue ella quien lo llevó y quien se aseguró de que comenzara a integrarse al mundo escolar desde temprana edad.

Su formación académica formal inició en la Escuela Primaria República del Perú, continuó en la secundaria número uno y más adelante fue admitido en la histórica Escuela Nacional Preparatoria de Sanil de Fonso, una institución con larga tradición humanista y cuna de muchos intelectuales mexicanos.

Allí, Jacobo se enfocó en el área de humanidades, motivado por el deseo de adquirir una base cultural sólida que le permitiera comprender mejor el mundo.

En 1943, aún sin la existencia de una carrera universitaria en periodismo, tomó la decisión de inscribirse en la Facultad de Derecho.

Sin embargo, su interés nunca estuvo en ejercer como abogado, sino en buscar una formación amplia que lo ayudara a interpretar la realidad de forma estructurada y crítica.

Su entrada al mundo del periodismo no fue planificada, sino el resultado de una serie de coincidencias.

Comenzó trabajando como corrector de pruebas para el periódico El Nacional, un oficio que hoy ha desaparecido, pero que en aquel entonces requería meticulosidad, buena ortografía y agudeza visual.

Durante los fines de semana acompañaba a un vecino que trabajaba en una imprenta y fue en esas visitas que Jacobo se familiarizó con el olor de la tinta, el sonido de las rotativas y la pasión que generaba el universo de las noticias impresas.

Fue allí donde quedó cautivado por el aroma de la tinta fresca, un olor que más adelante describiría como el mejor perfume del mundo.

Paralelamente alimentaba su sueño de convertirse en locutor de radio, especialmente en XCW, la estación más influyente del momento, donde los locutores eran auténticas celebridades.

Su sueño comenzó a materializarse cuando el 3 de enero de 1945 recibió su licencia de radiodifusión.

Entusiasmado por iniciar su carrera, se acercó a Alonso Sordo Noriega, un prestigioso locutor y reportero conocido por sus coberturas de fútbol, corridas de toros y eventos patrióticos.

Sordo Noriega se convirtió en su mentor en el ámbito radiofónico. En cuanto a la escritura periodística, Jacobo tuvo otro gran referente, José Pajés Yergo, fundador de la revista Siempre, quien le enseñó los principios fundamentales del oficio.

Con el paso del tiempo, Jacobo Sabludowski reconocería que dos figuras fueron clave en su formación profesional, marcando profundamente su trayectoria como periodista.

Su vínculo con Televisa no solo fue laboral, sino también personal, forjando una relación duradera que definió gran parte de su vida.

Sin embargo, esa conexión se fracturó en el año 2000, cuando una serie de decisiones internas dentro de la cadena provocaron un cambio drástico.

En ese año, Guillermo Ortega, sucesor directo de Jacobo como conductor del noticiero 24 horas, fue reemplazado por Joaquín López Dóriga, lo que generó tensiones internas.

Abraham Sabludowski, hijo de Jacobo y colaborador cercano suyo en la televisora, decidió presentar su renuncia como gesto de inconformidad.

Aunque Jacobo evitó hacer comentarios públicos sobre las razones de su hijo, respetó su postura y con pesar decidió también cerrar su ciclo con Televisa.

Fue un momento simbólico que marcó el fin de una era en la televisión mexicana, sellando el legado de una figura que durante décadas definió el estilo y la voz de las noticias en el país.

La renuncia a Televisa representó uno de los momentos más difíciles en la vida de Jacobo.

El 30 de marzo del 2000 se reunió con Emilio Azcárraga para presentar formalmente su renuncia.

A pesar de la negativa inicial de Azcárraga, la reunión culminó con gestos afectuosos y palabras cargadas de emoción.

Jacobo conocía a Emilio desde su infancia y había sido testigo de su ascenso al frente de la empresa tras la muerte de su padre.

Al salir de la oficina en San Ángel, cerca de las 5 de la tarde, Jacobo se encontró desorientado.

Después de más de medio siglo, el lugar que había sido su casa profesional ya no le pertenecía.

La transición resultó ser extremadamente dolorosa. Durante décadas su vida había estado entrelazada con Televisa.

Su rutina diaria, sus amigos, sus secretarias e incluso su sentido de identidad estaban vinculados a la empresa.

Describió el momento como una especie de segundo nacimiento, como si hubiera salido nuevamente del vientre materno.

Aquel día no tenía un destino al cual dirigirse, ni una oficina a la que regresar.

Incluso las tarjetas de presentación que llevaba en el bolsillo seguían llevando el logotipo de Televisa.

Aunque durante años soñó con volver, nunca intentó hacerlo. Posteriormente recibió ofertas para asumir nuevos roles en otros medios, pero las rechazó todas, manteniéndose fiel a su decisión de cerrar ese ciclo.

Además de su carrera y su impacto en el periodismo, Jacobo Sabludowski también fue objeto de atención por su vida personal.

A lo largo del tiempo se le asoció con varias figuras del espectáculo, incluyendo famosas bedets del cine mexicano.

Estos vínculos, aunque rodeados de discreción y misterio, alimentaron el interés del público por conocer más sobre el lado íntimo del periodista, aunque el amor más duradero y conocido de Jacobo Sabludowski fue, sin duda, su esposa Sara Nerubai Liberman.

Los rumores sobre presuntas relaciones con algunas de las vedets más icónicas del cine mexicano han persistido a lo largo del tiempo.

A pesar del sólido núcleo familiar que construyó con Sara. Su prominencia en el ámbito periodístico y su constante presencia en los círculos del espectáculo lo convirtieron en ocasiones en protagonista de habladurías que lo vinculaban con figuras femeninas deslumbrantes y mediáticas.

Entre las más mencionadas se encuentra Gloria Cárdenas Sandoval, conocida artísticamente como Gloria. Fue una de las principales vedets del cine mexicano en las décadas de 1970 y 1980 y apareció en películas populares como Capulina contra los monjes, Burlesk y un macho en el salón de belleza.

Según los rumores, Gloriela y Sabludowski habrían coincidido durante sus respectivas épocas de mayor notoriedad, posiblemente en alguno de los muchos eventos de Tauromaquia, a los que Jacobo asistía con frecuencia como aficionado apasionado.

Aunque nunca se confirmó un vínculo amoroso entre ambos, la mera idea de una relación entre el periodista más influyente de México y una estrella del espectáculo tan glamorosa capturó la atención del público y alimentó el imaginario colectivo.

Otro nombre que a menudo se vincula con Sabludowski es el de la princesa Yamal, nacida como Isabel Camila Maero en Argentina y posteriormente nacionalizada mexicana.

Fue una figura controversial y muy presente en la escena del cine de cabaret con papeles destacados en películas como Noches de cabaret y el rey de las ficheras.

Su vida estuvo marcada tanto por la fama como por los escándalos. En particular cobró notoriedad en 1985 tras ser detenida por su presunta participación en el robo al Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México.

Debido a su relación sentimental con José Ramón Serrano, amigo de los autores intelectuales del atraco, pasó casi 3 años en prisión hasta que logró probar su inocencia.

Este dramático episodio, cubierto incluso por el propio Sabludowski en su carrera periodística, reavivó las especulaciones sobre un posible lazo personal entre ambos, aunque nuevamente sin pruebas concretas.

La tercera figura que aparece frecuentemente en los relatos no confirmados sobre la vida de Jacobo es María del Rosario Mendoza, mejor conocida como Rossy Mendoza.

Apodada, la cintura más breve del espectáculo, fue una de las vedets más prominentes del cine mexicano durante los años 70 y 80, protagonizando películas como Santo en oro negro y Juana la Cantinera.

Al igual que con las anteriores, los rumores sobre una relación con Sabludowski nunca fueron confirmados, pero bastaron para suscitar la curiosidad del público en pleno auge de su fama.

Más allá de los rumores, la historia de amor más sólida en la vida de Jacobo Sabludowski fue la que compartió con su esposa Sara Nerubay.

Antes de alcanzar la fama, Jacobo era un joven que vivía en el corazón de la Ciudad de México, donde conoció a Sara, una joven de ascendencia judía rusa e hija de un exitoso comerciante.

Su historia comenzó en las calles de Sanil de Fonso, donde ambos coincidían frecuentemente. Jacobo estudiaba derecho en la UNAM, mientras Sara cursaba la preparatoria en la misma institución.

Vivían a pocos edificios de distancia, lo que favoreció encuentros frecuentes en su vecindario y en los espacios universitarios.

A pesar de la fuerte tradición dentro del judaísmo que anima a los hombres a casarse dentro de la fe para preservar la continuidad cultural y religiosa, Jacobo no encontró barreras, ya que compartía el mismo patrimonio cultural con Sara.

Este contexto permitió que la relación se desarrollara de forma natural y profunda. Un encuentro determinante tuvo lugar en la calle Palma, donde el padre de Sara tenía una perfumería.

Allí, Jacobo vio a Sara probándose un anillo que un vendedor le ofrecía, lo que posteriormente inspiró su propuesta de matrimonio.

Compró el mismo anillo días después y formalizó la relación. El matrimonio civil se celebró el 22 de junio de 1954, cuando Jacobo tenía 26 años y Sara 20.

Juntos tuvieron tres hijos, Abraham, Diana y Jorge. A pesar de que la familia de Sara gozaba de una posición económica privilegiada, lo que llevó a ciertos sectores a especular que Jacobo se había casado por interés, los familiares y allegados siempre defendieron la autenticidad del vínculo.

Uno de los testimonios más destacados provino de Félix Cortés Camarillo, editor en jefe del noticiero 24 horas, quien afirmó que sin Sara, Sabludowski no habría sido el mismo.

Sara no solo fue su esposa, sino también su confidente, su apoyo constante y una pieza clave en su estabilidad personal y profesional.

Sin embargo, la vida personal de Jacobo no escapó del todo a la controversia. A lo largo de su carrera circularon rumores persistentes sobre su orientación sexual.

Se decía que había tenido relaciones tanto con hombres como con mujeres. Y aunque él jamás se refirió públicamente al tema, estas versiones alimentaron un halo de misterio en torno a su imagen pública, conocida por su formalidad y reserva.

Uno de los episodios más comentados ocurrió en 1995, cuando la trágica y misteriosa muerte del joven actor Gerardo Hemmer se convirtió en foco de atención.

Según algunas versiones no verificadas, Jacobo habría mantenido una relación sentimental con el actor y tras su ruptura, Hemer fue hallado muerto en circunstancias que muchos consideraron sospechosas.

A los 25 años, Gerardo Hemmer era una figura emergente en el mundo del entretenimiento mexicano.

Había ganado reconocimiento por sus actuaciones en programas como Mujer, Casos de la vida real y en la telenovela La Paloma, alcanzando uno de los momentos más prometedores de su carrera.

Sin embargo, el 4 de septiembre de 1995, su trayectoria se vio trágicamente interrumpida cuando fue encontrado muerto en su departamento.

En un principio, su fallecimiento se atribuyó a una fuga de gas con reportes iniciales que indicaban que había inhalado gas mientras dormía.

No obstante, con el paso de los días comenzaron a surgir versiones más inquietantes que apuntaban hacia un posible crimen pasional.

De acuerdo con estos informes, Hemmer habría estado involucrado en una relación sentimental con una persona identificada como Saudi, la cual habría terminado en medio de un conflicto.

Se alegaba que Hemmer había amenazado con hacer pública la relación y que incluso poseía pruebas fotográficas como respaldo.

Poco después de estas supuestas amenazas, el joven actor fue encontrado sin vida en condiciones que ciertos reportes describieron como espantosas.

Algunas versiones aseguraban que el cuerpo presentaba señales de tortura, aunque estas afirmaciones nunca fueron confirmadas oficialmente.

A pesar de la gravedad de las especulaciones, la versión oficial de una muerte por inhalación de gas nunca fue modificada y el caso fue cerrado sin mayores explicaciones, lo que alimentó aún más el misterio.

Años más tarde, el periodista Víctor Hugo Sánchez dio una entrevista en la que aseguró que Televisa había encubierto la verdadera historia tras la muerte de Hemmer.

Sánchez relató una supuesta conversación con Leopoldo Meraz, colega cercano de Jacobo Sabludowski, quien le habría confiado que Hemer fue asesinado y que existía una posible relación romántica entre él y Sabludowski.

Este supuesto vínculo no fue el único rumor que circuló en torno a la vida privada del emblemático periodista.

Se le relacionó también con otras figuras del espectáculo, entre ellas el actor costarricense Rafael Rojas y los artistas mexicanos Miguel Pizarro y Heriberto Murrieta.

En el caso de este último se decía que su carrera en el periodismo deportivo había sido significativamente impulsada por Sabludowski.

Cercanos al periodista sugirieron que podría haber sido bisexual. Una afirmación que se apoyaba en diversos testimonios sobre el apoyo que ofrecía a jóvenes actores y reporteros.

Pese a la constante circulación de rumores, Jacobo Sabludowski mantuvo siempre una postura reservada sobre su vida personal.

Nunca abordó públicamente las especulaciones sobre su orientación sexual ni sobre sus supuestas relaciones sentimentales.

Su círculo social incluía nombres conocidos como Rubén Olivares y Paco Malgesto. Y se sabía que asistía a fiestas exclusivas, aunque su imagen pública se mantenía como la de un profesional serio y conservador.

El enigma que rodea la muerte de Gerardo Hemer continúa siendo uno de los capítulos más oscuros y perturbadores que han sido asociados a su figura, manteniéndose en la memoria colectiva a través de las dudas y el morbo que despierta.

Paralelamente a estas controversias, Sabludowski enfrentaba una lucha personal aún más difícil. Su salud fue diagnosticado con melanoma maligno, una agresiva forma de cáncer de piel.

Además, padecía cáncer de próstata, aunque esta enfermedad estaba en remisión. A pesar de ello, requería chequeos médicos constantes como recomendación general para las personas de su edad.

Su diagnóstico tuvo un profundo impacto emocional, marcando un antes y un después en su vida.

Reflexionó sobre el impacto de escuchar por primera vez la palabra cáncer y el colapso mental que conlleva.

Después del shock inicial, entendió que la única salida era luchar sin descanso y que la detección temprana ofrecía mayores probabilidades de vencer la enfermedad.

En uno de sus momentos de introspección, Sabludowski trazó un paralelismo entre su situación y el inicio de la Divina Comedia de Dante Aliguieri, citando el pasaje en que el autor se encuentra a mitad del camino de la vida en un bosque oscuro.

Para Sabludowski, esa mitad de camino se materializó cuando dejó Televisa y emprendió un nuevo trayecto en su vida personal.

Consideraba que ahí comenzó la otra mitad de su existencia, marcada por la reflexión, la recuperación y la conciencia sobre su salud.

Sin embargo, su estado físico continuó deteriorándose tras haber enfrentado una deshidratación severa que requirió una semana de hospitalización en la ciudad de México, Sabludowski sufrió un derrame cerebral en la madrugada del 2 de julio de 2015.

Este evento resultó fatal. El reconocido periodista Jacobo Sabludowski falleció a los 87 años y su partida marcó el fin de una era en el periodismo mexicano.

Fue sepultado en el panteón israelita tras un servicio funerario llevado a cabo conforme a las tradiciones judías.

El entierro se realizó en medio de una intensa lluvia, lo que añadió una atmósfera aún más sombría al emotivo acto.

Al evento asistieron figuras de alto perfil como la primera dama Angélica Rivera y el entonces secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong, quienes representaron al presidente Enrique Peña Nieto.

Entre los presentes también se encontraban Juan Francisco Eali Ortiz, presidente ejecutivo de El Universal, y el exrector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, quien expresó públicamente su pesar por la pérdida.

Durante la ceremonia, Abraham Sabludowski, hijo del periodista, ofreció palabras cargadas de emoción y respeto.

Describió a su padre como un hombre de profundas convicciones éticas, altamente culto y trabajador incansable.

Recordó que Jacobo provenía de orígenes humildes, pero nunca olvidó de dónde venía ni quién era, manteniéndose siempre fiel a sus raíces, a su vecindario, a su comunidad.

Abraham compartió con la prensa que su padre solía aconsejarle que no siguiera una carrera tan demandante como la suya, pero admitía que no podía imaginar su vida sin el trabajo.

Para Jacobo, el ejercicio del periodismo no era solo una profesión, sino parte fundamental de su identidad.

Al llegar al cementerio, Abraham habló brevemente con los medios. Mencionando que su padre pensaba todos los días en el suyo y que él haría lo mismo, honrar su memoria diariamente.

Frente a amigos, colegas y familiares, recordó el enorme impacto que su padre tuvo en la forma de hacer noticieros en México.

Jacobo innovó formatos, expandió el alcance del periodismo televisivo a nivel internacional y compitió siempre con los mejores.

Según su hijo, su carrera debe ser analizada con objetividad y reconocida como la de uno de los grandes periodistas de los siglos XX y XXI.

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