Andy Russell no era solo un cantante, era un puente cultural, un galán de Hollywood que cruzaba fronteras e idiomas con un encanto natural.

En una época en la que pocos artistas latinos lograban abrirse paso en la fama masiva, él se convirtió en una sensación internacional adorado tanto en Estados Unidos como en México.
Pero detrás de los reflectores y las baladas románticas había una vida mucho más compleja de lo que el cine dejaba ver.
La fama llegó rápido, la presión también. Y cuando la época de oro comenzó a desvanecerse, también lo hizo la seguridad que parecía intocable.
¿Qué fue realmente lo que ocurrió con el hombre que cautivó a toda una generación?
¿Y cómo terminó su historia? Quédate para descubrirlo. Andy Russell nació como Andrés Rábago Pérez el 16 de septiembre de 1919.
En Boil Heights. En ese entonces, un vecindario diverso y de clase media en el este de Los Ángeles.

Fue el segundo más joven de 10 hijos de padres inmigrantes mexicanos, Rafael Rábago y Vicenta Pérez, quienes habían llegado a Estados Unidos en 1902 desde Durango y Chihuahua.
Su padre conseguía trabajo ocasional como extra en estudios de Hollywood mientras su madre se dedicaba al hogar y al cuidado de la numerosa familia.
La música llenó el mundo del joven Andrés desde el principio, aunque no siempre de la manera que podría imaginarse.
En casa se hablaba español con sus padres, mientras que el inglés dominaba las conversaciones con sus hermanos y con el mundo exterior.
Sus padres amaban la música tradicional mexicana, especialmente el mariachi, pero él, de niño, estaba mucho más fascinado por la música popular estadounidense y el sonido envolvente de la era de las grandes bandas.
Memorizaba canciones de Benny Goodman, Glenn Miller y Tommy Dorysey e idolatraba a Kuners como Ban Crosby y Dick Powell.

Para sus vecinos era el muchacho que conocía todos los éxitos y a cada director de orquesta famoso del país.
Mientras asistía a la escuela, ayudaba a sostener el hogar vendiendo periódicos en una esquina del centro de Los Ángeles.
La vida cambió abruptamente cuando ambos padres murieron cuando él aún era muy joven. Tenía solo 11 años.
Tras su fallecimiento, sus hermanos mayores asumieron la responsabilidad de mantener unida a la familia.
En 1934, con apenas 15 años y todavía en la secundaria básica, Andy Russell dio su primer paso serio hacia el mundo del espectáculo.
Comenzó a cantar con una banda local de swing dirigida por don Ramón Cruz, un grupo compuesto principalmente por músicos mexicanos y mexicoamericanos que tocaban en el este de Los Ángeles.
La música ya no era solo una pasión, estaba empezando a convertirse en su sustento.

También actuó con otros conjuntos, incluida la orquesta de Stan Kenton, construyendo una reputación como joven vocalista prometedor.
Entonces llegó la realidad. Una noche la banda le dijo que no podían pagarle solo por cantar.
Si quería quedarse, debía tocar un instrumento. La noticia lo destrozó, pero en lugar de rendirse se adaptó.
La batería parecía la opción más rápida, así que comenzó a practicar en el sótano de su casa, ensayando sin descanso con discos viejos.
Más tarde tomó clases formales por 50 centavos cada una en la Philips Music Company en Brooklyn Avenue en Boil Heights.
En poco tiempo no solo mantenía el ritmo, se convirtió en uno de los jóvenes bateristas de swing más sólidos del este de Los Ángeles.
A menudo tocaba la batería y cantaba en la misma presentación. Había otra dimensión en esta historia.
De niño había contraído polio, lo que le dejó debilidad en el brazo y la pierna izquierdos.
Cuando don Ramón Cruz se enteró, lo animó a tocar el bombo para fortalecer esos músculos.
Lo que comenzó como terapia se transformó en talento. En la escuela secundaria Roosevelt de Boil Heights, se sumergió por completo en la música.
Formó parte de la banda de marcha del ROTC, la banda de jazz y la orquesta escolar.
Tocaba en partidos, desfiles y bailes. Y bajo la guía del profesor de música Harry Group Getter, aprendió a leer partituras.
También practicó boxeo y jugó handball, desarrollando confianza y disciplina. Al mirar atrás, recordaba la secundaria como un lugar de compañerismo más que de división.
Rodeado de compañeros de diversos orígenes, sentía que pertenecía. En 1935, a los 16 años, cuando supo que el director de orquesta Gus Arnheim buscaba un baterista, tomó una decisión audaz.
Dejó la escuela antes de su último año para perseguir la oportunidad y su futuro.
Nuevo estilo de canto y cambio de nombre. A mediados de la década de 1930, la orquesta de Gusanarnheim ya era toda una institución en Los Ángeles, presentándose regularmente en el Coquanot Grove del Ambasador Hotel.
A lo largo de los años, la agrupación había contado con grandes talentos como Bean Crosby y Woody Herman.
Cuando el joven Andy Russell audicionó, no solo consiguió un puesto como baterista, también obtuvo un lugar como vocalista.
Había un inconveniente, todavía era menor de edad, no podía viajar legalmente por distintos estados por su cuenta.
Arnheim resolvió el problema de una manera poco común, se convirtió en su tutor legal, lo que le permitió salir de gira con la banda.
Arheim también vio algo más, una oportunidad. Le sugirió que cantara tanto en inglés como en español.
Al principio, la idea incomodó al joven intérprete. Sentía que su español no era lo suficientemente bueno y temía hacer el ridículo.
Pero Arnheim lo animó a aceptar aquello que lo hacía diferente. Si podía ofrecer algo que ningún otro cantante del circuito tenía, el público lo recordaría.
Russell aceptó con cierta duda y la reacción fue inmediata. En las giras, cada vez que cantaba de forma bilingüe o avanzaba para un solo de batería, las parejas dejaban de bailar y se acercaban al escenario.
Querían ver al cantante que se movía con tanta facilidad entre dos idiomas. Durante una presentación en el Pody Hotel de Memphis, Arnheim comprendió que esa novedad comenzaba a convertirse en verdadero reconocimiento.
Solo quedaba un último ajuste. Arnheim pensaba que el apellido Rábago podría resultar difícil para el público masivo.
Después de un espectáculo, le explicó con delicadeza que su apellido debía cambiar. Andy se mantendría, pero el nuevo apellido sería Russell, inspirado en el fallecido Kuner Ross Columbo.
Así, Andrés Rábago Pérez fue presentado oficialmente al mundo como Andy Russell. Russell aceptó el nombre artístico no porque quisiera ocultar sus raíces, sino porque entendía las reglas del mundo del espectáculo en aquella época.
En los años 30 y 40, muchos artistas adoptaban nombres más comerciales para evitar quedar encasillados.
No quería ser visto únicamente como una curiosidad latina. Estaba convencido de que su herencia se percibiría a través de sus interpretaciones bilingües.
Hablaba abiertamente de sus orígenes mexicanos y cantaba en español con orgullo. Con el tiempo, algunos señalaron que su tez clara y rasgos europeos también facilitaron su acceso a espacios que permanecían cerrados para otros artistas mexicoamericanos.
Músicos como Lalo Guerrero, cuya apariencia los identificaba más claramente como latinos, enfrentaron mayores barreras para alcanzar el mismo reconocimiento masivo.
En aquella época, y aún después, la imagen podía pesar tanto como el talento. Los cambios de nombre eran comunes y las razones detrás de ellos rara vez eran simples.
Durante 4 años, Russell recorrió escenarios con la orquesta de Gus Arenheim como vocalista bilingüe y baterista de Swing.
Su reputación creció de manera constante. Comenzaron a llegar ofertas de importantes directores de orquesta como Paul Whiteman, Jimmy Dorsy, Glenn Miller y Charlie Spivack.
En cierto momento, Tommy Dorsey le propuso unirse a su orquesta exclusivamente como baterista. Ya contaba con un joven cantante en ascenso llamado Frank Sinatra.
Russell rechazó la propuesta. Creía que su futuro estaba frente al micrófono, no detrás de la batería.
En lugar de ello, decidió unirse a la banda de Albino Rey y concentrarse en desarrollar su carrera vocal.
Durante esos años actuó en algunos de los escenarios más prestigiosos del sur de California.
El Coconut Grove del Ambassador Hotel, el Orpilm Theater en Broadway, el muelle de Santa Mónica y otros recintos destacados.
Presentaciones personales. A medida que sus discos ganaban popularidad, Andy Russell comenzó a llevar su espectáculo por todo el país, realizando presentaciones personales en distintas ciudades.
Su primera gran contratación fue el 28 de junio de 1945 en el RKO Boston Theater de New, Nueva Jersey.
Curiosamente, la ciudad natal de Frank Sinatra. Para un joven cantante bilingüe del este de Los Ángeles fue un paso decisivo en su ascenso.
Poco tiempo después fue invitado a presentarse en el prestigioso Paramount Theater de Nueva York.
Lo que inicialmente sería una temporada de dos semanas se extendió a cinco debido a la abrumadora respuesta del público.
Noche tras noche, el teatro se llenaba para ver al cantante que podía deslizarse sin esfuerzo del inglés al español en medio de una canción.
Los críticos destacaban como tras interpretar la versión en inglés se inclinaba hacia un coro en español con voz ronca y seductora, provocando una verdadera euforia en la audiencia, especialmente entre las jóvenes.
La emoción que rodeaba sus actuaciones confirmó lo que muchos ya intuían. Russell no era simplemente otro vocalista de Big Band.
Su estilo bilingüe le daba una ventaja distintiva en una industria saturada de Kuners. A pesar de su creciente fama en Estados Unidos, había un lugar donde anhelaba cantar, México.
Aunque abrazaba con orgullo su herencia, nunca había visitado el país donde habían nacido sus padres.
A medida que su popularidad crecía, la idea de presentarse ante el público mexicano dejó de ser solo un objetivo profesional.
Se convirtió en algo profundamente personal, el fin de la era de las grandes bandas.
A comienzos de la década de 1950, la industria musical cambió y también la fortuna de Andy Russell.
La era de las grandes bandas se desvanecía y con ella la racha constante de éxitos que había definido su carrera.
Capital Records comenzó a perder confianza en él como estrella del pop y el entusiasmo que antes rodeaba su nombre se enfrió notablemente.
Al percibir el cambio, Russell empezó a buscar nuevas oportunidades. En octubre de 1953 tomó una decisión crucial.
Viajó a la ciudad de México y debutó en el teatro lírico compartiendo escenario con figuras legendarias como Agustín Lara, Tin Tan y Toña La Negra.
Allí fue presentado como la estrella mexicana de Hollywood y el máximo exponente de la canción romántica mexicana en Estados Unidos.
Por primera vez no era visto solo como una curiosidad de cruce cultural, sino como una figura artística de peso.
El viaje marcó algo más que un giro profesional. Poco después de regresar a Estados Unidos en noviembre de 1953, Russell le confesó a su esposa de que ya no la amaba y que deseaba divorciarse.
También anunció su intención de mudarse definitivamente a la Ciudad de México. La noticia dejó atónitos a quienes los rodeaban.
Tras una breve separación, Dela inició los trámites de divorcio. Russell no se opuso. La historia pronto llegó a las columnas de chismes.
Durante años, los Russell habían sido considerados la pareja perfecta de Hollywood. Muchos fanáticos se sintieron traicionados.
Llegaron cartas en masa, algunas de apoyo, muchas llenas de reproches dentro de la comunidad hollywoodense.
E incluso desde sectores del clero católico, recibió presiones para no seguir adelante, ya que el divorcio amenazaba con convertirse en un escándalo público.
Años en México. Cuando el divorcio se oficializó en febrero de 1954, Andy Russell atravesaba uno de los momentos más difíciles de su vida.
Su dinero casi se había agotado. Su carrera en Estados Unidos estaba estancada y emocionalmente se sentía derrotado.
Un amigo cercano, Charlie Skipsy, exitoso distribuidor de licores, que más tarde sería copropietario de cadenas como Carlos and Charlie y seor Frogs, le aconsejó dejar atrás la presión y probar suerte en México.
Al principio, Russell dudó. Su dominio del español era limitado y temía que el público mexicano no lo aceptara.
Sin embargo, con poco que perder, accedió a ir, al menos de manera temporal. La duda desapareció en cuanto bajó del avión en la Ciudad de México.
Miles de admiradores lo esperaban en el aeropuerto para recibirlo. La bienvenida lo dejó sin palabras.
Skipsy organizó su estadía en el histórico hotel Regis. Donde Russell encontró apoyo entre nuevos amigos, incluida la actriz Ariadne Welter.
Poco después, el dueño del hotel le ofreció cantar en el club nocturno Capry Room, acompañado por la orquesta del legendario compositor Agustín Lara.
Las presentaciones fueron un éxito rotundo. La noticia se difundió rápidamente y Russell comenzó a actuar en los principales clubes nocturnos del país ante salas llenas.
Su resurgimiento se aceleró cuando el editor de periódico y locutor, Carlos López Rangel, transmitió una serie de entrevistas que contaban su historia casi como un drama por entregas.
La respuesta del público fue extraordinaria. La simpatía se transformó en admiración. Como él mismo recordaría más tarde, México lo recibió como a un hermano y fue entonces cuando decidió convertir la ciudad de México en su hogar.
Las oportunidades llegaron rápidamente, firmó con RCA Víctor de México y grabó Contigo en la distancia del compositor cubano César Portillo de la Luz.
La canción se convirtió en un éxito masivo, encabezando las listas durante meses y consolidando su estatus como icono romántico en toda América Latina.
Luego llegaron las ofertas de cine, siete películas en poco tiempo, junto con programas destacados de televisión y radio.
Prácticamente de la noche a la mañana, Russell pasó de ser un cantante estadounidense en dificultades a convertirse en un ídolo mexicano, conquistando al público no solo en México, sino también en Argentina, Venezuela y otros países.
Por primera vez sintió que realmente pertenecía a ambos mundos. Viviendo lo que más tarde describiría como dos vidas paralelas, una en inglés y otra en español.
A pesar de su creciente fama en México, Andy Russell llevaba consigo una inseguridad silenciosa.
Su español, aunque sincero y emotivo, no fluía como el de un mexicano de nacimiento.
A menudo lo describía como español del East Side, moldeado por las calles de Los Ángeles más que por los ritmos de la Ciudad de México.
En conversación se sentía cohibido por su acento estadounidense y en ocasiones se llamaba a sí mismo El Gringo.
Decidido a que eso no lo definiera, trabajó incansablemente para perfeccionar su idioma. Sus amigos se reunían con él antes de las filmaciones para ayudarlo a pulir su pronunciación y entonación.
Consideraba el español no como algo heredado automáticamente, sino como algo que debía dominar con disciplina.
Aunque había nacido de padres mexicanos, comprendía que crecer en Estados Unidos había creado una brecha cultural.
Quería cerrarla no solo en lo profesional, sino también en lo personal. Deseaba ser aceptado como un hermano, parte de la familia.
Ese esfuerzo dio frutos. A medida que crecía su confianza, también lo hacía su conexión con México.
Lo que había comenzado como una escapatoria temporal tras una decepción profesional en Estados Unidos se transformó en un redescubrimiento de identidad.
México dejó de ser simplemente una oportunidad. Se convirtió en su hogar. El 10 de julio de 1954 se casó con Belia Sánchez Belmón, hija del exembajador de México en los Países Bajos.
La ceremonia civil se celebró en la casa de los padres de la novia y la recepción tuvo lugar en el elegante hotel Regis.
Al año siguiente, en septiembre de 1955, nació su hijo Andy Roberto Russell Sánchez. Durante este periodo, Russell alcanzó la cima de su fama en América Latina.
Protagonizaba películas, encabezaba espectáculos en clubes nocturnos, dominaba la radio y la televisión y realizaba giras internacionales incluso en Canadá y Estados Unidos.
Para finales de 1956 ganaba alrededor de $,000 por semana. Un salto impresionante comparado con el modesto salario que había percibido como baterista adolescente.
En el apojeo de su éxito mexicano, Andy Russell realizó cinco largometrajes en México. La mayoría comedias musicales ligeras que combinaban romance, humor y canciones.
Estas producciones estaban dirigidas no solo al público mexicano, sino también a espectadores de toda América Latina e incluso España.
Para ampliar su atractivo, fue acompañado por reconocidas estrellas de distintos países, entre ellas la actriz cubana María Antonieta Pons y la actriz y cantante mexicana Evangelina Elisondo, quien compartió pantalla con él en varias ocasiones.
En estas películas, Russell interpretaba sus diálogos principalmente en español, a menudo salpicados de frases en inglés, reflejando su identidad bicultural.
En contraste, sus papeles anteriores en Hollywood habían sido completamente en inglés, aunque cantaba con frecuencia en ambos idiomas.
Al principio, los directores lo eligieron para encarnar a un mexicano criado en Estados Unidos, básicamente una versión de sí mismo.
Pero a medida que su español mejoraba, sus actuaciones se volvieron más naturales y convincentes.
En México, Andy Russell tampoco estuvo libre de críticas. Aunque el público admiraba su voz y su carisma, algunos tradicionalistas se incomodaban con la manera en que reinterpretaba canciones clásicas latinoamericanas.
Sus versiones más rápidas y con influencias de jazz de temas como perfidia y cuando vuelva a tu lado, parecían para ciertos oyentes demasiado modernas e incluso irrespetuosas con la forma original.
Russell ya había percibido esa tensión en sus presentaciones en vivo. El público mexicano y latinoamericano solía preferir que los boleros y baladas románticas se interpretaran exactamente como siempre se habían cantado, fieles a su tempo original, a su melodía y a su tono emocional.
Si él adornaba una frase o añadía un ritmo de swing, los críticos podían acusarlo de querer lucirse demasiado.
El enfoque bilingüe que lo había distinguido en Estados Unidos, no siempre despertaba el mismo entusiasmo al sur de la frontera.
De hecho, cuando cantaba en inglés ante audiencias mexicanas, la reacción podía volverse visiblemente fría.
En ocasiones se sentía encasillado, admirado, pero limitado. La misma innovación que había impulsado su carrera parecía poco bienvenida en una cultura celosa de su herencia musical.
Sin embargo, Russell también percibía que algo estaba cambiando. A comienzos de la década de 1960, músicos mexicanos más jóvenes empezaban a experimentar fusionando influencias del rock estadounidense con tradiciones locales.
Lo que antes se consideraba casi escandaloso, alterar el ritmo de un bolero o modernizar un arreglo, comenzaba poco a poco a aceptarse.
En una entrevista de 1967 señaló que la radio mexicana estaba ahora llena de sonidos estadounidenses interpretados por bandas mexicanas.
“¡México está cambiando”, observó. Años antes lo habían criticado por añadir matices de jazz a canciones tradicionales.
Ahora, una nueva generación grababa versiones rock de esos mismos clásicos. Aunque enfrentó resistencia en el momento más alto de su carrera, la disposición de Russell para cruzar fronteras musicales terminó posicionándolo como un pionero silencioso.
Su mezcla de inglés y español, de swing y bolero anticipó la fusión cultural que más tarde definiría el pop y el rock latino modernos.
Vida personal. A lo largo de su vida, Andy Russell casi nunca estuvo lejos del romance.
Su encanto y su fama atrajeron atención más allá de las fronteras y con los años fue vinculado con varias mujeres de alto perfil.
Entre ellas estuvieron la actriz Ariadna Welter a mediados de los años 50, la condesa Joaquina de Navas de Madrid en 1964, la heredera petrolera de Houston, Susan Smithford, en 1966 y la bailarina española María Rosa Marcos en 1967.
Su vida personal, al igual que su carrera, se desarrolló con tintes dramáticos. Russell se casó cinco veces.
Su primera esposa fue Evely Marie Mors. Se casaron en Los Ángeles en 1940, cuando su carrera apenas comenzaba a tomar forma.
El matrimonio terminó en divorcio en 1945, en un momento en que su vida profesional se aceleraba y lo llevaba por nuevos caminos.
Ese mismo año contra matrimonio con la cantante de clubes nocturnos de Nueva York, de la Norel, en Las Vegas.
Su boda se convirtió casi en una anécdota. Cuando el ministro le preguntó a Adela si aceptaba el matrimonio, ella estaba tan emocionada que Russell respondió en tono de broma por ella.
Más tarde celebraron una ceremonia católica para formalizar la unión. Dela no solo fue su esposa, sino también su compañera artística.
Grabaron juntos, recorrieron clubes nocturnos y protagonizaron el programa televisivo Andy and Dela Russell. Para el público parecían la pareja perfecta de Hollywood.
Esa imagen se rompió en 1954 con su divorcio, dejando a muchos fanáticos sorprendidos. Poco después de mudarse a México, Russell se casó con Belia Sánchez Belmont, hija de un exembajador mexicano.
Se unieron en matrimonio en la Ciudad de México en 1954 y al año siguiente nació su hijo.
Ese matrimonio terminó en 1961. Su cuarto matrimonio en 1967 fue con Virginia Genie Pace, conductora de un programa de entrevistas y madre de cinco hijos.
Durante esa etapa, Russell adoptó plenamente la vida familiar y se describía como un hombre dedicado a su hogar y a sus hijos y nietos.
El matrimonio duró dos décadas antes de finalizar en divorcio en 1987. Su quinta y última esposa fue Doris E.
Russell, quien permaneció a su lado hasta su muerte en 1992. Últimos años y muerte.
En 1989, Andy Russell se retiró de los reflectores y se estableció en Sun City, Arizona, donde llevó una vida más tranquila junto a su quinta esposa, Dora.
Después de décadas viajando entre países, escenarios, estudios y sets de filmación, finalmente bajó el ritmo.
Los aplausos se apagaron, pero permanecieron los recuerdos de dos carreras, una en inglés y otra en español.
En febrero de 1992 sufrió un derrame cerebral grave que lo dejó paralizado. Un segundo derrame ocurrió el 12 de abril, 4 días después, el 16 de abril de 1992, falleció en el hospital St.
Joseph en Phoenix a los 72 años. Se celebró un servicio conmemorativo público en la Iglesia Católica Santa Juliana en Fullerton, California, donde admiradores se reunieron para recordar al hombre cuya voz había cruzado fronteras con tanta naturalidad.
Fue sepultado en el Loma Vista Memorial Park en Fullerton. En su lápida quedó grabada una sola palabra, tomada de uno de sus éxitos más emblemáticos, amor.
El amor siempre lo definió. En una ocasión dijo que se enamoraba en cada lugar al que iba, convencido de que estar enamorado era la experiencia más emocionante que la vida podía ofrecer.
Ese espíritu romántico, a veces impulsivo, a veces complejo, marcó tanto su música como su vida personal.
También hablaba con frecuencia sobre el entusiasmo. Para él era la palabra más grande del mundo.
Significaba detenerse a contemplar un atardecer, decirle a su esposa que era hermosa, llevar a sus hijos a cenar y luego volver a casa para ver juntos un partido.
Detestaba la indiferencia y la apatía. Creía que la vida debía sentirse intensamente. De hecho, bromeaba diciendo que si moría antes que su esposa, quería que ella le colocara una sonrisa en el rostro antes de enterrarlo.
Al final, el hombre que vivió dos vidas culturales partió en silencio, pero dejó tras de sí un legado de música, romance y un entusiasmo inconfundible.
M.
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