Siempre hay historias que nos tocan el corazón y la de Roberto Jordán es una de esas que vale la pena contar.

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Yo personalmente no puedo evitar sentir cierta nostalgia cuando escucho sus canciones. Es como si su voz me llevara directamente a una época en la que la música tenía un toque más inocente, pero al mismo tiempo muy apasionado.

Roberto Jordán, cuyo verdadero nombre es Roberto Pérez Flores. Nació un 20 de febrero de 1943 en Los Mochis, Sinaloa.

Creció en una familia donde la cultura y el arte eran parte del día a día.

Su madre, María Teresa Flores, era una apasionada promotora de las artes, siempre empujando a sus hijos a explorar su talento.

Su padre, Roberto Pérez Alvarado, fue nada menos que un pionero de la radiodifusión en Culiacán.

En 1941 instaló la estación Cesa y hasta hoy es recordado como el verdadero precursor de la radio en Sinaloa.

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Con semejante entorno, no es de extrañar que en casa se respirara música, cultura y disciplina.

Desde pequeño, Roberto ya mostraba inclinación por el canto. No necesitaba que nadie lo empujara porque la música corría por sus venas.

Creció junto a cuatro hermanos en un ambiente en el que la educación, el deporte y la apreciación artística eran tan importantes como cualquier otra cosa.

Su carrera profesional comenzó a mediados de 1965, en una época en la que México vibraba con nuevos ritmos y voces frescas, aunque no fue un artista de decenas de éxitos.

Los pocos que tuvo quedaron grabados en la memoria de toda una generación. Y lo más impresionante es que décadas después sus canciones siguen vivas acompañándonos en reuniones familiares, en programas de radio y en esos momentos de melancolía en los que buscamos conectar con el pasado.

Contar la historia de Roberto Jordán no es solo recordar a un cantante, sino también viajar a un tiempo en el que la música tenía un encanto particular, donde cada letra parecía hablarnos al oído.

Y hoy al revisitar su vida, no puedo evitar pensar que aunque el tiempo pase, hay voces que simplemente nunca dejarán de emocionarnos.

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En la familia de Roberto Jordán, el talento y la pasión no eran exclusivos de la música.

Eran cinco hermanos en total y uno de ellos, Federico Pérez Flores, mejor conocido como El Borrego.

Hizo historia en el fútbol mexicano. A finales de los 60 principios de los 70 jugó profesionalmente con los potros de hierro del Atlante y con los Tiburones Rojos de Veracruz, convirtiéndose en el primer sinaloense en jugar en la primera división.

Incluso hace poco le rindieron un homenaje en su tierra por este logro, un reconocimiento que llena de orgullo a toda la familia.

Pero mientras Federico brillaba en las canchas, el pequeño Roberto ya dejaba claro que lo suyo era el arte en cualquier reunión familiar, sin importar si era un cumpleaños, una comida o una simple tarde de domingo, él se plantaba frente a todos con una sonrisa pícara y comenzaba a cantar.

Su favorita era la bamba. Con apenas 4 años no solo interpretaba la canción con entusiasmo, sino que hasta improvisaba un baile y al final pasaba su sombrero para recibir monedas como todo un artista de corazón.

Estudió los primeros años de primaria en el colegio Mochis y terminó en el colegio Cervantes de Culiacán.

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Luego continuó la secundaria en la Universidad de Sinaloa, donde además de estudiar descubrió su amor por el deporte, béisbol, fútbol, tenis, front tenis, lo jugaba todo.

El campo del parque Revolución fue su segundo hogar y allí también comenzó a forjarse la disciplina que más tarde aplicaría en su carrera artística.

No es casualidad que el nombre de su padre, don Roberto Pérez Alvarado, esté grabado en la placa de la mensajera de la voz.

Una escultura dedicada a los fundadores de la radio en Sinaloa. Ese legado radial marcó a Roberto desde niño entre cabinas de transmisión, micrófonos y discos de vinilo.

El joven empezó a empaparse de la magia de la música y el poder de la comunicación.

Siendo todavía un adolescente, ya conducía un programa radiofónico en la Cesa de Culiacán. Presentaba los éxitos del rock que arrasaban en ese momento y de paso se animaba a interpretarlos con su propia voz.

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Era inevitable que su talento llamara la atención. En fiestas estudiantiles y reuniones con amigos, todos sabían que Roberto se adueñaría del micrófono.

La combinación de su voz cálida, su carisma natural y una presencia escénica que conquistaba miradas comenzó a darle popularidad.

Y ese reconocimiento local pronto se convertiría en el trampolín que lo llevaría a las grandes ligas, disqueras, televisión, teatro y cine.

Así fue como el joven de los Mochis, criado entre música y deporte, empezó a trazar el camino que lo transformaría en uno de los ídolos más recordados del rock mexicano.

A los 17 años, Roberto tomó una de las decisiones más importantes de su vida, dejar su natal Sinaloa para mudarse a la Ciudad de México.

Su objetivo era doble ingresar al Instituto Tecnológico Autónomo de México y estudiar la carrera de administración de empresas y al mismo tiempo abrirse camino en el mundo artístico.

Terminó la licenciatura, pero su curiosidad por explorar nuevos caminos lo llevó a inscribirse en arquitectura en la UNAM.

Sin embargo, muy pronto se dio cuenta de que aquello no era lo que imaginaba.

Pizarrones llenos de trazos imposibles, explicaciones que sonaban en un idioma extraño y decidió dejarlo.

Paralelamente trabajaba en la radio de su padre en la capital, alternando sus estudios con clases de actuación en el Instituto Nacional de Bellas Artes.

En la estación no solo era locutor, también programaba música, recibía novedades discográficas y tenía acceso a lo mejor de la música norteamericana.

Pero un día comenzaron a llegarle discos de grupos mexicanos como los rebeldes del rock, los Tin Tops y Los Locos del ritmo.

Aquellos sonidos llenos de energía y rebeldía encendieron algo en su interior. En ese tiempo, la juventud bailaba al compás del rock and roll, mientras los adultos, a quienes en broma llamaban momias, lo miraban con recelo y lo tachaban de música del demonio.

Roberto, que ya soñaba con cantar, quiso unirse a una banda local en Culiacán, liderada por Jorge Cotti Burgueño.

Se ofreció para ser vocalista, pero recibió un no rotundo. Le dijeron que estaba desafinado.

Ese rechazo, lejos de desanimarlo, fue el empujón que necesitaba para tomarse la música en serio.

Su gran oportunidad llegó cuando entró a RCA Víctor, el sello más importante de México en ese momento.

Allí conoció a Rubén Fuentes, legendario compositor de la Viikina y figura clave en la industria, quien inmediatamente detectó el potencial de aquel joven sinalo Rubén lo puso bajo la tutela de Paco de la Barrera, el hombre detrás de los proyectos más exitosos de la compañía.

Aunque provenía de una familia muy conectada con la radio, Roberto sabía que las relaciones abrían puertas, pero el talento era lo que mantenía esas puertas abiertas y él lo tenía.

Aún así, colocar un éxito en la radio no fue fácil. Antes de alcanzar el reconocimiento, grabó varios discos que le dieron cierta fama, pero no el impacto que buscaban las disqueras.

Su primera presentación profesional fue entre 1965 y 1966 en Mérida, Yucatán. El escenario, un estadio abarrotado.

Compartía cartel con sagrario Baena y Gloria Lazo. El lugar estaba lleno, la gente expectante, y a Roberto le invadió el pánico escénico.

No podía mirar al público. Se le olvidó la letra y por un instante dudó de lo que hacía allí.

Sin embargo, sacó fuerzas, salió y cantó. Aquel miedo lo acompañó por un tiempo, pero hoy lo recuerda como una anécdota que contrasta con lo que vino después.

Estadios llenos, miles de personas coreando sus canciones y un lugar asegurado en la historia de la música en México.

Con el tiempo, Roberto comenzó a pensar seriamente en cómo quería que lo recordaran. El nombre con el que había nacido.

Roberto Pérez Flores, no tenía el brillo artístico que buscaba. Entre lecturas, recuerdos y un toque de ingenio, fue armando su nueva identidad.

Por un lado, sabía que los Mochis, su tierra natal, había sido fundada por personas de apellido Jordán.

Por otro, estaba fascinado con el personaje central de la novela Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway, Robert Jordan.

Incluso recordaba un detective de cómic llamado Julio Jordán, que había marcado su infancia. Con todas esas piezas construyó un pseudónimo que sonaba elegante, internacional y memorable, Roberto Jordán, cuando lo propuso en su compañía discográfica.

Los ejecutivos no lo dudaron. “Magnífico”, dijeron. Y así comenzó a aparecer en las portadas de sus discos.

Sus primeros pasos bajo ese nombre llegaron con temas como Ninguna como tú y buscando un lugar.

Acompañados por la banda de rock, los matemáticos. Eran tiempos de experimentación y aunque el éxito inicial fue moderado, ya se vislumbraba el ascenso.

Entre 1966 y 1970, Roberto trabajó con los signos, un grupo juvenil de rock que no solo le imprimió energía a sus grabaciones, sino que también formó parte del sonido fresco que RCA Víctor quería proyectar.

Más tarde también lo acompañaron músicos de los Dog Dogs, la orquesta de Eduardo Magallanes y otras agrupaciones que enriquecieron su repertorio.

Pero fue en 1966 cuando llegó el punto de inflexión. Amor de estudiante. La canción escrita por Enrique Rosas parecía sencilla, pero tenía un encanto que atrapaba desde la primera nota.

Al principio, Roberto dudó de su potencial. No imaginaba que aquel tema conquistaría a todo México, buena parte del sur de Estados Unidos y Centroamérica.

Sin proponérselo, había encontrado su carta de presentación, su sello personal. Ese éxito lo catapultó a un nuevo nivel.

Amor de estudiante trascendió generaciones resistiendo modas y nuevas corrientes musicales. Era una melodía que no solo se escuchaba, sino que se sentía y que aún hoy sigue viva en la memoria colectiva.

A partir de ahí, su voz se convirtió en la banda sonora de muchos romances juveniles y su figura empezó a ocupar un lugar indiscutible en la historia musical del país.

Todo comenzó. Según el mismo contaría años después en una simple reunión. Recuerdo como si fuera ayer la tarde en que todo empezó.

Enrique, un gran amigo y compositor con un talento enorme, me invitó a su casa a comer entre anécdotas y café.

Me dijo con una sonrisa pícara. Tengo una canción que acabo de escribir. Quiero que la escuches.

Tomó su guitarra y comenzó a tocarla. Apenas escuché los primeros acordes. Supe que tenía algo especial.

Está bonita, muy bonita, le dije sin imaginar que esas notas sencillas y honestas estaban a punto de marcar mi vida para siempre.

La canción se llamaba Amor de estudiante. Pasó un tiempo y, estando en la disquera, el director me pidió nuevas canciones.

De inmediato recordé aquella joya que Enrique me había mostrado. No era común que Rubén Fuentes aceptara un tema tan rápido, pero en cuanto la escuchó dijo, “Va.”

Ese va era un lujo, porque él tenía un olfato privilegiado para reconocer éxitos. Eduardo Magallanes, el arreglista, decidió vestirla con violines y un toque orquestal que le dio un brillo único.

Curiosamente, Amor de Estudiante no fue pensada como el tema principal del disco. Ni siquiera se promocionó con fuerza.

Era simplemente una más entre otras canciones. Pero la música cuando conecta encuentra su propio camino sin campañas.

Sin grandes anuncios, la gente empezó a descubrirla. Primero fue Sonora, donde comenzaron a llegar reportes de los vendedores pidiendo un sencillo solo con ese tema, porque todo el mundo lo estaba solicitando.

Luego se extendió como un incendio por todo el país hasta llegar al número uno en las listas.

La canción ya no me pertenecía, era del público. Desde entonces, en cada concierto, amor de estudiante es obligatoria.

Hubo ocasiones en las que después de terminar un show me golpeaban la puerta del camerino para decirme, “No la cantaste.”

Y ahí me tenían, volviendo al escenario, cantándola no una, sino dos veces seguidas, solo por ver la cara feliz de la gente.

Porque si algo he aprendido es que un verdadero éxito no se mide solo en ventas o en premios, sino en la forma en que se clava en la memoria y en el corazón de quienes lo escuchan.

El verano del 68 marcó un antes y un después para Roberto Jordán. Para entonces ya se había convertido en uno de los artistas más populares del país, un auténtico símbolo juvenil, sobre todo entre los universitarios que veían en él un modelo fresco, elegante y lleno de carisma.

Sus canciones sonaban en cada radio, en cada tocadisco y muchas de ellas ya se coreaban como himnos románticos.

El momento es hoy, el juego de Simón 1, 2 y tres. Detente rosa marchita y por supuesto su gran carta de presentación internacional.

Hazme una señal. Uno de sus orgullos más grandes y que pocos conocen es haber sido el primer cantante en grabarle una canción a un joven compositor que en ese momento apenas comenzaba a abrirse paso.

Alberto Aguilera Baladés, mejor conocido más tarde como Juan Gabriel. En esos días, las canciones de Juanga eran pequeñas joyas que empezaban a circular tímidamente entre los cantantes, pero Roberto vio en ellas un potencial enorme.

El resultado fue una colaboración que no solo le dio a Roberto un éxito más en su repertorio, sino que también abrió las puertas para que otros artistas se interesaran en grabar las composiciones del que después sería el divo de Juárez.

Más tarde, Roberto repetiría la fórmula grabando, “Tú serás mi Navidad junto a Estela Núñez en un dueto que hasta hoy muchos siguen recordando con cariño.

Pero no todo fueron aplausos y escenarios. La amistad entre Roberto y Juan Gabriel también estuvo rodeada de rumores.

Se dice que en señal de agradecimiento y porque sabía que Juanga pasaba por momentos económicos muy complicados.

Roberto lo invitó a vivir en su casa durante un año. Sin embargo, como suele suceder en el mundo del espectáculo, las malas lenguas no tardaron en intervenir.

Algunos aseguraban que Roberto, criado en un hogar profundamente católico y acostumbrado a ciertas normas, comenzó a incomodarse con las conductas poco convencionales de Juan Gabriel.

Fiel a su estilo directo, Roberto le habría sugerido que buscara otro lugar para vivir.

Como decía el propio Juan Gabriel, lo que se ve no se pregunta. Y así cada uno tomó su camino.

En paralelo a su carrera musical, Roberto también se aventuró en el cine. Ya instalado en la Ciudad de México y con estudios de actuación en bellas artes, recibió el visto bueno de Rubén Fuentes, su productor y director de RCA, para probar suerte en la pantalla grande.

Tras unas pruebas fotográficas, fue aceptado por el director Jesús Otomayor para su primera película.

Ese fue solo el inicio de una filmografía que sumó 21 películas filmadas en México y en el extranjero, compartiendo créditos con leyendas como Arturo de Córdoba, Marga López, Columba Domínguez, Fanicano, Fernando Luján, Jorge Labat, Angélica María, Verónica Castro y Macaria.

Y como si eso fuera poco, también dejó su huella en programas icónicos de la televisión mexicana.

El mundo está loco con Raúl Astor. Operación Jaja, con el loco Valdés y la revista musical Nescafé, entre muchos otros.

Roberto no solo cantaba, también actuaba, conducía y se ganaba el cariño del público con una naturalidad que pocos podían igualar.

En la época dorada de la televisión mexicana, Roberto Jordán fue un invitado frecuente en el mítico Siempre en domingo de Raúl Velasco.

Aquel programa que llegaba a más de 350 millones de espectadores en México, América y Europa.

Compartió escenario con las figuras más grandes del espectáculo. Vicente Fernández, Enrique Guzmán, Juan Gabriel, César Costa, Lola Beltrán, Lucía Méndez, Daniela Romo, Julio Iglesias, Rafael, Camilo Sexo, María Conchita Alonso, Amanda Miguel, Diego Verdaguer, Pimpinela, Roberto Carlos, Emanuel, Rocío Durcal.

La lista era interminable. Estar ahí significaba codearse con la élite artística y sobre todo entrar a los hogares y al corazón de millones de personas.

En 1984, su proyección llegó aún más lejos cuando se convirtió en el personaje central de un programa televisivo de Inevisión, Hoy TV Azteca, que lo llevó a cantar en escenarios tan simbólicos como La Plaza Roja de Moscú o el Observatorio de la Universidad de Estambul.

Roberto, que ya era un trotamundos de la música, aprovechó esa etapa para conquistar públicos que jamás imaginó.

También incursionó en el teatro musical compartiendo escenario con Enrique Guzmán en la obra A Buen Rock.

Se presentó en el Auditorio Nacional con la caravana del rock and roll y fue un invitado constante en escenarios de Centro y Sudamérica.

Pero incluso las estrellas más brillantes atraviesan sombras. A mediados de los 70, su carrera sufrió un duro golpe debido a problemas de alcoholismo que venía arrastrando desde tiempo atrás.

El público empezó a volcarse hacia nuevos ídolos y paradójicamente uno de ellos era Juan Gabriel, a quien Roberto había dado sus primeras oportunidades como compositor.

Los rumores de viejas tensiones entre ambos volvían a resonar. Pero más allá de las habladurías, Roberto buscó ayuda, recibió terapia y poco a poco volvió a los escenarios decidido a recuperar su lugar.

Su trayectoria está llena de anécdotas curiosas, como aquella vez en un concierto en Chicago, cuando el empresario que lo contrató se le acercó a un conmovido y le dijo, “En mi vida solo he visto a dos artistas que tienen ese click mágico con el público, tú y Frank Sinatra.

Ese tipo de reconocimientos, más que los premios, son los que dejan huella en el alma de un artista.

Incluso en tiempos recientes, Roberto Jordán ha demostrado que sigue siendo un verdadero referente de la música popular mexicana, un artista cuya presencia en el escenario continúa generando admiración y respeto entre el público y sus colegas.

El 9 de mayo de 2023 fue una fecha emblemática. Cuando participó como invitado especial en el concierto titulado Enrique Guzmán y los fundadores del rock and roll, un evento que reunió a leyendas históricas del género como Los hermanos Carrión, Los Locos del Ritmo, Los Huligans, Los Rebeldes del Rock, los Rocking Devils y la Baby Battis.

La noche prometía hacer una celebración de la música que marcó toda una generación y no defraudó a nadie.

Sin embargo, también se vio marcada por un episodio que captó la atención de la prensa.

Según el periodista Gustavo Adolfo Infante, Enrique Guzmán se presentó en un estado considerado inconveniente y reaccionó con molestia cuando percibió que el público aplaudía con mayor entusiasmo a Roberto que a él.

Lo que esto nos dice no es únicamente que la competencia artística puede generar tensiones, sino que la ovación para Roberto Jordán fue ensordecedora y sincera.

Un testimonio claro de que su carisma, su estilo único y su conexión con el público siguen tan vigentes como en los años dorados de su carrera.

Esa noche, más allá de cualquier polémica, quedó patente que Roberto Jordán no es simplemente un artista del pasado, es un referente que continúa imponiendo respeto y generando emoción con cada interpretación.

Roberto siempre ha sido fiel a sus raíces y esa fidelidad se refleja en la manera en que mantiene un vínculo constante con su tierra natal, Sinaloa.

Allí, lejos del bullicio de los grandes escenarios y de las luces de la fama, se permite convivir con amigos de toda la vida, recordar anécdotas y mantener viva la memoria de los lugares y momentos que lo formaron.

Cada visita a Sinaloa se convierte en un reencuentro con su pasado, pero también en una reafirmación de su identidad y de la importancia de no olvidar los valores que lo hicieron llegar tan lejos.

Durante sus presentaciones es habitual que interprete el sinaloense, un himno que no solo rinde homenaje a su tierra, sino que transmite cariño, orgullo y un sentido de pertenencia que los asistentes sienten en cada nota.

Sus palabras dedicadas a las bellezas de Sinaloa y al afecto de su gente son siempre recibidas con aplausos y vítores y se convierten en un recordatorio de que la música no es solo entretenimiento, es también un puente que une al artista con su comunidad.

Con su historia y con quienes lo admiran incondicionalmente. La agenda artística de Roberto sigue siendo tan activa como siempre.

Sus conciertos no se limitan a México, sino que incluyen presentaciones en España y Argentina, lo que demuestra que su talento y su legado trascienden fronteras y generaciones.

Entre sus interpretaciones más esperadas se encuentra Dame una señal, la versión en español del clásico Gimmy Little Sign Brenton Wood.

Cada vez que suena esta canción, el público se entrega por completo. Canta, baila y se emociona como si el tiempo no hubiera pasado.

Es esa capacidad de generar entusiasmo y complicidad con el público lo que diferencia a los grandes artistas de los meramente populares.

La conexión de Roberto con su audiencia va más allá de la música. Es una experiencia compartida que revive emociones, recuerdos y sueños.

La historia de Roberto Jordán es, en muchos sentidos, la historia de un hombre que alcanzó la cima de la fama, que atravesó tormentas personales y profesionales y que supo, con determinación y perseverancia volver a brillar en un mundo tan efímero y competitivo como el de la música.

Esa resiliencia y capacidad de reinventarse son méritos que pocos pueden presumir. No se trata únicamente de los logros pasados, sino de la manera en que Roberto ha sabido mantener su vigencia, adaptarse a los cambios y, al mismo tiempo, conservar la esencia que lo hizo único.

Su carrera es un testimonio de que la autenticidad y el talento perduran más allá de modas pasajeras y de las inevitables dificultades que surgen en el camino de cualquier artista.

Roberto Jordán es un modelo de perseverancia y entrega en la música. Su capacidad para conectar con diversos públicos.

Mantener vivas las tradiciones y emocionar demuestra su legado, que sigue creciendo a través de actuaciones memorables y un vínculo inquebrantable con su público.

C.