Leopoldo Sánchez La Bastida nació el 30 de enero de 1946 en la Ciudad de México.
Desde niño mostró una sensibilidad especial para la música.
No solo cantaba: transmitía emoción.
Su voz era suave, melancólica, pero capaz de quebrar el corazón con una sola nota.
A diferencia de muchos jóvenes de su generación, Polo no improvisaba su talento.
Ensayaba, componía, aprendía guitarra y se obsesionaba con perfeccionar su estilo.
A los 16 años, el destino lo cruzó con Los Apson, una banda originaria de Agua Prieta, Sonora, que comenzaba a abrirse paso en el naciente rock mexicano.
Polo se integró al grupo tras pedir permiso a su padre, un gesto que revelaba su carácter respetuoso.
Dentro de la banda, se convirtió rápidamente en la voz de las baladas.
Mientras otros cantaban al ritmo frenético del rock, Polo cantaba al amor, al desamor y a la nostalgia.
Entre 1963 y 1964, Los Apson explotaron en popularidad.
Canciones como A veces lloro solo, Sueño de quinceañera, Anoche me enamoré y Sueña, dulce nena sonaban sin descanso.
Polo se volvió un ídolo juvenil.
Pero el éxito también trajo tensiones.
Las diferencias creativas entre Polo y Franky Gámez se hicieron evidentes.
Uno quería intensidad, el otro emoción.
Finalmente, Polo decidió seguir su propio camino.
Tras una breve etapa con el grupo Polaris, Polo se lanzó como solista.
Fue entonces cuando su voz alcanzó su máximo esplendor.
En 1966 grabó El Último Beso, versión en español de Last Kiss.
La canción se convirtió en un fenómeno nacional.
Sonaba en radios, rocolas, salones de baile y hogares.
Fue nombrada canción del año y quedó grabada para siempre en la memoria colectiva.
El éxito fue abrumador.
Polo llenó el Teatro Lírico durante un mes completo, algo reservado solo para los grandes.
Grabó seis discos en menos de tres años, colaboró con Vianei Valdés y se convirtió en una figura central del rock romántico mexicano.
Pero como muchas estrellas jóvenes, enfrentó el desgaste emocional de la fama, las giras interminables y la presión por mantenerse vigente.
A principios de los años 70, cuando muchos artistas de su generación desaparecían, Polo se reinventó.
Se unió a La Tribu y demostró que su voz seguía intacta.
En 1974 participó en el concierto Los Grandes Años del Rock, compartiendo escenario con leyendas.
Esa noche fue presentado como el nuevo vocalista de Los Rebeldes del Rock, elegido para sustituir a Johnny Laboriel.
Era su gran regreso.
Pero nunca ocurrió.
El 27 de julio de 1974, en Mérida, Yucatán, Polo se hospedaba en un hotel mientras realizaba una gira.
Se sentía cansado, indispuesto.
Sus compañeros lo dejaron descansar.
Horas después, en la madrugada, fue encontrado muerto en la piscina del hotel.
Tenía solo 28 años.

La versión oficial habló de un accidente: un calambre, un descuido, un ahogamiento silencioso.
Pero pronto surgieron rumores.
Algunos dijeron que no sabía nadar.
Otros, que estaba bajo los efectos de sustancias.
En el funeral, su esposa Blanca rompió en llanto y gritó una frase que congeló la sala: “Me lo quitaron”.
Nadie investigó más.
El caso se cerró.
El misterio quedó flotando.
La ironía fue imposible de ignorar.
Polo había cantado durante años una canción sobre la muerte repentina de un amor joven.
El Último Beso hablaba de despedidas, de promesas rotas, de un futuro que nunca llega.
Y al final, su propia vida pareció reflejar esa letra.
Décadas después, su voz sigue viva.
El Último Beso continúa sonando, atravesando generaciones.
Polo Sánchez se fue joven, en silencio, pero dejó algo que el tiempo no pudo ahogar: una canción eterna y un misterio que aún duele.