
La muerte de Jesús no fue el final de su obra, fue el inicio de su fase más profunda y menos comprendida.
Para los discípulos, el viernes significó derrota, vergüenza y desesperación.
El Mesías que esperaban liberar a Israel murió como un criminal romano.
El sábado fue aún peor: silencio absoluto.
Dios no habló.
No hubo milagros.
No hubo señales.
Solo ausencia.
Pero ese silencio no significaba inactividad.
Significaba que algo colosal estaba ocurriendo fuera de la vista humana.
Muchos se han burlado del relato bíblico afirmando que Jesús no pudo haber estado tres días muerto, ya que del viernes al domingo no hay 72 horas completas.
Sin embargo, esta objeción ignora por completo el contexto cultural judío.
En la mentalidad hebrea del siglo I, cualquier parte de un día contaba como un día completo.
Este método, conocido como conteo inclusivo, aparece repetidamente en las Escrituras.
Jesús murió el viernes antes del anochecer: día uno.
Permaneció en el sepulcro todo el sábado: día dos.
Resucitó al amanecer del domingo: día tres.
La afirmación de Jesús no fue errónea.
Fue precisa.

Pero reducir estos tres días a una explicación cultural es quedarse en la superficie.
La razón real es mucho más profunda.
Desde el Génesis, Dios estableció un patrón profético inconfundible: el tercer día es el día de la vida que emerge después de la muerte.
En el tercer día de la creación, la tierra seca emerge del caos y brota la vida.
En el tercer día del viaje de Abraham, Isaac es “devuelto” simbólicamente de la muerte.
En el tercer día, Dios desciende sobre el monte Sinaí para revelar su pacto.
Y el profeta Oseas, siglos antes de Cristo, declaró que al tercer día Dios levantaría a su pueblo para que viviera delante de Él.
Jesús no inventó esta idea.
Él se insertó en ese patrón eterno.
Por eso comparó su muerte con la experiencia de Jonás en el vientre del gran pez.
Tres días no eran un número arbitrario.
Eran la firma divina de la resurrección.
Sin embargo, lo más perturbador ocurrió lejos de la tumba.
Mientras el cuerpo de Jesús descansaba envuelto en lienzos, su espíritu descendía al reino de los muertos.
La Biblia enseña que Cristo murió en la carne, pero fue vivificado en espíritu.
En ese estado, descendió al Hades, al Sheol, no para sufrir, sino para proclamar victoria.
Allí anunció a los espíritus encarcelados que su rebelión había sido derrotada y que la autoridad del pecado y la muerte había llegado a su fin.
Antes de la cruz, incluso los justos del Antiguo Testamento no podían acceder plenamente a la presencia de Dios.
Esperaban en un lugar de reposo, conocido como el seno de Abraham.
La sangre de animales no podía abrir el cielo.
Pero cuando Jesús murió, la deuda fue pagada completamente.
En esos tres días, Cristo proclamó libertad, tomó cautiva la cautividad y abrió las puertas eternas.
Por eso pudo prometer al ladrón arrepentido que ese mismo día estaría con Él en el paraíso.
Los tres días también fueron necesarios para humillar públicamente a las fuerzas espirituales rebeldes.
Colosenses afirma que Jesús despojó a los principados y potestades, exhibiéndolos públicamente.
La cruz no fue una derrota.
Fue una trampa.
Satanás creyó haber vencido, pero al matar al único ser sin pecado, firmó su propia condena.
La muerte no tenía derecho legal sobre Jesús, y por eso no pudo retenerlo.
Existe además una razón histórica y humana profundamente significativa.
En la tradición judía se creía que el alma permanecía cerca del cuerpo durante tres días.
Después de ese tiempo, la muerte era irreversible.
Por eso Marta protestó cuando Jesús quiso resucitar a Lázaro al cuarto día.
Tres días eliminaban cualquier duda.
Jesús no se desmayó.
No sobrevivió milagrosamente.
Murió de verdad.

Y precisamente por eso, su resurrección fue innegable.
Dios permitió que los discípulos tocaran el fondo del dolor para que la resurrección los transformara por completo.
Pasaron del miedo paralizante a una valentía capaz de enfrentar la muerte.
Nadie muere por una mentira que sabe que es mentira.
Ellos predicaron hasta el final porque habían visto al Resucitado.
Pero esta verdad no pertenece solo al pasado.
El patrón de los tres días sigue activo.
Viernes representa la pérdida, el duelo, el colapso de lo que amabas.
Sábado representa el silencio de Dios, cuando parece que nada ocurre.
Domingo representa la intervención divina que nadie puede detener.
Muchas personas abandonan la fe el sábado, sin darse cuenta de que la resurrección está a horas de distancia.
Jesús permaneció muerto tres días para demostrar que no existe oscuridad donde Dios no esté obrando.
Para enseñarte que el silencio no es abandono.
Y para garantizarte que, así como Él venció a la muerte, tú también puedes pasar de la muerte espiritual a una vida nueva.
Porque el tercer día siempre llega.