
La Vía Láctea contiene entre 100.000 y 400.000 millones de estrellas.
Muchas de ellas poseen planetas.
Desde que los telescopios comenzaron a descubrir exoplanetas, hemos confirmado miles.
Y las estimaciones sugieren que solo en nuestra galaxia podría haber miles de millones de mundos potencialmente habitables.
Las matemáticas parecen optimistas.
La intuición también.
Entonces, ¿por qué no vemos megastructuras alienígenas? ¿Por qué no detectamos señales inequívocas? ¿Por qué el cielo está en silencio?
Aquí nace la paradoja de Fermi.
Existen dos grandes posibilidades.
La primera: las civilizaciones avanzadas simplemente no existen.
La segunda: sí existen, pero por alguna razón no las vemos.
Si una civilización hubiera surgido hace millones de años —una fracción mínima comparada con los 13.
800 millones de años del universo— y hubiera desarrollado viajes interestelares incluso al 10% de la velocidad de la luz, podría haber colonizado toda la galaxia en apenas un millón de años.
En términos cósmicos, eso es un parpadeo.
Sin embargo, no hay evidencia clara de colonización.
Aquí aparece el concepto del Gran Filtro.
Una barrera evolutiva casi imposible de superar.
Podría estar al inicio —tal vez la vida es extremadamente rara— o en el camino hacia la inteligencia tecnológica.
O peor aún: podría estar delante de nosotros.
La historia de la Tierra muestra lo improbable que fue cada paso.
La vida surgió hace más de 3.500 millones de años.
La fotosíntesis oxigénica tardó miles de millones de años en transformar la atmósfera.
Las células complejas aparecieron mucho después.
Los organismos multicelulares, aún más tarde.
Y la inteligencia tecnológica… apenas lleva unos siglos.

Si cualquiera de esos pasos hubiera fallado o llegado demasiado tarde, la Tierra sería hoy un Venus abrasador o un Marte congelado.
Tal vez la vida compleja es el verdadero milagro.
Pero existe otra posibilidad inquietante: que las civilizaciones sí surjan, pero se autodestruyan antes de expandirse.
Armas nucleares.
Inteligencia artificial fuera de control.
Colapso climático.
Biotecnología mal utilizada.
El progreso tecnológico podría ser una ventaja… o un suicidio acelerado.
Y luego está la hipótesis más perturbadora: el universo podría ser peligroso.
Imagina una galaxia donde revelar tu posición es mortal.
Donde civilizaciones avanzadas actúan bajo una lógica de supervivencia extrema.
El primero que detecta al otro dispara primero.
Proyectiles relativistas, asteroides acelerados, armas capaces de borrar planetas antes de que la víctima pueda reaccionar.
En ese escenario, el silencio no es ignorancia.
Es estrategia.
Algunos teóricos proponen el “bosque oscuro”: cada civilización es un cazador escondido entre los árboles cósmicos, temeroso de encender una luz.
Nosotros, mientras tanto, llevamos un siglo transmitiendo señales de radio al espacio.
Pero también existe una hipótesis opuesta, casi poética: la hipótesis del zoológico.
Propuesta en los años 70, sugiere que una supercivilización podría estar observándonos sin interferir, como científicos estudiando una reserva natural.
Una “Primera Directriz” cósmica.
Tal vez somos una especie en incubación.
Tal vez no hemos alcanzado el nivel necesario para el contacto.
Y quizás, más inquietante aún, ni siquiera podríamos comprender a esas inteligencias si existieran.
Nuestra mente evolucionó para sobrevivir en sabanas africanas, no para entender entidades basadas en plasma, materia exótica o conciencias distribuidas en redes estelares.
La vida misma es un misterio.
Sabemos que en la Tierra se basa en carbono, agua líquida y electricidad bioquímica.
Cada célula funciona gracias a un gradiente eléctrico diminuto: protones cruzando membranas, generando energía.
Este mecanismo es tan antiguo que probablemente existía en el ancestro común de toda la vida.
¿Y si la electricidad es una constante universal para la biología?
Si eso es cierto, la vida podría no ser tan rara.
Pero la inteligencia tecnológica… eso es otra historia.
Los dinosaurios dominaron la Tierra durante más de 150 millones de años sin desarrollar radiotelescopios.
La evolución no garantiza inteligencia avanzada.
Podríamos ser una anomalía estadística.

El físico Frank Drake intentó formalizar el problema con su famosa ecuación, descomponiendo la probabilidad en factores: tasa de formación estelar, fracción de estrellas con planetas, mundos habitables, aparición de vida, evolución hacia inteligencia, duración de civilizaciones tecnológicas.
El problema es que no conocemos casi ninguno de esos valores con precisión.
Max Tegmark y otros científicos señalan algo aún más inquietante: incluso si existen otras civilizaciones, podrían estar tan lejos que jamás podremos comunicarnos con ellas.
El universo observable tiene un radio de unos 46.
000 millones de años luz.
Si la civilización más cercana estuviera más allá de cierto límite, su luz nunca nos alcanzaría.
Podríamos no estar solos.
Pero estaríamos solos para siempre.
Y luego están las civilizaciones “codiciosas”, como plantea Robin Hanson.
Aquellas que no se quedan quietas, que se expanden rápidamente, utilizando sondas autorreplicantes —las famosas sondas de Von Neumann— capaces de multiplicarse usando materia interestelar y colonizar la galaxia en pocos millones de años.
Si esas civilizaciones existen y son visibles, deberían estar ya aquí.
Si no están aquí… quizás son rarísimas.
O quizás aún no han llegado.
Mientras tanto, la humanidad se encuentra en un punto crítico.
Nuestra civilización tecnológica tiene apenas unos siglos.
Algunos científicos, como Martin Rees, sugieren que pronto podríamos fusionarnos con inteligencia artificial, creando formas de conciencia que podrían durar millones o miles de millones de años.
Tal vez el futuro del universo no sea biológico.
Tal vez sea digital.
Y aquí surge la pregunta final que da vértigo: si superamos el Gran Filtro, si evitamos autodestruirnos, podríamos convertirnos en la civilización que siembre vida en la galaxia.
Este siglo podría ser el más decisivo de toda la historia cósmica.
Porque estamos en una encrucijada.
O somos una chispa efímera que se apaga antes de expandirse… o somos el inicio de algo que transformará el universo.
Fermi preguntó: “¿Dónde están?”.
Tal vez la respuesta sea más inquietante de lo que imaginamos.
Quizás nadie respondió todavía… porque nosotros somos los primeros.
O porque el universo está escuchando.
Y espera.