El 7 de agosto de 2007, en Polanco, Ciudad de México, murió Ernesto Alonso, un hombre que durante décadas controló lo que millones de personas veían cada noche en la televisión mexicana.
Para el público, fue “El Señor Telenovela”, un arquitecto del melodrama que dejó una huella imborrable en la industria.
Pero para quienes lo conocieron de cerca, su figura era mucho más compleja y oscura, envuelta en rumores inquietantes sobre un sótano secreto, objetos rituales y una obsesión con el mal que iba más allá de sus guiones.
Ernesto Alonso nació el 28 de febrero de 1917 en Aguascalientes, México, en un entorno marcado por la rigidez y la obediencia.
Su familia conservadora le enseñó desde niño que el mundo premia a quienes controlan y no a los sensibles.
Desde pequeño, observó cómo la autoridad se imponía sin explicaciones y cómo el miedo funcionaba mejor que los gritos.
Este aprendizaje fue fundamental para forjar al hombre que, años después, convertiría la oscuridad en espectáculo y el poder en religión.
En los años 30, Alonso llegó a la Ciudad de México y comenzó su carrera como actor en el cine mexicano, una industria en auge.
Sin embargo, pronto comprendió que actuar significaba obedecer y depender de decisiones ajenas, algo que le incomodaba profundamente.
Por ello, decidió moverse detrás de cámaras, donde el verdadero poder residía.
Durante las décadas de los 40 y 50, mientras el cine de oro mexicano brillaba, Alonso observaba con atención cómo se construían y destruían carreras.

Su obsesión silenciosa fue no desaparecer, no convertirse en un nombre olvidado.
Quería control absoluto sobre las historias, los tiempos y las personas.
La televisión emergente se convirtió en su herramienta perfecta para lograrlo, pues entraba directamente en la intimidad de los hogares mexicanos, moldeando la imaginación colectiva.
A finales de los años 70, comenzaron a circular rumores inquietantes sobre Alonso.
Se decía que había viajado a Veracruz, específicamente a Catemaco, un lugar donde la fe católica convive con la brujería ancestral.
Allí, supuestamente, conoció a una mujer bruja de origen cubano, que no hacía espectáculo, sino que escuchaba y hablaba con una calma desconcertante.
Según las versiones, Alonso no pidió éxito ni premios, sino control absoluto y permanencia en la industria televisiva.
Sin embargo, toda petición tenía un precio: alimentar ese poder constantemente, expandirlo y convertirlo en un ritual masivo.
La telenovela, entonces, no era solo entretenimiento, sino una ceremonia repetida noche tras noche que penetraba en la sangre del país sin que la mayoría lo notara.

En 1983, México, aún profundamente católico, fue testigo del estreno de “El Maleficio”, una telenovela que tenía como eje central el satanismo, maleficios y un demonio con nombre propio: Bael.
La producción provocó protestas y controversias.
Los actores rezaban antes de grabar y el set se impregnó de una atmósfera densa y extraña.
Uno de los objetos más emblemáticos era un cuadro del demonio Bael que no se quedaba colgado: caía repetidamente sin explicación, ganando el apodo de “el incolgable”.
Algunos técnicos y actores reportaron fenómenos extraños, como luces que se apagaban sin razón y corrientes de aire inexplicables.
A pesar de esto, Alonso mantuvo la producción sin cambios, exigiendo precisión absoluta en los rituales representados.
Incluso se realizaron bendiciones católicas en el foro, pero la sensación de inquietud no desapareció del todo.
Posteriormente, un actor joven sufrió un episodio violento durante una escena de invocación, terminando en un accidente que la producción atribuyó oficialmente a estrés, aunque nadie creyó esa versión completamente.
A pesar de su éxito profesional, la vida personal de Alonso estuvo marcada por la soledad y la tragedia.
No tuvo hijos biológicos, pero adoptó a varios con la esperanza de construir un legado.
Sin embargo, la muerte de su hija Lupita en un accidente automovilístico fue un golpe devastador que lo encerró aún más en sí mismo.

También enfrentó rupturas familiares, como la distancia con su hijo adoptivo Juan Diego, cuya separación matrimonial se complicó por la intervención de Alonso, quien apoyó a la exnuera, lo que fracturó la relación con su hijo para siempre.
Su vida sentimental estuvo rodeada de rumores y discreción, con vínculos conflictivos y relaciones que nunca fueron públicas ni claras.
Al final, perdió a quienes podrían haber continuado su legado, quedando solo en una casa en Polanco, rodeado de objetos y recuerdos, pero sin compañía.
Uno de los aspectos más oscuros y menos confirmados de la vida de Alonso fue la existencia de un sótano en su residencia, un espacio restringido y secreto donde se guardaban objetos que no eran meras decoraciones, sino símbolos con significado ritual.
Según testimonios, allí había estatuas, cuadros y elementos que no encajaban con la tradición católica mexicana, y que parecían formar parte de prácticas ocultas.
Este sótano se convirtió en un símbolo del poder absoluto y el control que Alonso ejercía, un lugar donde se sellaban pactos invisibles y donde el silencio pesaba más que las paredes.
Aunque no existen pruebas oficiales, las historias sobre ceremonias privadas, rezos no católicos y visitas nocturnas de personas ajenas al espectáculo alimentaron la leyenda de que Alonso practicaba algo más que superstición.
Ernesto Alonso murió en silencio el 7 de agosto de 2007, a los 90 años, oficialmente por complicaciones respiratorias.
Su funeral fue sobrio y lleno de figuras importantes, pero marcado por miradas esquivas y silencios incómodos.
Su legado quedó en manos de Teresa Anaya, su exnuera, quien administró lo que quedó de su imperio y guardó muchos secretos.

Años después, su imagen volvió a la pantalla gracias a la inteligencia artificial, recreando su rostro para interpretar nuevamente a un villano, una ironía inquietante para un hombre que buscó la inmortalidad a través de su obra.
Para muchos, esto simboliza que Bael, el demonio de “El Maleficio”, no murió con él, sino que vive en la memoria colectiva y en cada pantalla que decide mostrar el mal.
La historia de Ernesto Alonso es un enigma que mezcla realidad, ficción y leyenda.
Fue un genio del melodrama que entendió el miedo y la obediencia como herramientas tanto narrativas como personales.
Su vida y obra dejan una pregunta suspendida: ¿cuánto de lo que contó en sus historias era ficción y cuánto confesión?
Más allá de los rumores y teorías, su figura sigue siendo un referente en la televisión mexicana, un recordatorio de que el poder absoluto siempre tiene un costo, y que la inmortalidad simbólica no garantiza compañía ni redención.
Ernesto Alonso, “El Señor Telenovela”, fue también un hombre atrapado en su propio mito, un brujo del control que convirtió la oscuridad en espectáculo y dejó una huella imborrable en la cultura popular.