Sasha Montenegro, cuyo nombre real era Alexandra Achimovic Popovic, fue una figura polémica en la historia política y social de México.

Nacida en Bari, Italia, en 1946, su vida estuvo marcada por el exilio, la fama en el cine de ficheras y una relación que la vinculó para siempre con el poder político mexicano, transformándola en uno de los personajes más controvertidos y señalados de su época.
Su historia no es solo la de una mujer que amó al hombre equivocado, sino también la de una lucha constante contra el estigma, la traición y la soledad.
Sasha Montenegro llegó a México en 1969 con la intención de hacer una escala breve antes de continuar sus estudios en Nueva York.
Sin embargo, el destino la atrapó en un país que en esos años era una fábrica de ídolos y escándalos.
Su belleza y carisma la catapultaron al cine de ficheras, un género popular que la convirtió en una estrella, pero también la encasilló en un papel que ella misma describió como humillante y limitante.
Mientras el público la veía como un símbolo de deseo y provocación, detrás de cámaras vivía una mujer que anhelaba respeto y legitimidad.
En 1984, dos años después de que José López Portillo dejara la presidencia de México, Sasha Montenegro y él se encontraron en Sevilla, marcando el inicio de una relación que cambiaría para siempre sus vidas.
López Portillo, un hombre que había presidido México en tiempos difíciles y que enfrentaba la pérdida de su poder y relevancia, buscaba reafirmar su importancia.
Por su parte, Sasha buscaba un refugio, un lugar donde su identidad no estuviera limitada por su pasado en el cine y la sociedad.
La relación fue un pacto de necesidades mutuas más que un romance tradicional.
Mientras López Portillo seguía casado y mantenía una familia oficial, Sasha se convirtió en su compañera en la sombra, enfrentando el desprecio público y las críticas de una sociedad conservadora y política.

El nacimiento de los hijos de Sasha y López Portillo, Nabila y Alejandro, fue un golpe directo a la imagen pública del expresidente y desencadenó una guerra familiar y mediática.
La familia presidencial no toleró la presencia de esta “segunda familia” y la prensa se encargó de estigmatizarlos como “bastardos” y “hijos de la vergüenza”.
La mansión conocida como “Colina del Perro”, símbolo de poder y exceso, se convirtió en un escenario de confrontación y rechazo social.
Para Sasha, ese lugar fue a la vez un refugio y una prisión, un espacio donde tuvo que resistir el odio y la exclusión.
Con el cambio político en México, el sistema que durante años protegió a Sasha Montenegro comenzó a retirarle su apoyo.
La eliminación de la pensión presidencial en 2018 fue un golpe económico y simbólico que marcó el inicio de su aislamiento.
La pérdida de recursos, la venta y demolición de la mansión familiar, y el distanciamiento de antiguos aliados la dejaron vulnerable.
En sus últimos años, Sasha enfrentó un cáncer de pulmón que la consumió en silencio, lejos de los reflectores y sin los honores que alguna vez parecieron garantizados por su cercanía al poder.
Murió el 14 de febrero de 2024 en Cuernavaca, Morelos, a los 78 años, en soledad y sin reconocimiento público.

La historia de Sasha Montenegro no es solo la de una mujer que perdió la batalla contra el tiempo y la memoria colectiva, sino también una lección sobre los límites del poder y la fragilidad humana.
Su vida refleja cómo el poder puede ser un refugio temporal pero también una jaula que cobra factura.
Su legado es contradictorio: por un lado, fue una actriz que dejó huella en el cine popular mexicano; por otro, una figura envuelta en escándalos y conflictos que marcaron la política y la sociedad.
La “mujer que destruyó una familia presidencial” también fue una persona que pagó un precio alto por sus decisiones y que enfrentó el abandono cuando el sistema que la sostuvo desapareció.
Sasha Montenegro permanece en la memoria colectiva como un símbolo de ambición, controversia y tragedia.
Su historia invita a mirar más allá de los titulares y entender la complejidad de una mujer atrapada entre el deseo de pertenencia y la realidad del poder.
Más allá del escándalo, su vida es un recordatorio de que el poder no protege ni salva, y que la verdadera batalla se libra en la vulnerabilidad y el paso del tiempo.