📰 ENTRAN A LA CASA DEL PADRE DE YEISON JIMÉNEZ Y EL HALLAZGO QUE CONMUEVE A TODOS

La entrada a la casa del padre de Yeison Jiménez reveló un hogar humilde donde se conservan intactos los recuerdos y los sacrificios que marcaron la infancia y los inicios del cantante.

 

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La puerta de madera se abrió lentamente, como si también ella cargara con el peso de los recuerdos.

Nadie imaginaba que al cruzar el umbral de la casa del padre de Yeison Jiménez, uno de los cantautores más influyentes de la música popular colombiana, se encontrarían con una historia tan profunda, íntima y reveladora que terminaría estremeciendo incluso al propio artista.

La visita ocurrió en un ambiente sencillo, lejos de lujos y cámaras ostentosas.

Se trataba de un acercamiento humano, casi familiar, motivado por el deseo de comprender los orígenes del cantante, su historia real, esa que no se canta en tarimas multitudinarias sino que se vive en silencio.

Al ingresar, lo primero que llamó la atención fue la austeridad del lugar: paredes humildes, muebles antiguos y un aire de respeto que parecía imponer silencio.

“Esta casa no ha cambiado mucho desde que Yeison era niño”, dijo el padre del artista con voz pausada, mientras observaba una fotografía colgada en la pared.

En la imagen, un Yeison adolescente sostenía una guitarra desgastada, sentado en el patio.

“Ahí empezó todo”, añadió.

Lo que realmente dejó a todos en shock no fue un objeto de valor material, sino un pequeño cuarto al fondo de la vivienda.

Allí, cuidadosamente ordenados, se encontraban decenas de cuadernos viejos, escritos a mano, con letras, versos y reflexiones.

Eran las primeras composiciones de Yeison Jiménez, escritas cuando aún no era conocido, cuando la música era solo un refugio contra las dificultades.

 

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“Yo nunca boté nada de esto”, explicó el padre mientras tomaba uno de los cuadernos.

“Él me decía: ‘Papá, guárdeme eso, algún día servirá’.

Y mírelo ahora”.

Al abrir uno de los cuadernos, se leía una frase subrayada con fuerza: “Si algún día canto para muchos, que nunca se me olvide de dónde vengo”.

El silencio se apoderó del lugar.

Nadie habló durante varios segundos.

Yeison Jiménez, visiblemente emocionado al reencontrarse con esos recuerdos, rompió el silencio: “Yo escribí eso cuando sentía que no tenía nada, pero tenía sueños.

Verlo aquí todavía… me parte el alma”.

Su voz se quebró.

“Mi papá fue el que creyó cuando nadie más lo hacía”.

La casa también guardaba objetos que hablaban de sacrificio: herramientas de trabajo, botas gastadas, una radio antigua donde el padre escuchaba música mientras trabajaba largas jornadas.

“Muchas veces yo salía a rebuscarme el día, y él se quedaba aquí componiendo”, recordó.

“No fue fácil, pero nunca le dije que dejara de soñar”.

 

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En una esquina del salón principal se encontraba una guitarra rota, colgada como un trofeo silencioso.

Yeison se acercó, la tocó con cuidado y explicó: “Esa fue mi primera guitarra.

Se dañó, pero yo seguí cantando con ella así.

Para mí representa que no importa lo que falte, uno sigue”.

El momento más impactante llegó cuando el padre abrió un cajón que casi nadie conocía.

Dentro había sobres con cartas que Yeison escribió cuando estuvo lejos de casa, intentando abrirse camino.

En una de ellas se leía: “Papá, no sé si voy a lograrlo, pero no me rindo.

Todo lo que hago es por usted”.

“Yo leía esas cartas y rezaba”, confesó el padre.

“Nunca se lo dije, pero muchas noches lloré en silencio”.

La escena conmovió a todos los presentes.

No era una casa llena de riquezas, sino de historia, de lucha y de amor incondicional.

Ese fue el verdadero hallazgo: la raíz humana detrás del éxito.

Antes de salir, Yeison se detuvo en la puerta y dijo: “Si la gente supiera que todo lo que soy empezó aquí, en esta casa humilde… quizá entenderían mis canciones de otra manera”.

La puerta se cerró nuevamente, pero lo que quedó abierto fue una verdad poderosa: detrás del brillo del escenario, hay hogares sencillos donde nacen los sueños más grandes.

Y en la casa del padre de Yeison Jiménez, el tiempo no se detuvo; simplemente esperó a que el mundo estuviera listo para conocer su historia.

 

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