“ÚLTIMA HORA: Los Detalles Ocultos del Accidente de Yeison Jiménez que Nadie Te Cuenta”

El sábado 10 de enero de 2026 quedará grabado para siempre como uno de los días más trágicos en la historia reciente de la música popular colombiana.

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Lo que inició como una jornada de trabajo, ilusión y compromiso con el público terminó transformándose en una pesadilla irreversible que apagó la voz de Yeison Jiménez, uno de los artistas más influyentes y queridos del país.

En cuestión de minutos, el cielo de Boyacá se convirtió en testigo silencioso de una tragedia que estremeció a toda una nación.

 

Eran pasadas las cuatro de la tarde cuando la avioneta privada con matrícula N325FA surcaba los cielos del departamento de Boyacá.

A bordo viajaba Yeison Jiménez junto a su equipo de trabajo, rumbo a Marinilla, Antioquia, donde miles de personas lo esperaban para un concierto que prometía ser inolvidable.

Nadie imaginaba que ese vuelo sería el último.

De manera repentina, el sonido estable de los motores comenzó a cambiar, convirtiéndose en una señal de alarma que marcaría el inicio del caos.

 

Habitantes de la vereda La Romerita, entre Paipa y Duitama, observaron con horror cómo la aeronave empezó a perder altura de forma errática.

El pequeño avión se balanceaba en el aire, dejando tras de sí una estela de humo negro que cortaba el cielo azul como una herida abierta.

Segundos después, el impacto fue brutal.

La avioneta se estrelló violentamente contra el terreno, y casi de inmediato una explosión masiva envolvió los restos en una bola de fuego que no dio oportunidad alguna de escape.

Cantor colombiano Yeison Jiménez morre em queda de avião após premonição

Los testigos que llegaron desesperados al lugar del siniestro se encontraron con una escena imposible de olvidar.

El fuego consumía todo a su paso, el olor a metal quemado impregnaba el aire y los gritos desgarradores que emergían desde el interior de la aeronave helaron la sangre de quienes intentaron ayudar.

La temperatura era tan extrema que cualquier intento de rescate resultó inútil.

En cuestión de minutos, las voces se apagaron y el silencio se impuso como un golpe definitivo.

 

No hubo milagros ni sobrevivientes.

Cuando los equipos de emergencia lograron controlar las llamas, solo quedaban restos irreconocibles de metal y cuerpos calcinados que evidenciaban la magnitud del desastre.

Seis vidas se extinguieron aquel sábado, entre ellas la de Yeison Jiménez, quien falleció en la cúspide de su carrera, dejando un vacío imposible de llenar en la música popular colombiana.

 

La tragedia resulta aún más dolorosa al recordar que Yeison no viajaba por placer.

Su destino final era Marinilla, donde una multitud lo aguardaba con ansias.

Mientras la avioneta luchaba por mantenerse en el aire, en Antioquia el ambiente era de fiesta.

Familias enteras se congregaban frente al escenario, mirando el reloj, convencidas de que su ídolo llegaría en cualquier momento.

El doloroso adiós de la hija de Yeison Jiménez tras la muerte del artista
Nadie podía imaginar que, al mismo tiempo, el cantante enfrentaba su última batalla lejos de los reflectores.

 

Yeison Jiménez siempre se definió como un hombre de trabajo incansable.

Desde sus humildes inicios cargando bultos en Corabastos hasta convertirse en una estrella internacional, jamás olvidó sus raíces ni a su público.

Cancelar un concierto no era una opción para él.

Su ética profesional, su obsesión por cumplir cada compromiso y su profundo amor por la música fueron, paradójicamente, los mismos factores que lo llevaron a abordar aquella aeronave en una tarde que parecía rutinaria.

 

La ironía del destino quiso que el hombre que cantó a la vida, al amor y a las vueltas inesperadas del mundo viera su propia historia interrumpida de forma abrupta.

No hubo un último adiós en el escenario, ni un aplauso final bajo las luces.

El estruendo del impacto contra la tierra fría de Boyacá fue el cierre cruel de una carrera brillante que aún tenía mucho por ofrecer.

 

Más allá del artista, la tragedia golpeó con especial dureza a su familia.

Para el país, Yeison Jiménez era una leyenda viva; para Sonia Restrepo, su esposa, era el compañero de vida con quien construyó sueños cuando no había fama ni dinero.

La llamada que recibió aquella tarde cambió su mundo para siempre.

La confirmación oficial del siniestro aéreo, sin sobrevivientes, convirtió el éxito y los aplausos en un silencio devastador.

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El dolor se multiplica al pensar en sus hijos.

Camila, a quien Yeison amó y reconoció como suya más allá de la sangre; Taliana, su hija biológica, que veía en él al padre cariñoso que regresaba de las giras con abrazos; y el pequeño Santiago, nacido en junio de 2024, quien apenas comenzaba a reconocer la voz de su padre fuera de los parlantes.

Tres niños enfrentan ahora una vida marcada por la ausencia, por recuerdos incompletos y por un legado que no podrá reemplazar la presencia de un padre.

 

Con el paso de las horas, comenzaron a salir a la luz confesiones que hoy estremecen aún más.

En vida, Yeison había hablado de sueños premonitorios, de un temor recurrente a los accidentes aéreos.

Pesadillas donde el fuego y el metal retorcido lo despertaban empapado en sudor.

Advertencias que el destino parecía susurrarle, pero que él decidió ignorar para no fallarle a su público.

Aquellos sueños, hoy, adquieren un significado tan inquietante como doloroso.

Colombia no solo perdió a un cantante de música popular; perdió a un símbolo de superación, a un guerrero que salió de la escasez y tocó el cielo con talento, disciplina y perseverancia.

Resulta cruelmente irónico que ese mismo cielo haya sido el que decidió reclamarlo tan pronto.

Sin embargo, su legado no quedó entre los restos de una avioneta.

Vive en cada canción, en cada historia de amor y desamor que su voz acompañó, y en cada persona que encontró refugio en su música.

 

Yeison Jiménez se fue demasiado pronto, pero se quedó para siempre en lo más alto.

Se va el hombre, nace el mito.

Su historia, marcada por el esfuerzo y el sacrificio, hoy se transforma en eternidad.

Colombia llora, pero también agradece haber sido testigo de una vida que, aunque breve, dejó una huella imborrable en el corazón de todo un país.

 

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