En la historia del rock and roll mexicano, existen nombres que evocan nostalgia, pero solo uno que evoca una explosión de energía inigualable: Johnny Laboriel.
A más de una década de su partida física, su legado sigue siendo un testimonio de resistencia frente a la adversidad.

Laboriel no solo fue un cantante; fue el hombre que reía para no llorar, el artista que rompió la barrera del color en una industria que no siempre estuvo lista para él, y el ídolo que, incluso en su lecho de muerte, decidió que su final no sería un funeral, sino su “última gira”.
Raíces de Resiliencia: El Legado Garífuna
Juan José Laboriel López nació el 9 de julio de 1942 en la Ciudad de México, pero su historia comenzó mucho antes, en las costas de Honduras.
Sus padres, Juan José Laboriel y Francisca López, eran inmigrantes hondureños pertenecientes a la etnia Garífuna.
Los garífunas son una comunidad con una historia fascinante de libertad: descendientes de africanos que naufragaron en el siglo XVII y evitaron la esclavitud, mezclándose con los caribes indígenas.
Esta sangre guerrera y rítmica fue la que Johnny trajo a las calles de la Ciudad de México.
Su padre, un talentoso músico que colaboró con leyendas como Pedro Infante, le heredó el amor por el arte, pero también una desapego casi total por lo material.
Johnny solía contar con ironía que, cuando su padre compuso el himno a Tampico, el general Lázaro Cárdenas le ofreció cualquier recompensa, y su padre solo pidió una guitarra.
De “La Ceniza de Roma” al Estrellato

Johnny no tuvo una infancia sencilla.
Creció en la colonia Roma, en una época donde ser negro en México era, según sus propias palabras, sentirse como “un oso polar en el Zócalo”.
Su juventud estuvo marcada por las pandillas y las peleas callejeras.
Formó parte de “Los Pueblerinos”, donde se ganó el apodo de “La Ceniza de Roma”.
Incluso, un error de juventud lo llevó a pasar una breve estancia en el penal de Lecumberri, el temible “Palacio Negro”.
Sin embargo, en 1958, el destino cambió.
Se unió a Los Rebeldes del Rock, convirtiéndose en la voz principal de la primera banda de rock en español en tener un éxito masivo en la radio.
Con temas como “Melodía de Amor” y “El Rock del Angelito”, Johnny se convirtió en un fenómeno.
Su carisma era eléctrico: bailaba, bromeaba y poseía una imagen que recordaba a los roqueros del Mississippi, algo nunca antes visto en la televisión nacional.
El Muro del Racismo y la Reinvención
A pesar de sus más de 50 éxitos radiales, Laboriel siempre sintió que jugaba en una cancha desigual.
Mientras sus contemporáneos como Enrique Guzmán o César Costa recibían contratos estelares y roles protagónicos en el cine, Johnny a menudo era relegado a personajes cómicos o estereotipados.
El racismo, aunque disfrazado de “humor”, fue una constante en su carrera.
Uno de los episodios más polémicos ocurrió en el programa Cero en Conducta, donde Laboriel interpretaba a un estudiante de intercambio.
Las bromas sobre su color de piel por parte de sus compañeros cruzaron líneas que hoy serían inaceptables.
Sin embargo, Johnny utilizaba el humor como un escudo.
“¿Por qué te quemas?”, respondía con una sonrisa irónica, negándose a que la amargura apagara su luz.
La Última Gira: Un Final con Fe

Para el año 2013, Johnny planeaba un regreso triunfal a sus raíces musicales para celebrar 55 años de carrera.
Grabó su último tema inédito, “Qué extraño el rock and roll”, y se presentó en el Lunario del Auditorio Nacional.
Pero su cuerpo, que durante años había luchado contra una diabetes silenciosa, comenzó a ceder.
En junio de ese año, tras grabar un episodio para el programa El Tunco Maclovio, fue hospitalizado.
Lo que parecía una deshidratación reveló una verdad devastadora: un cáncer avanzado.
Cuando los médicos le informaron que le quedaban apenas dos meses de vida, Johnny no se quebró.
Recitó Eclesiastés: “Todo tiene su tiempo.
.
.
tiempo de nacer y tiempo de morir”.
Johnny Laboriel falleció a la 1:00 AM del 18 de septiembre de 2013.
Su última voluntad fue que nadie llorara.
“Solo díganles que me fui de gira”, pidió a su familia.
Y así fue.
El hombre que introdujo el “beso de trompita de pollo” en la cultura popular mexicana se fue en paz, dejando un eco de rock and roll que aún resuena en cada rincón de México.
Hoy, Johnny Laboriel es recordado no solo por su voz, sino por ser el alma más alegre de una generación que cambió la música para siempre.
Su vida fue una batalla constante entre el talento inmenso y las barreras sociales, una batalla que ganó cada vez que se subió a un escenario y nos hizo bailar.
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