Alfonso Arau, más de 90 años y un silencio que duele: el genio que conquistó Hollywood, apostó todo por el arte, perdió amores irrepetibles y hoy vive lejos del ruido que alguna vez lo adoró 🎬💔🕯️

Alfonso Arau se ve obligado a cancelar la celebración de sus 90 debido al  COVID - Los Angeles Times

Alfonso Arau Inchaustegui nació el 11 de enero de 1932 en la Ciudad de México, en una familia marcada por la migración, el esfuerzo y la disciplina.

Sus raíces se extendían por España, Cataluña, Mallorca y el País Vasco, pero fue México el escenario donde se forjó su carácter.

Desde muy pequeño aprendió que la vida no era indulgente.

La muerte temprana de su padre, cuando Alfonso tenía apenas 13 años, lo obligó a crecer de golpe.

La agonía fue larga, dolorosa y dejó una huella que jamás se borró.

Ese vacío marcó su relación con el mundo.

Alfonso fue un buen estudiante, pero también un joven cargado de presión emocional.

El amor y el miedo convivían en su educación.

Sacar malas calificaciones no significaba castigos físicos, sino algo más duro: el silencio, la decepción.

Esa exigencia temprana lo volvió disciplinado, pero también profundamente sensible.

Durante un tiempo siguió el camino que su familia esperaba.

Estudió medicina, convencido más por obligación que por vocación.

Todo parecía decidido… hasta que un solo instante cambió su destino para siempre.

En una fiesta de quince años fue nombrado chambelán y conoció de cerca el mundo del ballet.

Día tras día, mientras acompañaba a un coreógrafo a los ensayos, Alfonso observaba fascinado a los bailarines.

La música, el movimiento, la belleza y, sobre todo, una bailarina llamada Magdalena Maye lo desarmaron por completo.

Sin dudarlo, abandonó la medicina.

Eligió el ballet.

Eligió el arte.

Eligió el riesgo.

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Fue una traición a las expectativas familiares, pero también el primer acto de libertad de su vida.

Magdalena se convirtió en su esposa y en la madre de sus primeros hijos.

Juntos formaron parte del dúo legendario “Los Pies de Plata”, mezclando ballet clásico con comedia popular en carpas y teatros, llevando el arte a la calle, al pueblo, lejos de la élite.

Cuba marcó otro punto de quiebre.

Alfonso vivió de cerca los últimos años de la dictadura de Batista y el nacimiento de la Revolución.

Fue testigo directo del caos, la esperanza y el desencanto.

Vio llegar a los guerrilleros, escuchó discursos, creyó en un sueño que luego se derrumbó.

Esa experiencia le enseñó una verdad que repetiría toda su vida: el poder siempre termina imponiéndose.

Tras dejar Cuba, estudió pantomima en París, profundizó en la actuación, la escritura y la dirección.

Durante años, el cine mexicano le cerró las puertas como director.

Podía actuar, pero no mandar.

No fue hasta finales de los años 60 que logró dirigir su primera película, abriendo un camino que cambiaría su historia.

El amor volvió a golpearlo con fuerza con Emily Gamboa, bailarina moderna y el gran amor de su vida.

Estuvieron juntos más de 30 años.

Su muerte por cáncer de pulmón fue uno de los golpes más devastadores que Alfonso enfrentó.

Verla apagarse lentamente lo dejó marcado.

Fue una pérdida que nunca superó del todo.

Entonces llegó el proyecto que lo inmortalizó: Como agua para chocolate.

Alfonso apostó todo.

Hipotecó casas, pidió préstamos, arriesgó su libertad financiera.

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Nadie creía en una película mexicana, en español, sin estrellas de Hollywood.

Nadie… excepto él.

El milagro ocurrió.

La película conquistó al mundo, abrió mercados internacionales y lo llevó a la cima de su carrera.

Pero el éxito también separa.

Su matrimonio con Laura Esquivel no sobrevivió al impacto de la fama.

No hubo odio, pero sí distancia.

Cada uno siguió su propio camino, unidos solo por sus hijos.

Alfonso se casó varias veces más.

Amó intensamente, perdió profundamente.

Cada relación dejó una marca.

Hoy, con más de 90 años, Alfonso Arau vive rodeado de recuerdos, hijos, nietos y bisnietos, pero lejos del foco que una vez lo definió.

Ya no dirige, ya no baila, ya no está en el centro de la conversación cultural.

El mundo avanzó, el cine cambió y su nombre quedó suspendido en la memoria colectiva.

No es una historia de fracaso, sino de desgaste.

De alguien que lo dio todo, que vivió sin medias tintas y que ahora enfrenta la vejez con lucidez y silencio.

Alfonso Arau no terminó como un cuento de hadas.

Terminó como terminan muchas vidas extraordinarias: lejos del aplauso, acompañado solo por lo que realmente importa… y por todo lo que se perdió en el camino.

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