Alejandro Changuerotti se consolidó como uno de los villanos más recordados del cine mexicano durante la Época de Oro

 

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Alejandro Changuerotti, uno de los actores secundarios más reconocibles de la Época de Oro del cine mexicano, falleció el 29 de agosto de 1975, dejando tras de sí una carrera rica en papeles memorables y una vida personal que, en ocasiones, fue tan intensa y conflictiva como los personajes que interpretó en pantalla.

Nacido en Argentina a inicios del siglo XX, Changuerotti llegó muy joven a México en una etapa en la que el cine nacional apenas comenzaba a tomar forma como industria.

Consciente de que debía forjar su propio camino, el actor incursionó primero en carpas itinerantes y teatro, escenarios ambulantes donde artistas recorrían plazas y pueblos para presentar espectáculos de variedades.

Fue en esos espacios donde su vocación por la actuación se consolidó, y donde comenzó a pulir el tipo de presencia escénica que años más tarde lo haría famoso.

Su debut cinematográfico, según registros fragmentados, data de 1926 con la película El corazón de la gloria, un crédito temprano que lo introdujo en un medio que, aunque embrionario, estaba llamado a convertirse en un referente cultural.

Con disciplina y perseverancia, Changuerotti fue abriéndose paso entre producciones de bajo presupuesto y papeles menores, hasta que la consolidación del cine mexicano como fenómeno internacional en la década de 1940 le ofreció oportunidades más relevantes.

 

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Fue en ese momento cuando su nombre empezó a asociarse con personajes de carácter fuerte, frecuentemente antagonistas que rompían con la imagen convencional de galán.

Su trabajo en Los tres huastecos —donde interpretó al temible coyote que se enfrentaba a la figura de Pedro Infante— consolidó esa reputación.

“Cuanto más despreciable parecía en pantalla, mejor estaba desempeñando mi labor”, dijo en una entrevista años después, reflejando su comprensión de la actuación como oficio.

A pesar de su éxito en la taquilla, Changuerotti vivió siempre a la sombra de protagonistas más favorecidos por la crítica y las grandes producciones, especialmente de miembros de la famosa familia Soler, con quienes compartió créditos, pero no siempre reconocimiento.

Aunque en privado los Soler mantuvieron un trato respetuoso, no fue raro que su apoyo público fuera limitado, una situación que alimentó la frustración del actor.

Fue precisamente en ese entorno profesional donde Alejandro conoció a Mercedes Díaz Pavía, la menor de los hermanos Soler.

Su matrimonio en 1937 enfrentó la oposición de parte de la familia de ella, quienes advertían sobre los riesgos de un enlace con un artista menos establecido.

Sin embargo, Mercedes y Alejandro construyeron una vida juntos que combinó trabajo en cine y teatro con giras artísticas por México y América Latina.

 

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El nacimiento de su hijo Fernando, en 1939, marcó un momento crucial.

Fernando creció en un ambiente creativo y, con el tiempo, adoptó el nombre artístico de Fernando Luján, convirtiéndose en una figura destacada del cine, teatro y televisión mexicana.

“Mi padre me enseñó a respetar la profesión, a no temerle al riesgo artístico”, recordaba Luján en entrevistas posteriores.

La familia siguió creciendo con la llegada de dos hijos más, Alejandro Jr.

y Mercedes Jr.

, en medio de un constante movimiento entre ensayos, rodajes y enseñanzas sobre la actuación.

A pesar de la desconfianza inicial de los Soler hacia su yerno, las visitas dominicales continuaron como una tradición familiar, aunque muchas veces más por obligación que por afecto abierto.

En lo profesional, Changuerotti continuó afianzando su carrera durante los años 50 y 60, participando no solo en cine sino también en producción televisiva cuando el medio comenzó a ganar relevancia.

Su voz, grave e inconfundible, le permitió incursionar en el doblaje de series y caricaturas que se convirtieron en referentes de varias generaciones.

La muerte de Mercedes en febrero de 1971, a causa de una trombosis, fue un golpe profundo para Alejandro.

Tras décadas de vida compartida, él declaró en público que su esposa había sido “el pilar de mi vida, dentro y fuera del escenario”.

Su ausencia dejó en él una tristeza que se manifestó tanto en su vida personal como en su actividad profesional.

 

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En 1973, Changuerotti contrajo matrimonio con la escritora Margarita Díaz Mora, notablemente más joven que él.

La diferencia de edad y el corto tiempo transcurrido desde la pérdida de Mercedes generaron comentarios y especulaciones en el medio artístico y en la prensa de la época.

Si bien hubo cuestionamientos sobre la naturaleza de la relación, no existen pruebas que respalden acusaciones concretas vinculadas con la muerte del actor.

Changuerotti continuó con proyectos cinematográficos y televisivos hasta mediados de los años 70, aunque su presencia frente a cámaras fue disminuyendo gradualmente.

Su última participación conocida se registró en producciones de televisión donde continuó mostrando la versatilidad que lo caracterizó toda su carrera.

La madrugada del 29 de agosto de 1975, Changuerotti falleció en su domicilio a los 64 años de edad.

El informe médico señaló que la causa del deceso fue asfixia accidental.

La noticia consternó al gremio artístico y a sus seguidores, quienes recordaron no solo al actor de carácter fiero en pantalla, sino también al padre y colega generoso que muchos conocieron fuera de ella.

Sus restos fueron inhumados en el Panteón Jardín de la Ciudad de México, junto a otras figuras destacadas de la cultura mexicana.

Hoy, sigue siendo recordado no solo por la intensidad de sus interpretaciones, sino también por la manera en que vivió y amó, superando adversidades y dejando un legado que trasciende generaciones.